miércoles, 11 de abril de 2018

Ecosistemas terciarios desaparecidos

Desde que publicara mi primer artículo dedicado al cambio climático en este blog ( ¿ De regreso al Mioceno ? ), mi planteamiento no ha variado mucho. Para mí, que soy geólogo de formación, el pasado es la clave que nos puede permitir entender mejor hacia donde nos lleva el actual cambio climático (aplicando, al revés, el principio de actualismo en el que se basa el estudio de los ecosistemas antiguos). Conociendo como eran los ecosistemas del pasado, nos podemos hacer una idea aproximada de cómo podrían ser los ecosistemas del futuro. Ese conocimiento también nos ofrece la posibilidad de ir pensando en qué podríamos hacer para mitigar los efectos del cambio climático, favoreciendo la migración de especies que conllevará inevitablemente un cambio climático inédito que, de aquí a finales de siglo, podría devolvernos a condiciones nunca vistas desde el Plioceno o, si nuestra sociedad no escucha el mensaje que le manda la naturaleza, el Mioceno. Subestimar esos cambios sería una actitud suicida. Estamos hablando muy probablemente de una subida en altitud de los pisos de vegetación de más de 1000 metros y de una migración hacia el norte de los grandes biomas de 1000 a 1500 km. O sea, más o menos el tamaño de la Península Ibérica. Me parece pues muy interesante echar una ojeadita hacia ese pasado olvidado para hacernos una pequeña idea de los cambios que cabe esperar. En este artículo, sin embargo, no pretendo hacer una síntesis de todo lo que sabemos de los ecosistemas de finales del Terciario en la Península Ibérica. Me limitaré a describir, de manera breve, algunos ecosistemas que estuvieron presentes en nuestra geografía a finales del Terciario y que hoy asociamos a lugares exóticos…

Laurisilvas

En zonas de clima templado húmedo en las que los contrastes estacionales no son demasiado marcados y los inviernos relativamente suaves, se desarrolla un tipo de vegetación en el que dominan especies perennifolias que suelen tener hojas de tipo lauroide (hojas anchas, ovales, coriáceas, lustrosas, muy parecidas a las de las especies pertenecientes a las Lauráceas), razón por la cual se las suele llamar “laurisilvas”. Estos bosques suelen albergar una gran diversidad de especies arbóreas en áreas continentales. En las Canarias y demás islas de la región macaronésica esa diversidad es menor debido la imposibilidad que tuvieron muchas especies de alcanzar esos refugios debido a sus mecanismos de dispersión (la mayoría de las especies presentes en Macaronesia son ornitócoras). Aun así, las laurislivas canarias presentan una diversidad mucho más alta que la de los bosques peninsulares, en los que domina generalmente una única especie.


Laurisilva de la isla de La Palma (Canarias) / Fotografía: Fährtenleser / Licencia: Creative Commons


A finales del Terciario, las laurisilvas estaban aún presentes en algunas zonas del norte peninsular como Cataluña y buena parte de la fachada atlántica. Además de las especies y géneros que hoy podemos ver en Canarias, estas laurisilvas terciarias también incluían especies pertenecientes a géneros como Cinnamomum, Symplocos, Engelhardia, etc. Cabe destacar que también incluían estas laurisilvas varias especies de Fagáceas de hojas lauroides hoy en día desaparecidas. La última especie de ese género con una clara afinidad con las laurisilvas es el quejigo andaluz, cuyo nombre específico tal vez no sea un error, como ya se discutió en un artículo anterior (¿ Desvelado el misterio del roble canario ?). Su presencia hoy en día en Cataluña, en una región que fue probablemente el último reducto de las laurisilvas en el continente y muy alejada del resto de sus poblaciones ibéricas es en todo caso bastante revelador.


Bosque de quejigos andaluces en el Canuto de Risco Blanco (Cádiz) / Fotografía: TROTONES BLOG


¿ Podrían volver a constituirse auténticas laurisilvas en nuestro país ? Aunque parezca ciencia-ficción a ojos de muchos, tal vez no andemos muy lejos de que se vuelvan a dar las condiciones para ello. En el sur de los Alpes, el aumento de las temperaturas invernales ha propiciado la expansión de numerosas especies perennifolias escapadas de cultivo (Trachycarpus fortunei y Cinnamomum glandulosum sobre todo). En otras partes de Europa, especies como el ojaranzo o el laurel cereza se han expandido en muchos bosques caducifolios, en un fenómeno que se ha llamado “laurofilización”, del que ya hablamos en un artículo anterior (La laurofilización de los bosques europeos). De ahí a imaginar que “vuelvan” a la Península las especies de la laurisilva canaria, tal vez quede aún un buen trecho por recorrer. Aunque, sabiendo que el viñátigo (Persea indica) se ha naturalizado en la Serra de Sintra (Portugal), tal vez esa percepción sea más bien fruto de nuestros prejuicios que de una real imposibilidad de que esas especies se aclimaten en las zonas más favorables de la Península…

