Crónicas de un mundo en mutación


El cambio climático ya es una realidad que promete modificar profundamente nuestros paisajes, nuestra flora y nuestra fauna.
El pasado es una ventana que nos permite intuir cómo será ese futuro que os propongo descubrir.

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La idea de plantar árboles para luchar contra el cambio climático y de paso reverter la pérdida de biodiversidad acelerada que sufre nuestro mundo parece que está de moda últimamente. Parte, sin lugar a dudas, de una buena intención, ya que no conozco a nadie que no quede fascinado al contemplar cualquier árbol de cierto tamaño. Pero lamentablemente se pasa muy fácilmente de la fascinación a la codicia en este mundo en el que la mecanización ha convertido nuestros bosques en un recurso tan fácil de explotar. Nuestras sociedades han perdido desde hace tiempo el respeto que profesaban los pueblos de la Antiguedad hacia unos seres potencialmente inmortales que las leyes no escritas de esos pueblos protegían. Cortar un árbol sagrado en aquellos tiempos te podía costar la vida. Era tal el grado de veneración a los árboles de aquellas sociedades que llegaron a dar nombre a muchas ciudades e incluso a varios pueblos como los Lemovices (Guerreros del Olmo), los Eburovices (Guerreros del Tejo) y Eburones (Pueblo del Tejo).



San Bonifacio talando el roble sagrado de los habitantes paganos de Hesse en el siglo VIII. Con el advenimiento del cristianismo se perdió en gran medida el caracter sagrado que tenían muchos árboles venerados desde tiempos remotos, que la iglesia taló sin piedad para demostrar su supremacía y poder.

El creciente interés por plantar árboles traduce sin lugar a dudas una toma de consciencia incipiente por el público del grave problema de biodiversidad al que nos enfrentamos. Pero plantar árboles sin cabeza y sin un seguimiento a medio y largo plazo puede resultar ser un esfuerzo vano. Muchos proyectos que calificaría sin más de greenwashing han acabado siendo un despilfarro de dinero y de medios que ha dejado más bien pocas huellas. Plantar árboles y abandonarlos a su suerte, sin un seguimiento continuo durante sus primeros años es casi siempre una garantía de fracaso. Una vez los árboles firmemente arraigados puede uno confiar en que saldrán adelante por ellos mismos. Al menos a medio plazo porque en muchos de estos proyectos aún falta tener en cuenta lo que yo considero hoy en día lo más importante a la hora de plantar un árbol: las proyecciones climáticas. O sea, saber cuales van a ser las tendencias climáticas a largo plazo, porque de nada sirve plantar hoy árboles que sabemos de antemano condenados por el cambio climático.



Robledal afectado por sequía en la Farga de Bebié (entre Osona y el Ripollès) en 2022. En las últimas décadas, muchos bosques que no se consideraban amenazados por episodios climático extremos se han visto fuertemente afectados en el mundo entero. La repetición de tales episodios puede provocar a la larga la muerte de muchos árboles, facilitando la propagación de megaincendios muy difíciles de contrarrestar. Hartman H. et al. (2022)

Lamentablemente predomina aún hoy la idea de que las especies mejor adaptadas a un lugar son las que crecen espontáneamente en aquél lugar y la mayoría de los grupos y asociaciones que llevan a cabo repoblaciones en nuestro país suelen organizar jornadas de recogida de semillas que luego utilizan en sus viveros y las repoblaciones que llevan a cabo. Subyace en esta manera de proceder la idea de que el objetivo final de los protectores de la naturaleza ha de ser una vuelta al estado originario de nuestros ecosistemas. Una manera de pensar lógica en un mundo que ha permanecido estable durante milenios pero que tiene poco sentido en la actual situación de cambio climático acelerado. Sin embargo, no se puede ignorar lo que ha pasado durante el último medio siglo y aún menos cerrar los ojos ante las previsiones de futuro de los climatólogos, basadas en evidencias y modelos científicos que han demostrado describir perfectamente la evolución de las temperaturas durante las últimas décadas. A pesar de las evidencias, la actitud de la mayoría de los grupos de "conservación" de la naturaleza (la palabra "conservación" lo dice todo) y de muchos biólogos sigue siendo muy conservadora en sus planteamientos, al no aceptar la idea de que en muchas regiones podríamos estar en el inicio de una renovación casi total de su fauna y flora.



