Crónicas de un mundo en mutación


El cambio climático ya es una realidad que promete modificar profundamente nuestros paisajes, nuestra flora y nuestra fauna.
El pasado es una ventana que nos permite intuir cómo será ese futuro que os propongo descubrir.

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¿Desde cuándo somos realmente conscientes del peligro que el consumo desmedido de hidrocarburos nos hace correr? Personalmente ocurrió a finales de los años 80, durante mi formación como geólogo en la Universidad de Neuchâtel (Suiza). Esa formación incluía por aquél entonces una asignatura de climatología que impartía el director del entonces aún activo Observatorio Cantonal de Neuchâtel, que era en aquella época toda una institución en el país alpino. El mensaje que nos transmitía era claro y no ha cambiado un ápice desde entonces: el calentamiento global era una realidad y estaba causado por las actividades humanas. Más o menos por la misma época, el 23 de junio de 1988, el científico de la NASA James Hansen testificó ante el Senado de los Estados Unidos afirmando lo mismo.

Recuerdo sin embargo que ya se venía diciendo aquello desde al menos los años 70. Recuerdo perfectamente un reportaje de la televisión francesa en el que al gran Haroun Tazieff casi le cuesta un disgusto explicar las consecuencias del incremento de CO2 en la atmósfera ante un Jacques-Yves Cousteau dubitativo (cambiaría por completo de opinión años más tarde) y la actitud un tanto despectiva del periodista que le acusaba de "sembrar el pánico entre la población" (ver vídeo a continuación).

Lo peor de todo es que las principales empresas petroleras eran plenamente conscientes del impacto que tenía el consumo de petróleo, llegando alguna de ellas (Exxon) a contratar los servicios de investigadores independientes que llegaron exactamente a las mismas conclusiones que la NASA. En vez de hacer públicas las conclusiones de ese estudio prefirieron callar y participar en la campaña de desprestigio de la climatología absolutamente sin precedentes que se desencadenó a continuación. A golpe de millones de dólares, financiaron contraestudios y se hicieron muy presentes en todos los medios de comunicación. Era entonces realmente David contra Goliath. Pero Goliath no era el IPCC, como se intenta hacernos creer ahora en un sorprendente giro de guión, sino la potente industria petrolera.

Hoy las terribles consecuencias de tan tamaña imprudencia empiezan a vislumbrarse mucho más claramente y el miedo a lo que pueda ocurrir en el futuro ya está empezando a hacerse notar claramente en la actitud de mucha gente y de muchos gobiernos. Ya nadie niega, creo yo, que el problema existe. Ningún gobierno ni ninguna persona puede objetivamente ignorar a estas alturas las señales inequívocas que nos transmite la naturaleza. El negacionismo hoy en día es más hipocresía que un real convencimiento de que nada está pasando. Es un negacionismo de fachada de los que ya solo piensan en salvarse ellos mismos. Los "búnkeres del fin del mundo" que muchos millonarios están construyendose en áreas geográficas consideradas más seguras lo delata claramente. Muchos se enriquerieron surfeando sobre la ola de los combustibles fósiles pero, por si acaso, ya están pensando en donde refugiarse cuando las cosas se pongan realmente feas...



Puerta blindada de entrada al búnker Vivos xPoint. Vivios es una empresa que vende búnkeres de lujo en los que retirarse con todas las comodidades imaginables en caso de que ocurra cualquier tipo de catástrofe. / Fotografía: VigilanteScout / Licencia: CC BY-SA

El interés de Estados Unidos por una isla como Groenlandia o las riquezas de otras regiones también delata ese mismo miedo. Conscientes de que una transición energética es necesaria y requerirá ingentes cantidades de metales raros, algunos países intentan ahora acaparar las reservas que aún permanecen inexplotadas, aunque sea por la fuerza. La expansión china en América Latina y en África, aunque más pacífica y comercial, sige la misma lógica. Estamos asistiendo a una especie de sálvese quien pueda patético al que se ha apuntado también buena parte de la ciudadanía. Los colaboracionistas de los regímenes que mañana surgirán para supuestamente salvarnos de la catástrofe ya vierten su odio en nuestras calles y en los medios de comunicación. Ese odio no es otra cosa, en realidad, que el reflejo del miedo que sienten de quedarse apartados de la Historia. O tomamos el poder por la fuerza y nos salvamos, piensan ellos, o quedaremos engullidos por esa gran ola de miseria que se nos viene encima...

Están creciendo como la espuma en nuestras sociedades la xenofobia y el desprecio hacia los más pobres. Allá donde pueden, los más ricos privatizan los servicios públicos y lo justifican acusando los partidos "tradicionales" de regalar lo que es nuestro a personas que no se lo merecen. El foso que separa los más ricos, paralizados por el miedo, de los más pobres no ha dejado de ampliarse. Muchos jóvenes en este páis ya han asumido que nunca podrán comprar una vivienda y llevar una vida digna. Van a ser los sacrificados por un sistema que no supo ver llegar la catástrofe que se avecinaba. Los que más suerte tengan tal vez heredarán el piso de sus padres. Los demás están condenados a llevar una vida de penurias. Serán carne de cañón del cambio climático al verse relegados a vivir donde nadie quiere. Ellos sumarán las cifras de fallecidos en las futuras olas de calor y riadas. Ellos serán los que caerán como moscas en nuestras asfixiantes calles mientras los más ricos pasarán el verano al fresco en sus mansiones rodeadas de verdura...

