viernes, 15 de mayo de 2020

Respetemos y potenciemos los ciclos de la naturaleza

Hace poco más de 34 años, el 26 de abril de 1986, saltaba por los aires el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, y se desencadenaba el que ha sido el peor accidente nuclear hasta la fecha. A consecuencia de ese accidente, se tuvo que desalojar toda la población humana alrededor de la central en un radio de 30 km, en lo que aún hoy se conoce como "zona de exclusión".





Aunque en un principio la alta radiación tuvo efectos adversos en muchos organismos - las aves en particular sufrieron un fuerte descenso poblacional - con el paso de los años la naturaleza fue poco a poco rehaciéndose en los terrenos contaminados hasta convertir la zona de exclusión en un auténtico paraíso natural, demostrando que sin la intervención humana, la naturaleza es perfectamente capaz de prosperar y de autoregularse. Lo que más ha llamado la atención es que en pocos años han vuelto a poblar este espacio prácticamente todas las especies que constituían la fauna original del lugar, regresando a estas tierras especies tan emblemáticas como el bisonte, el castor, el lobo y, más recientemente, el oso. El hombre, por otra parte, propició el regreso de especies como el caballo de Przewalski, que hoy en día goza de una salud ejemplar tras una primera época algo difícil en la que fue perseguido por los cazadores furtivos. 




Una manada de caballos Przewalski, entre los matorrales de la zona aledaña a Chernobyl. (Crédito: Tatyana Deryabina)



El caso de Chernóbil no es único en el mundo, existiendo otro gran "parque involuntario" en la frontera de las dos Coreas, donde se preserva actualmente una de las mejores muestras de bosque templado húmedo, que alberga especies tan emblemáticas y tan raras como el ciervo almizclero siberiano (Moschus moschiferus), la grulla cuelliblanca (Antigone vipio), la grulla de Manchuria (Grus japonensis), el oso negro asiático ( (Ursus thibetanus)), el buitre negro (Aegypius monachus) o el goral de cola larga (Naemorhedus caudatus). El futuro de dicha zona, que algunos quisieran transformar en un gran parque nacional tras la reunificación de la Península, no está claro. Es probable, lamentablemente, que sin la protección que le otorga el miedo a una guerra, ese pedacito de paraíso acabe despareciendo. 




Un grupo de grullas cuelliblancas en el condado de Cheorwon, provincia de Gangwon. Fotografía: Jeon Heon-kyun/EPA



Más cerca de nosotros, una simple valla de piedra separa las tierras sobrexplotadas y yermas del campo madrileño del pequeño pedazo de bosque mediterráneo que rodea El Pardo y el palacio de la Zarzuela. Una perfecta ilustración del efecto de la sobre-explotación a la que se vieron sometidas muchas zonas de nuestro país y del planeta. Durante milenios, hemos privilegiado un modelo de explotación extractivista, en el que la naturaleza era considerada como un simple recurso, sin preocuparnos demasiado por los efectos que tendría el interrumpir los grandes ciclos de la naturaleza. El resultado ha sido una degradación y un empobrecimiento de los suelos, de la flora y de la fauna que han dejado irreconocibles muchas regiones del planeta. 




De no ser por el estricto nivel de protección del que goza, es muy probable que el monte del Pardo presentaría hoy en día el mismo aspecto desolador que muchas áreas colindantes.



Sin embargo, tal como demuestran los ejemplos que hemos citado al comienzo, con un poco de buena voluntad y un cambio radical de actitud, ese tipo de situación se puede revertir en gran medida con tan solo restablecer los ciclos de la naturaleza que hemos interrumpido. Y como se ha podido ver en todas estas zonas, lo primero en restablecerse tras desaparecer el Hombre es la pirámide trófica. Sin la hecatombe provocada cada año por los cazadores, pronto vuelven a ocupar los distintos componentes de esa pirámide el lugar que les corresponde. Resulta muy llamativo, viendo lo que pasa en estos lugares, que en algunas regiones de España el lobo no sea capaz de recolonizar sus antiguos territorios a pesar de darse para ello todas las condiciones necesarias. Esto se debe, claramente, a la presión ejercida, legal o ilegalmente, por los cazadores. Quitémonos de una vez por todas de encima esa lacra y veremos entonces como vuelven a llenarse de vida nuestros ecosistemas.