A lo largo de los años he estado leyendo muchas veces en foros y artículos que lo del cambio climático no es para tanto y que nuestros ecosistemas y las especies que los constituyen tienen mucha resiliencia. Y sin embargo, no son pocos los indicios de que grandes cambios se están avecinando (seca de la encina y del alcornoque, aumento de la incidencia de grandes incendios forestales, muerte masiva de árboles en muchos bosques, etc). Nuestros paisajes en realidad ya están cambiado ante nuestros propios ojos pero aún no somos capaces de verlo porque lo que no ha cambiado es nuestra mirada.

Los ingenieros forestales, en cambio, acostumbrados a planear su actividad con décadas de antelación, han entendido casi de inmediato el mensaje de los climatólogos y ya experimentan hoy con variedades y especies mejor adaptadas a los climas venideros. Su trabajo adolece sin embargo de un grave defecto: les interesa ante todo favorecer la introducción de especies que hayan demostrado ser muy productivas en los tests que llevan a cabo siguiendo protocolos muy bien establecidos en pequeñas plantaciones experimentales. Una vez más, esta metodología tiene mucho sentido en una situación de estabilidad climática, pero queda un poco en entredicho en una situación de cambio climático acelerado. Los resultados obtenidos en este tipo de tests hace 50 años puede que ya no sean válidos hoy en día. Especies muy recomendables en aquél entonces igual ya no lo sean hoy y puede que especies que descartaron entonces hoy estén mejor adaptadas al clima actual y futuro. Me parece hoy en día muy difícil cuantificar las cosas en circunstancias tan cambiantes.



Evolución del número de géneros presentes en Europa occidental y central durante el Cenozoico. Wilkens V. et al. (2025)

Esta es la razón que me empuja a ser mucho más pragmático en mi planteamiento, que es de una sencillez pasmosa: plantemos todas las especies que nos parezcan mejor adapatadas al futuro clima y dejemos la naturaleza decidir qué especies son interesante y cuales no. El origen geográfico de las especies que vayamos a plantar tiene su importancia, claro está, pero no hemos de perder de vista, creo yo, que la fauna y flora actual son el resultado de un progresivo empobrecimiento a consecuencia de las glaciaciones del Cuaternario. Tener una pequeña idea de qué especies poblaban nuestro continente antes de las glaciaciones me parece un buen punto de partida para saber qué especies podrían ser interesantes de cara al futuro. Esto no significa "sustituir" de golpe las especies actuales por otras, sino ir incorporándolas poco a poco, prolongando paradójicamente la esperanza de vida de las especies actualmente presentes, que encontrarían condiciones más soprtables bajo la protección de especies más resistentes a las altas temperaturas.



La "Lozana Andaluza" pleistocénica imaginada por los autores del artículo en su medio natural, observando una culebra sobre las ramas de un árbol de la gutapercha (Eucommia ulmoides), en un refugio glacial en el que también estaban presentes otros géneros como Cathaya, Picea, Abies, Tsuga, Parrotia, Carya, Zelkova, Carpinus, Eucommia, Arbutus, Sorbus, Fagus, Acer, Juglans, Castanea y Ulmus. Carrión J. et al. (2024).

Mi sueño sería intentar recrear, de alguna manera, un bosque de finales del Terciario (Plioceno), incluyendo en él especies y géneros desaparecidos que crecen hoy en áreas con un clima similar al que se prevé para finales de siglo en buena parte de Europa. Eso no significa limitarse exclusivamente a esas especies. Ya utilizamos muchas especies exóticas en nuestros bosques y en nuestros jardines, que nunca estuvieron presentes en Europa (pienso aquí en las especies australes como los eucaliptos, braquiquitos y araucarias). Es lógico pensar, puesto que ya las tenemos aquí, que tales especies puedan también ser elementos de nuestros bosques en el futuro. El problema al que nos enfrentamos, básicamente, es que ya no existen en Europa especies adaptadas a los climas que podríamos tener en el futuro. Ante lo desconocido, no tenemos otra solución pues que la de ir tanteando, experimentando, sin miedo a equivocarnos. Al final la Naturaleza es la que pondrá cada especie en su sitio. Estoy convencido que tener una pequeña red de arboretos como el bosque que describo sería muy útil de cara al futuro al permitir observar el comportamiento de un número de especies mucho más amplio que las que testean los ingenieros forestales. El objetivo, al final, es incrementar la biodiversidad de nuestros bosques y convertirlos en más resilientes ante los futuros cambios climáticos que, no lo olvidemos, no se va a detener en 2100 aunque esa sea la fecha en la que solemos proyectarnos al hablar del futuro.