Manglares

Una de las mayores sorpresas que han deparado los estudios llevados a cabo en los sedimentos pliocénicos de Cuevas de Almanzora (Almería) por el paleontólogo valenciano Joaquín Ricardo Sendra ha sido el descubrimiento de un auténtico manglar, constituido por restos excepcionalmente bien conservados de al menos dos géneros propios de este tipo de ecosistema: Avicennia y Rhizophora. Que yo sepa, este trabajo aún no ha sido publicado pero de ese descubrimiento ya se hizo eco la prensa al celebrarse las XXIX Jornadas de la Sociedad Española de Paleontología en 2014 en Córdoba ( Un valenciano descubre en Almería fósiles de manglares de hace 2,5 millones de años. La presencia de manglares en la costa sur de la Península hasta una época tan reciente (2 a 3 millones de años) sugiere que una vuelta a condiciones climáticas muy similares a las de aquella época podría provocar en algunas regiones cambios que hemos subestimado. Hoy en día, los manglares más septentrionales de la costa occidental de África se sitúan en el norte de Mauritania a aproximadamente 2000 km al sur de la Península Ibérica . Para que un cambio de tamaña magnitud sea posible, probablemente esté involucrado algún cambio importante en las corrientes marinas o en la atmósfera que, de producirse en algún momento, probablemente cambie radicalmente el paisaje de algunas regiones ( ¿ Sahara ? ).


Rhizophora mangle en la isla de San Salvador, Bahamas / Fotografía: James St. John / Licencia: Creative Commons


Siendo el manglar un ecosistema que se sitúa en la línea de costa, cabría preguntarse igualmente cómo evolucionará el nivel del mar de aquí a finales de siglo. Las primeras previsiones que se hicieron eran relativamente modestas (se calculaba un aumento de unos 30 cm) pero desde hace algunos años, las previsiones se han vuelto mucho más pesimistas al constatar la velocidad a la que se está derritiendo el casquete polar de Groenlandia. Así que quién sabe si a finales de siglo no nos encontraremos con un enorme manglar a las puertas de Sevilla…


Aspecto de la costa occidental de Andalucía si el nivel del mar subiera 5 metros ( http://www.floodmap.net )


Bosques inundables de las zonas templadas cálidas

Otro ecosistema propio de las zonas templadas cálidas, que desapareció por completo del continente europeo son los bosques inundables dominados por especies de los géneros Taxodium y Glyptrostrobus, acompañados por frondosas de diversos géneros que toleran permanecer en el agua durante largos periodos de tiempo. Todos tenemos en mente imágenes de los bosques del valle del Mississipi o de los Everglades, con sus característicos cipreses de los pantanos, en los que se han rodado tantísimas películas. Al contemplar esos paisajes, no somos conscientes que en realidad este tipo de ecosistema tuvo antes de las glaciaciones una repartición holárctica, habiéndose encontrado fósiles de ambos géneros por todo el Hemisferio Norte.




En la Península Ibérica este tipo de bosques parece haber estado presente en todas las grandes zonas aluviales. Especies como el plátano (Platanus orientalis), el liquidámbar (Liquidambar orientalis), el pacanero (Carya sp.) o el tupelo (Nyssa sp.) eran acompañantes comunes de estas cupresáceas en este tipo de bosques. Al ocupar este tipo de bosques zonas intensamente aprovechadas para la agricultura y al no discurrir los ríos libremente por esas llanuras , parece poco probable que este tipo de bosque logre establecerse en la Península a no ser de forma muy localizada, en zonas protegidas. Estos ecosistemas probablemente sustentaron a finales del Terciario y ya bien entrado el Quaternario los elementos más exigentes de la megafauna de aquella época (elefántidos, rinocerontes, hipopótamos).

Sabana

De todos los ecosistemas de la tierra, ninguno como la sabana ilustra tanto la delicada relación de equilibrio que existe entre la vegetación y la fauna que de ella se alimenta. Las sabanas se desarrollan bajo climas tropicales y subtropicales, en regiones con una marcada estacionalidad, siendo la ausencia de precipitaciones durante parte del año la que determina la fisonomía del paisaje. Los estudios paleobotánicos han demostrado que a finales del Terciario, buena parte de la Península estaba cubierta por un tipo de vegetación abierto en el que los elementos arbóreos estaban dominados por especies micrófilas adptadas a la sequía. Especies como las acacias, hoy ausentes, estaban presentes en nuestras mesetas, acompañadas por elementos precursores del bosque mediterráneo como la encina, que más adelante se convertiría en el elemento dominante de nuestros bosques, al demostrar estar perfectamente adaptada para aguantar los cambios estacionales del clima mediterráneo. Las especies más estrictamente termófilas, como olas acacias, en cambio desaparecieron.


Sabana (Zanzibar) / Fotografía: Autor desconocido


Pues nada, nadie sabe a ciencia cierta lo que nos reserva el futuro pero la evocación de estos paisajes y ecosistemas del pasado nos puede dar algunas pistas de lo que podría pasar. Siempre y cuando lo permitamos y acompañemos esos cambios que, a día de hoy, parecen inevitables. Lo que pretendo lograr, sobre todo, al hacer este pequeño repaso de los ecosistemas desaparecidos del Terciario, es que todos tomemos consciencia de la dimensión de los cambios que se han iniciado hace siglo y medio, cuando empezamos a liberar en la atmósfera el carbono acumulado durante cientos de millones de años en la litosfera…

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