Un sueño utópico...

La idea de plantar árboles para luchar contra el cambio climático y de paso reverter la pérdida de biodiversidad acelerada que sufre nuestro mundo parece que está de moda últimamente. Parte, sin lugar a dudas, de una buena intención, ya que no conozco a nadie que no quede fascinado al contemplar cualquier árbol de cierto tamaño. Pero lamentablemente se pasa muy fácilmente de la fascinación a la codicia en este mundo en el que la mecanización ha convertido nuestros bosques en un recurso tan fácil de explotar. Nuestras sociedades han perdido desde hace tiempo el respeto que profesaban los pueblos de la Antiguedad hacia unos seres potencialmente inmortales que las leyes no escritas de esos pueblos protegían. Cortar un árbol sagrado en aquellos tiempos te podía costar la vida. Era tal el grado de veneración a los árboles de aquellas sociedades que llegaron a dar nombre a muchas ciudades e incluso a varios pueblos como los Lemovices (Guerreros del Olmo), los Eburovices (Guerreros del Tejo) y Eburones (Pueblo del Tejo).



San Bonifacio talando el roble sagrado de los habitantes paganos de Hesse en el siglo VIII. Con el advenimiento del cristianismo se perdió en gran medida el caracter sagrado que tenían muchos árboles venerados desde tiempos remotos, que la iglesia taló sin piedad para demostrar su supremacía y poder.

El creciente interés por plantar árboles traduce sin lugar a dudas una toma de consciencia incipiente por el público del grave problema de biodiversidad al que nos enfrentamos. Pero plantar árboles sin cabeza y sin un seguimiento a medio y largo plazo puede resultar ser un esfuerzo vano. Muchos proyectos que calificaría sin más de greenwashing han acabado siendo un despilfarro de dinero y de medios que ha dejado más bien pocas huellas. Plantar árboles y abandonarlos a su suerte, sin un seguimiento continuo durante sus primeros años es casi siempre una garantía de fracaso. Una vez los árboles firmemente arraigados puede uno confiar en que saldrán adelante por ellos mismos. Al menos a medio plazo porque en muchos de estos proyectos aún falta tener en cuenta lo que yo considero hoy en día lo más importante a la hora de plantar un árbol: las proyecciones climáticas. O sea, saber cuales van a ser las tendencias climáticas a largo plazo, porque de nada sirve plantar hoy árboles que sabemos de antemano condenados por el cambio climático.



Robledal afectado por sequía en la Farga de Bebié (entre Osona y el Ripollès) en 2022. En las últimas décadas, muchos bosques que no se consideraban amenazados por episodios climático extremos se han visto fuertemente afectados en el mundo entero. La repetición de tales episodios puede provocar a la larga la muerte de muchos árboles, facilitando la propagación de megaincendios muy difíciles de contrarrestar. Hartman H. et al. (2022)

Lamentablemente predomina aún hoy la idea de que las especies mejor adaptadas a un lugar son las que crecen espontáneamente en aquél lugar y la mayoría de los grupos y asociaciones que llevan a cabo repoblaciones en nuestro país suelen organizar jornadas de recogida de semillas que luego utilizan en sus viveros y las repoblaciones que llevan a cabo. Subyace en esta manera de proceder la idea de que el objetivo final de los protectores de la naturaleza ha de ser una vuelta al estado originario de nuestros ecosistemas. Una manera de pensar lógica en un mundo que ha permanecido estable durante milenios pero que tiene poco sentido en la actual situación de cambio climático acelerado. Sin embargo, no se puede ignorar lo que ha pasado durante el último medio siglo y aún menos cerrar los ojos ante las previsiones de futuro de los climatólogos, basadas en evidencias y modelos científicos que han demostrado describir perfectamente la evolución de las temperaturas durante las últimas décadas. A pesar de las evidencias, la actitud de la mayoría de los grupos de "conservación" de la naturaleza (la palabra "conservación" lo dice todo) y de muchos biólogos sigue siendo muy conservadora en sus planteamientos, al no aceptar la idea de que en muchas regiones podríamos estar en el inicio de una renovación casi total de su fauna y flora.



A lo largo de los años he estado leyendo muchas veces en foros y artículos que lo del cambio climático no es para tanto y que nuestros ecosistemas y las especies que los constituyen tienen mucha resiliencia. Y sin embargo, no son pocos los indicios de que grandes cambios se están avecinando (seca de la encina y del alcornoque, aumento de la incidencia de grandes incendios forestales, muerte masiva de árboles en muchos bosques, etc). Nuestros paisajes en realidad ya están cambiado ante nuestros propios ojos pero aún no somos capaces de verlo porque lo que no ha cambiado es nuestra mirada.

Los ingenieros forestales, en cambio, acostumbrados a planear su actividad con décadas de antelación, han entendido casi de inmediato el mensaje de los climatólogos y ya experimentan hoy con variedades y especies mejor adaptadas a los climas venideros. Su trabajo adolece sin embargo de un grave defecto: les interesa ante todo favorecer la introducción de especies que hayan demostrado ser muy productivas en los tests que llevan a cabo siguiendo protocolos muy bien establecidos en pequeñas plantaciones experimentales. Una vez más, esta metodología tiene mucho sentido en una situación de estabilidad climática, pero queda un poco en entredicho en una situación de cambio climático acelerado. Los resultados obtenidos en este tipo de tests hace 50 años puede que ya no sean válidos hoy en día. Especies muy recomendables en aquél entonces igual ya no lo sean hoy y puede que especies que descartaron entonces hoy estén mejor adaptadas al clima actual y futuro. Me parece hoy en día muy difícil cuantificar las cosas en circunstancias tan cambiantes.