La sorprendente resiliencia de la Eucommia que planté en mi barrio hace unos años, aguantando los veranos de los últimos años sin un solo riego, explica seguramente porqué sobrevivió en nuestro país hasta fechas relativamente recientes, desapareciendo solo cuando los periodos glaciares se hicieron más largos y más intensos en la transición del Pleistoceno medio hace aproximadamente 1 millón de años.

A muchas personas, sin embargo, les parece una auténtica locura mi planteamiento y ponen el grito en el cielo cuando me ven plantando Eucommias y ahuehuetes en los descampados de mi barrio, acusándome sin pensar de estar introduciendo especies invasoras y de cometer auténticos crímenes ecológicos. Lo peor de todo es que no solamente lo piensan. Pasan al acto y no se han privado de arrancar algunos de mis más prometedores árboles, como aquella hermosa pterocaria del Cáucaso que se había adaptado tan bien al lugar en el que la planté, a orillas del pequeño arroyito que nace en el descampado. La misma suerte corrió un liquidambar oriental y otros muchos arbolitos que arrancaron sin miramiento. Me temo que ante una oposición tan feroz, nunca logre yo realizar ese sueño. Ya veré, si finalmente me marcho de Madrid, qué posibilidades me reserva el lugar al que me traslade. Igual allá me dejen experimentar en paz y finalmente empiece a crecer el pequeño bosque pliocénico con el que llevo ya algunos años soñando. La idea no tiene dueño, sea dicho de paso, y si alguno de vosotros se encuentra en condiciones de realizarla (dispones de un pequeño terreno que quieres repoblar en un lugar que ofrece condiciones de humedad variadas, con un pequeño río o arroyo que lo cruce o bordee), no lo dudes ni un minuto más...



Este era el aspecto tan vigoroso que lucía la pterocaria que planté semanas antes de que la arrancaran.


Carrión J. et al. (2024) / Greening a lost world: Paleoartistic investigations of the early Pleistocene vegetation landscape in the first Europeans' homeland. / Quaternary Science Advances, Volume 14, 2024, 100185, ISSN 2666-0334, https://doi.org/10.1016/j.qsa.2024.100185.
Hartmann H. et al. (2022) / Climate Change Risks to Global Forest Health: Emergence of Unexpected Events of Elevated Tree Mortality Worldwide. / Annual Review Plant Biology. 73:673-702. https://doi.org/10.1146/annurev-arplant-102820-012804
Wilkens V. et al. (2025) / Rediscovering lost Cenozoic tree diversity in Western and Central Europe / Preprint, EcoEvoRxiv

¿Desde cuándo somos realmente conscientes del peligro que el consumo desmedido de hidrocarburos nos hace correr? Personalmente ocurrió a finales de los años 80, durante mi formación como geólogo en la Universidad de Neuchâtel (Suiza). Esa formación incluía por aquél entonces una asignatura de climatología que impartía el director del entonces aún activo Observatorio Cantonal de Neuchâtel, que era en aquella época toda una institución en el país alpino. El mensaje que nos transmitía era claro y no ha cambiado un ápice desde entonces: el calentamiento global era una realidad y estaba causado por las actividades humanas. Más o menos por la misma época, el 23 de junio de 1988, el científico de la NASA James Hansen testificó ante el Senado de los Estados Unidos afirmando lo mismo.

Recuerdo sin embargo que ya se venía diciendo aquello desde al menos los años 70. Recuerdo perfectamente un reportaje de la televisión francesa en el que al gran Haroun Tazieff casi le cuesta un disgusto explicar las consecuencias del incremento de CO2 en la atmósfera ante un Jacques-Yves Cousteau dubitativo (cambiaría por completo de opinión años más tarde) y la actitud un tanto despectiva del periodista que le acusaba de "sembrar el pánico entre la población" (ver vídeo a continuación).