La idea de respetar los grandes ciclos de la naturaleza y de integrar nuestros cultivos y nuestras actividades en la propia dinámica de la naturaleza no es nueva. Algunas prácticas agrícolas tradicionales como las que se llevan a cabo en las dehesas desde tiempos remotos poco tienen que envidiar a los sistemas agrícolas más modernos, surgidos a lo largo del siglo XX en respuesta a la agricultura intensiva, basada en el uso intensivo de fertilizantes y de pesticidas, que está llevando el mundo a una situación de no retorno difícilmente asumible.

Tal como vimos en un artículo anterior (Bosques ajardinados), los ingenieros forestales fueron los primeros en proponer modelos de explotación mucho más cercanos al funcionamiento de la propia naturaleza para hacer frente a los gravísimos desastres naturales que una desbocada desforestación habían provocado en el siglo XIX. La necesidad de poder contar con unos bosques que ofrezcan de forma permanente una serie de servicios ecosistémicos tan importantes como la protección de los suelos o la regulación del caudal de los ríos, además de los servicios más propios de un bosque (producción de madera, aprovechamiento de productos del bosque), fue lo que llevó los ingenieros forestales a ese cambio de modelo productivo.




Ante la evidencia de que la agricultura intensiva está llevando la Humanidad a un callejón sin salida, distintos pensadores  han propuesto a lo largo del siglo XX la adopción de sistemas agrícolas mucho más respetuosos con la naturaleza e inspirados en su propio funcionamiento. No voy a describir aquí esos distintos sistemas. Algunos, como la agricultua natural de Masanobu Fukuoka, la permacultura o, más recientemente, el Sistema Agroforestal (Agrofloresta) propuesto por Ernst Götsch han tenido más o menos éxito en algunos países.  Todos aplican una serie de principios básicos comunes que son los siguientes:

1) No se utilizan abonos ni fertilizantes químicos. La tierra se enriquece gracias al reciclaje in situ de la materia orgánica producida por las plantas que se cultivan o que crecen en el lugar o por el aportes exterior de MO (restos de podas, etc).

2) Se intenta mantener siempre una biodiversidad alta, como mejor garantía para evitar el desarrollo descontrolado de plagas, lo que evita tener luego que recurrir a insecticidas.

3) Se evita arar y se intenta mantener la estructura del suelo para que este mantenga su diversidad y su fertilidad

4) Se intenta evitar producir residuos que no puedan volver a ser incluidos en los grandes ciclos de la naturaleza. 

Seguramente me olvide algún que otro punto y cada sistema agrícola ha desarrollado su propia metodología e ideología. Lo que me interesa resaltar aquí, desde una total ignorancia del tema, es que estos tipos de enfoques son a largo plazo la única vía que tenemos par asegurar la ansiada sostenibilidad de nuestros cultivos y actividades. Es evidente que esto va mucho más allá de lo simplemente "agrícola" y tales ideas también aplican al resto de nuestras actividades productivas. Es realmente un cambio de vida lo que necesitamos para convertir este planeta en un lugar habitable para una población que consume mucho más que lo que el propio planeta puede ofrecer.

martes, 12 de mayo de 2020

Paleoautóctonas (30): Styracaceae

Hace unos días me sugirieron que escribiera algo acerca de una familia poco común que, sin embargo, aún tiene un superviviente en Europa: las Estiracáceas. La única especie de esta familia que sobrevivió en Europa es el estoraque (Styrax officinalis), un pequeño árbol originario de la parte oriental de la cuenca mediterránea muy conocido por producir una resina aromática que lleva el mismo nombre. La familia de las Styracaceae se distribuye por las zonas templadas cálidas y tropicales tanto del Nuevo Mundo como del Viejo Mundo. Está integrada por 11 géneros y unas 160 especies. El género Styrax es, con diferencia, el más importante de esta familia y el único que se mantuvo en Europa. Otros géneros, sin embargo, también estuvieron presentes en nuestro continente antes de que se desencadenaran las glaciaciones...




Flores de Halesia monticola, Real Jardín Botánico, Madrid



A pasar de tener un área disyunta, con especies tanto en el Nuevo Mundo como en el viejo mundo, la mayoría de los géneros de esta familia proviene del SE de Asia. Llama poderosamente la atención, sea dicho de paso, su práctica total ausencia del continente africano, que sugiere, junto a los resultados de los estudios filogenéticos llevados a cabo sobre esta familia (ver más abajo), que se trata de una familia cuyo origen probablemente se ha de buscar en Eurasia.