Lo que cuento aquí parece un relato futurista pero la realidad es que ya hay millones de desplazados por culpa del cambio climático en países como Bangladesh en los que amplias zonas ya han desaparecido en el mar. Incluso aquí en España ya se está empezando a notar un aumento de la demanda por comprar propiedades en el norte de la Península. Un movimiento que irá in crescendo cuando los veranos en el sur se conviertan en insoportables y se sucedan olas de calor letales que asolarán también nuestros cultivos. Algunos agricultores ya se están anticipando a esos cambios e intentan adaptarse a la nueva situación (plantando pistachos por ejemplo). Pero son una pequeña minoría por ahora. De todos modos, no creo que de repente suba como la espuma la demanda de un producto que otros países producen ya de forma masiva. Muchos agricultores probablemente no encontrarán relevo en amplias zonas de la Península en las que a la subida de las temperaturas se añade una grave penuria en agua que una esplendorosa primavera no va a reverter tan fácilmente. Haría falta que llueva así todos los años pero, que yo sepa, los climatólogos no vaticinan para el futuro un cambio positivo en el régimen de precipitaciones (ojalá nos equivoquemos todos). Un verano muy caluroso bastaría de todos modos para devolvernos a la casilla de salida.



¿Lucharán a muerte nuestros descendientes por los escasos recursos aún disponibles o sabrán nuestras sociedades reinventarse y encontrar su sitio en una Naturaleza que nos sustenta?

¿Nos espera pues un futuro a la Mad Max o seremos capaces de adaptarnos y de socializar en alguna medida las consecuencias del cambio climático? La política del miedo y del sálvese quien pueda no nos lleva a ninguna parte me temo. Como no seamos capaces rápidamente de prescindir del petróleo y del carbón, pronto nos encontraremos con concentraciones de CO2 que podrían acercarse peligrosamente a los 1000 ppm. Tales niveles de CO2 son los del Eoceno, un periodo geológico en el que la temperatura media global era cerca de 15 grados más alta que la preindustrial y el nivel del mar unos 60 metros por encima del actual. Os dejo ver en el mapa a continuación el aspecto que tendría nuestro continente con 60 m de elevación del nivel del mar, que sería lo que ocurriría si todo el hielo que cubre Groenlandia y la Antártida acabase por derretirse por completo. Ni que decir que estamos hablando de un mundo totalmente diferente al actual. La inmensa mayoría de las actuales metrópolis habrá desaparecido bajo las aguas de los océanos. Un mundo en el que muchas especies actuales, hombre incluido, probablemente no serían capaces de sobrevivir.



Un inmenso Mar Caspio reconectado al Mar Negro y buena parte de Europa del Norte engullida por el mar. Que me congelen por favor, que quiero ver como será Europa dentro de medio milenio...

Ojalá seamos capaces de recapacitar y de tomar decisiones conjuntamente. Ojalá seamos capaces de reverter la tendencia que se observa desde hace varias décadas a la acaparación de los recursos por los más ricos, que está generando gravísimos desequilibrios que solo se pueden resolver con una redistribución pactada de la riqueza mediante el pago de impuestos y la aplicación de políticas redistributivas justas. De lo contrario me temo que en un futuro no muy lejano la violencia se apoderará de nuestras hasta ahora apacibles sociedades. Un caldo de cultivo muy peligroso en el que se pueden gestar las futuras dictaduras y guerras en un mundo cada vez más inestable en manos de auténticos locos. Ojalá me equivoque y este pequeño análisis sea solo fruto del miedo que siente un casi anciano al ver todo lo que ya se ha perdido desde que era un niño que soñaba con vivir en un mundo mejor. Si algo nos demuestra la historia, es que los privilegios de las minorías más ricas solo se pueden mantener por la fuerza. La riqueza se tolera cuando las cosas van bien, pero en periodos de crisis como el que se abre ahora con el cambio climático los olvidados por el destino acaban siempre reclamando su parte del botín. El peligro, al ritmo que vamos, es que si no reaccionamos pronto, quede más bien poco por repartir. Es el futuro mismo del hombre como especie el que está en tela de juicio actualmente. Llámenme catastrofista si piensan que exagero, pero no dejen de mirar lo ocurre a su alrededor. Las señales de lo que está pasando son ya bien visibles para quien sabe y quiera verlas...

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SOBRE EL AUTOR

Geólogo de formación, nacido en Suiza pero establecido en España desde hace más de 20 años, trabajo actualmente en el sector de la informática (soporte). Eso no me ha impedido mantener vivo mi interés por los temas medioambientales, el cambio climático en particular, cuyas consecuencias intento anticipar buscando respuestas en ese pasado no tan lejano hacia el que parece que estamos empeñados en querer volver.

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