Lo peor de todo es que las principales empresas petroleras eran plenamente conscientes del impacto que tenía el consumo de petróleo, llegando alguna de ellas (Exxon) a contratar los servicios de investigadores independientes que llegaron exactamente a las mismas conclusiones que la NASA. En vez de hacer públicas las conclusiones de ese estudio prefirieron callar y participar en la campaña de desprestigio de la climatología absolutamente sin precedentes que se desencadenó a continuación. A golpe de millones de dólares, financiaron contraestudios y se hicieron muy presentes en todos los medios de comunicación. Era entonces realmente David contra Goliath. Pero Goliath no era el IPCC, como se intenta hacernos creer ahora en un sorprendente giro de guión, sino la potente industria petrolera.

Hoy las terribles consecuencias de tan tamaña imprudencia empiezan a vislumbrarse mucho más claramente y el miedo a lo que pueda ocurrir en el futuro ya está empezando a hacerse notar claramente en la actitud de mucha gente y de muchos gobiernos. Ya nadie niega, creo yo, que el problema existe. Ningún gobierno ni ninguna persona puede objetivamente ignorar a estas alturas las señales inequívocas que nos transmite la naturaleza. El negacionismo hoy en día es más hipocresía que un real convencimiento de que nada está pasando. Es un negacionismo de fachada de los que ya solo piensan en salvarse ellos mismos. Los "búnkeres del fin del mundo" que muchos millonarios están construyendose en áreas geográficas consideradas más seguras lo delata claramente. Muchos se enriquerieron surfeando sobre la ola de los combustibles fósiles pero, por si acaso, ya están pensando en donde refugiarse cuando las cosas se pongan realmente feas...



Puerta blindada de entrada al búnker Vivos xPoint. Vivios es una empresa que vende búnkeres de lujo en los que retirarse con todas las comodidades imaginables en caso de que ocurra cualquier tipo de catástrofe. / Fotografía: VigilanteScout / Licencia: CC BY-SA

El interés de Estados Unidos por una isla como Groenlandia o las riquezas de otras regiones también delata ese mismo miedo. Conscientes de que una transición energética es necesaria y requerirá ingentes cantidades de metales raros, algunos países intentan ahora acaparar las reservas que aún permanecen inexplotadas, aunque sea por la fuerza. La expansión china en América Latina y en África, aunque más pacífica y comercial, sige la misma lógica. Estamos asistiendo a una especie de sálvese quien pueda patético al que se ha apuntado también buena parte de la ciudadanía. Los colaboracionistas de los regímenes que mañana surgirán para supuestamente salvarnos de la catástrofe ya vierten su odio en nuestras calles y en los medios de comunicación. Ese odio no es otra cosa, en realidad, que el reflejo del miedo que sienten de quedarse apartados de la Historia. O tomamos el poder por la fuerza y nos salvamos, piensan ellos, o quedaremos engullidos por esa gran ola de miseria que se nos viene encima...

Están creciendo como la espuma en nuestras sociedades la xenofobia y el desprecio hacia los más pobres. Allá donde pueden, los más ricos privatizan los servicios públicos y lo justifican acusando los partidos "tradicionales" de regalar lo que es nuestro a personas que no se lo merecen. El foso que separa los más ricos, paralizados por el miedo, de los más pobres no ha dejado de ampliarse. Muchos jóvenes en este páis ya han asumido que nunca podrán comprar una vivienda y llevar una vida digna. Van a ser los sacrificados por un sistema que no supo ver llegar la catástrofe que se avecinaba. Los que más suerte tengan tal vez heredarán el piso de sus padres. Los demás están condenados a llevar una vida de penurias. Serán carne de cañón del cambio climático al verse relegados a vivir donde nadie quiere. Ellos sumarán las cifras de fallecidos en las futuras olas de calor y riadas. Ellos serán los que caerán como moscas en nuestras asfixiantes calles mientras los más ricos pasarán el verano al fresco en sus mansiones rodeadas de verdura...