Mapa de distribución actual de las Styracaceae



Se trata de arbustos y de árboles que en algunos casos pueden alcanzar un tamaño relativamente importante. Una especie como Halesia carolina, por ejemplo, puede alcanzar una altura de hasta 34 m en las Great Smoky Mountains. A pesar de poder alcanzar porte arbóreo, empiezan a florecer a una edad temprana, teniendo aún porte arbustivo. Esto, unido a lo llamativo de su floración, han convertido algunas especies en apreciadas plantas ornamentales, aunque su uso sea más bien escaso en nuestro país. Los géneros descritos y actualmente reconocidos en el seno de esta familia son los siguientes:

 
Género Sp. Repartición Mioceno Plioceno Pleistoceno
Alniphyllum 3 SE Asia
Bruinsmia 2 SE Asia
Halesia 2 Nortemérica, China SI SI
Huodendron 3 SE de Asia
Melliodendron 1 China
Pamphilia 1 Perú
Parastyrax 2 SE Asia
Pterostyrax 2 SE Asia
Rehderodendron 5 SE Asia SI
Sinojackia 20 SE Asia
Styrax 130 América, Región Mediterránea, SE de Asia SI SI SI


Una de las razones que me ha llevado a tratar este grupo a nivel de familia es la por ahora fluctuante taxonomía de esta familia en la que salvo algunos géneros como Styrax, Huodendron y Sinojackia, otros géneros no aparecen tan claramente definidos a la luz de los estudios filogenéticos llevados a cabo (1). Es el caso del género Halesia, por ejemplo, que lejos de ser un claro ejemplo de género con un área típicamente disyunta, sería en realidad un género polifilético, estando más emparentadas las especies americanas con el género Pterostyrax y la asiática con el género Rehderodendron. Es pues muy probable que futuros estudios filogenéticos finalmente lleven a una reorganización a nivel genérico de esta familia.











Al tratarse de especies entomófilas, la presencia de esta familia en el registro fósil se circunscribe exclusivamente a aquellos yacimientos en los que se han podido preservar macrorestos como hojas y frutos. Disponemos pues de una imagen muy borrosa de cual pudo ser la importancia que desempeñaron estas especies en los ecosistemas terciarios del continente. Los datos sugieren la presencia de géneros como Styrax, Rehderodendron y Halesia tanto en el Mioceno como en el Plioceno. Como era de esperar, el dato más reciente corresponde al género <i>Styrax</i>, que logró alcanzar nuestros días en la parte oriental de la Cuenca Mediterránea.


StyracaceaeOrden: Ericales

Árboles o arbustos, generalmente con pelos estrellados o escamosos, raramente glabros. Hojas generalmente alternas, simples; sin estípulas o con estípulas muy diminutas. Inflorescencias terminales o axilares, racimos, panículas o cimas, raramente con flores solitarias o con varias flores en fascículos; bractéolas diminutas o ausentes. Flores hermafroditas, raramente polígamas dioicas, actinomorfas. Cáliz campanulado, obcónico o cupuliforme; tubo total o parcialmente soldado al ovario; dientes o lóbulos 4 o 5(o 6), a veces muy pequeños u obsoletos. Corola por lo general blanca, gamopétala; lóbulos (4 o)5(--7), ± soldados en la base, raramente libres, imbricados o valvados, raramente ligeramente induplicados. Estambres por lo general en número doble que el de los lóbulos, a veces igual, insertos en la base de la corola; filamentos en su mayor parte aplanados, basalmente parcial o completamente soldados en tubo; anteras introrsas, 2-loculares, lóculos paralelos dehiscentes por hendiduras longitudinales. Ovario súpero, medio ínfero o ínfero, 3--5-locular o apicalmente 1-locular y basalmente 3--5-locular; óvulos pocos o solitarios en cada lóculo, erectos, péndulos o anátropos, integumento 1 o 2, placentación axial o parietal. Estilo fino, linear o subulado; estigma truncado, capitado o 2--5-lobado. Fruto en baya, drupa o cápsula, exocarpo carnoso a seco. Semillas a veces aladas, a menudo con un hilo ancho; embrión recto o ligeramente curvado; endospermo copioso; cotiledones aplanados o subteretes.




En España, las Estiracáceas no dejan de ser especies relativamente raras, cultivadas esencialmente en jardines botánicos y en arboretos. Tras consultar distintos listados, tan solo he encontrado Styrax officinalis en el Jardín Botánico de Valencia y Halesia monticola en el Real Jardín Botánico de Madrid. Poca cosa, la verdad, para una familia tan interesante...



(1) Fritsch P.W. et al. (2001) / Phylogeny and Biogeography of the Styracaceae / Int. J. Plant Sci., Vol. 162(6 Suppl.), pp. 95–116