Lo que cuento aquí parece un relato futurista pero la realidad es que ya hay millones de desplazados por culpa del cambio climático en países como Bangladesh en los que amplias zonas ya han desaparecido en el mar. Incluso aquí en España ya se está empezando a notar un aumento de la demanda por comprar propiedades en el norte de la Península. Un movimiento que irá in crescendo cuando los veranos en el sur se conviertan en insoportables y se sucedan olas de calor letales que asolarán también nuestros cultivos. Algunos agricultores ya se están anticipando a esos cambios e intentan adaptarse a la nueva situación (plantando pistachos por ejemplo). Pero son una pequeña minoría por ahora. De todos modos, no creo que de repente suba como la espuma la demanda de un producto que otros países producen ya de forma masiva. Muchos agricultores probablemente no encontrarán relevo en amplias zonas de la Península en las que a la subida de las temperaturas se añade una grave penuria en agua que una esplendorosa primavera no va a reverter tan fácilmente. Haría falta que llueva así todos los años pero, que yo sepa, los climatólogos no vaticinan para el futuro un cambio positivo en el régimen de precipitaciones (ojalá nos equivoquemos todos). Un verano muy caluroso bastaría de todos modos para devolvernos a la casilla de salida.



¿Lucharán a muerte nuestros descendientes por los escasos recursos aún disponibles o sabrán nuestras sociedades reinventarse y encontrar su sitio en una Naturaleza que nos sustenta?

¿Nos espera pues un futuro a la Mad Max o seremos capaces de adaptarnos y de socializar en alguna medida las consecuencias del cambio climático? La política del miedo y del sálvese quien pueda no nos lleva a ninguna parte me temo. Como no seamos capaces rápidamente de prescindir del petróleo y del carbón, pronto nos encontraremos con concentraciones de CO2 que podrían acercarse peligrosamente a los 1000 ppm. Tales niveles de CO2 son los del Eoceno, un periodo geológico en el que la temperatura media global era cerca de 15 grados más alta que la preindustrial y el nivel del mar unos 60 metros por encima del actual. Os dejo ver en el mapa a continuación el aspecto que tendría nuestro continente con 60 m de elevación del nivel del mar, que sería lo que ocurriría si todo el hielo que cubre Groenlandia y la Antártida acabase por derretirse por completo. Ni que decir que estamos hablando de un mundo totalmente diferente al actual. La inmensa mayoría de las actuales metrópolis habrá desaparecido bajo las aguas de los océanos. Un mundo en el que muchas especies actuales, hombre incluido, probablemente no serían capaces de sobrevivir.



Un inmenso Mar Caspio reconectado al Mar Negro y buena parte de Europa del Norte engullida por el mar. Que me congelen por favor, que quiero ver como será Europa dentro de medio milenio...

Ojalá seamos capaces de recapacitar y de tomar decisiones conjuntamente. Ojalá seamos capaces de reverter la tendencia que se observa desde hace varias décadas a la acaparación de los recursos por los más ricos, que está generando gravísimos desequilibrios que solo se pueden resolver con una redistribución pactada de la riqueza mediante el pago de impuestos y la aplicación de políticas redistributivas justas. De lo contrario me temo que en un futuro no muy lejano la violencia se apoderará de nuestras hasta ahora apacibles sociedades. Un caldo de cultivo muy peligroso en el que se pueden gestar las futuras dictaduras y guerras en un mundo cada vez más inestable en manos de auténticos locos. Ojalá me equivoque y este pequeño análisis sea solo fruto del miedo que siente un casi anciano al ver todo lo que ya se ha perdido desde que era un niño que soñaba con vivir en un mundo mejor. Si algo nos demuestra la historia, es que los privilegios de las minorías más ricas solo se pueden mantener por la fuerza. La riqueza se tolera cuando las cosas van bien, pero en periodos de crisis como el que se abre ahora con el cambio climático los olvidados por el destino acaban siempre reclamando su parte del botín. El peligro, al ritmo que vamos, es que si no reaccionamos pronto, quede más bien poco por repartir. Es el futuro mismo del hombre como especie el que está en tela de juicio actualmente. Llámenme catastrofista si piensan que exagero, pero no dejen de mirar lo ocurre a su alrededor. Las señales de lo que está pasando son ya bien visibles para quien sabe y quiera verlas...

Decíamos, al describir la Depresión del Ebro, que era una de las dos grandes depresiones formadas en la Península Ibérica como consecuencia del desarrollo de las cordilleras alpinas en la periferia de la microplaca ibérica, al colisionar esta con las placas africana y europea. Hoy vamos a examinar la que se formó en el sur de la microplaca ibérica, al pie de la Cordillera Bética por las mismas razones por las que se formó la Depresión del Ebro. La acumulación en las cordilleras béticas de grandes unidades tectónicas provocó la flexión de la placa continental ibérica y la formación de una cuenca de antepaís relativamente estrecha que fue ocupada por el mar durante buena parte del Neógeno, acumulándose en ella entre 500 y 1000 m de sedimentos en sus áreas centrales y occidentales.



Formación de Sierra Morena y la Cuenca del Guadalquivir.

El clima actual en buena parte de Andalucía Occidental es típicamente mediterráneo, correspondiendo al tipo Cfa (templado con verano seco y caluroso) en la clasificación climática de Köppen. En zonas interiores de la depresión, el clima se vuelve localmente más árido, de tipo BSk (estepario frío) y BSh (estepario cálido).

El clima en esta región se ve atemperado por la cercana presencia del Atlántico y se diferencia del de las mesetas del centro de la Península por tener inviernos más suaves y unos niveles de precipitaciones ligeramente más elevados, superando normalmente los 500 mm de precipitación anual (se sitúan entre 400 y 500 mm en ambas mesetas). Esta diferencia se debe sobre todo a la entrada de aire húmedo por el golfo de Cádiz, que en algunos periodos del año provoca intensas precipitaciones que se concentran sobre todo en el SO de la Península. Recordemos que no hay en el bajo Guadalquivir ningún relieve que impida la entrada de ese aire húmedo oceánico.

En verano la entrada de masas de aire desde el N de África durante largos episodios de ola de calor convierte esta región en una de las más cálidas de la Península. La escasa altitud y el alejamiento de la costa convierte en particular las zonas interiores de la Cuenca del Guadalquivir en un auténtico horno. La campiña cordobesa y jienense en particular acumulan buena parte de los datos de altas temperaturas medidas en España durante los últimos años:

Los modelos climáticos apuntan a que el número de días de calor en que se superarán los 40 grados de temperatura aumentará considerablemente, pasando de ser una situación excepcional actualmente a ser lo normal durante buena parte del verano. La misma región de la campiña cordobesa y jienense en la que se baten regularmente los records de temperatura podría llegar a tener más de 60 días al año con temperaturas superando los 40ºC:

Con temperaturas diurnas que podrían superar los 40 grados durante casi dos meses, parece lógico que el grado de aridez de esas regiones aumente en consecuencia. Los modelos más pesimistas muestran muy claramente como buena parte del valle del Guadalquivir podría llegar a tener un clima de tipo BSh (clima estepario caluroso). El aumento de la aridez ligado al aumento de las temperaturas y al alargamiento de los periodos de intenso calor constituye sin lugar a dudas el reto fundamental para esta región. Todo ello sin tener en cuenta que la probabilidad de alcanzar excepcionalmente los 50 ªC aumenta considerablemente, siendo letales para muchos organismos tales condiciones si llegan a mantenerse muchas horas y días.

De mantenerse un nivel de precipitaciones similar al actual en buena parte de Andalucía Occidental, no debería sufrir esta región un cambio de vegetación tan drástico como cabe esperar en otras regiones. Eso sí, algunas especies como la encina y el alcornoque parece que sufrirán del aumento de las temperaturas y se irán haciendo más raras, permaneciendo probablemente únicamente en zonas de relieves, tal como muestran los mapas que mostramos en el artículo dedicado a la franja costera del SE.

En las zonas más internas de la depresion del Guadalquivir, una vegetación propia de zonas áridas debería poco a poco imponerse, aunque al tratarse de zonas mayoritariamente agrícolas, posiblemente el cambio no sea tan aparente, siempre y cuando los recursos hídricos permitan que se mantenga esta actividad, ya que el previsible aumento de la aridez incrementará la presión sobre los recursos hídricos en toda esta región. A ese incremento de las temperaturas y de la aridez también hay que añadir en las zonas costeras los efectos previsibles de la subida del nivel del mar, que ya evocábamos en el artículo dedicado al entorno de Doñana (La espada de Damocles (2): Doñana).

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SOBRE EL AUTOR

Geólogo de formación, nacido en Suiza pero establecido en España desde hace más de 20 años, trabajo actualmente en el sector de la informática (soporte). Eso no me ha impedido mantener vivo mi interés por los temas medioambientales, el cambio climático en particular, cuyas consecuencias intento anticipar buscando respuestas en ese pasado no tan lejano hacia el que parece que estamos empeñados en querer volver.

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