Evolución del número de géneros presentes en Europa occidental y central durante el Cenozoico. Wilkens V. et al. (2025)

Esta es la razón que me empuja a ser mucho más pragmático en mi planteamiento, que es de una sencillez pasmosa: plantemos todas las especies que nos parezcan mejor adapatadas al futuro clima y dejemos la naturaleza decidir qué especies son interesante y cuales no. El origen geográfico de las especies que vayamos a plantar tiene su importancia, claro está, pero no hemos de perder de vista, creo yo, que la fauna y flora actual son el resultado de un progresivo empobrecimiento a consecuencia de las glaciaciones del Cuaternario. Tener una pequeña idea de qué especies poblaban nuestro continente antes de las glaciaciones me parece un buen punto de partida para saber qué especies podrían ser interesantes de cara al futuro. Esto no significa "sustituir" de golpe las especies actuales por otras, sino ir incorporándolas poco a poco, prolongando paradójicamente la esperanza de vida de las especies actualmente presentes, que encontrarían condiciones más soprtables bajo la protección de especies más resistentes a las altas temperaturas.



La "Lozana Andaluza" pleistocénica imaginada por los autores del artículo en su medio natural, observando una culebra sobre las ramas de un árbol de la gutapercha (Eucommia ulmoides), en un refugio glacial en el que también estaban presentes otros géneros como Cathaya, Picea, Abies, Tsuga, Parrotia, Carya, Zelkova, Carpinus, Eucommia, Arbutus, Sorbus, Fagus, Acer, Juglans, Castanea y Ulmus. Carrión J. et al. (2024).

Mi sueño sería intentar recrear, de alguna manera, un bosque de finales del Terciario (Plioceno), incluyendo en él especies y géneros desaparecidos que crecen hoy en áreas con un clima similar al que se prevé para finales de siglo en buena parte de Europa. Eso no significa limitarse exclusivamente a esas especies. Ya utilizamos muchas especies exóticas en nuestros bosques y en nuestros jardines, que nunca estuvieron presentes en Europa (pienso aquí en las especies australes como los eucaliptos, braquiquitos y araucarias). Es lógico pensar, puesto que ya las tenemos aquí, que tales especies puedan también ser elementos de nuestros bosques en el futuro. El problema al que nos enfrentamos, básicamente, es que ya no existen en Europa especies adaptadas a los climas que podríamos tener en el futuro. Ante lo desconocido, no tenemos otra solución pues que la de ir tanteando, experimentando, sin miedo a equivocarnos. Al final la Naturaleza es la que pondrá cada especie en su sitio. Estoy convencido que tener una pequeña red de arboretos como el bosque que describo sería muy útil de cara al futuro al permitir observar el comportamiento de un número de especies mucho más amplio que las que testean los ingenieros forestales. El objetivo, al final, es incrementar la biodiversidad de nuestros bosques y convertirlos en más resilientes ante los futuros cambios climáticos que, no lo olvidemos, no se va a detener en 2100 aunque esa sea la fecha en la que solemos proyectarnos al hablar del futuro.



La sorprendente resiliencia de la Eucommia que planté en mi barrio hace unos años, aguantando los veranos de los últimos años sin un solo riego, explica seguramente porqué sobrevivió en nuestro país hasta fechas relativamente recientes, desapareciendo solo cuando los periodos glaciares se hicieron más largos y más intensos en la transición del Pleistoceno medio hace aproximadamente 1 millón de años.

A muchas personas, sin embargo, les parece una auténtica locura mi planteamiento y ponen el grito en el cielo cuando me ven plantando Eucommias y ahuehuetes en los descampados de mi barrio, acusándome sin pensar de estar introduciendo especies invasoras y de cometer auténticos crímenes ecológicos. Lo peor de todo es que no solamente lo piensan. Pasan al acto y no se han privado de arrancar algunos de mis más prometedores árboles, como aquella hermosa pterocaria del Cáucaso que se había adaptado tan bien al lugar en el que la planté, a orillas del pequeño arroyito que nace en el descampado. La misma suerte corrió un liquidambar oriental y otros muchos arbolitos que arrancaron sin miramiento. Me temo que ante una oposición tan feroz, nunca logre yo realizar ese sueño. Ya veré, si finalmente me marcho de Madrid, qué posibilidades me reserva el lugar al que me traslade. Igual allá me dejen experimentar en paz y finalmente empiece a crecer el pequeño bosque pliocénico con el que llevo ya algunos años soñando. La idea no tiene dueño, sea dicho de paso, y si alguno de vosotros se encuentra en condiciones de realizarla (dispones de un pequeño terreno que quieres repoblar en un lugar que ofrece condiciones de humedad variadas, con un pequeño río o arroyo que lo cruce o bordee), no lo dudes ni un minuto más...



Este era el aspecto tan vigoroso que lucía la pterocaria que planté semanas antes de que la arrancaran.


Carrión J. et al. (2024) / Greening a lost world: Paleoartistic investigations of the early Pleistocene vegetation landscape in the first Europeans' homeland. / Quaternary Science Advances, Volume 14, 2024, 100185, ISSN 2666-0334, https://doi.org/10.1016/j.qsa.2024.100185.
Hartmann H. et al. (2022) / Climate Change Risks to Global Forest Health: Emergence of Unexpected Events of Elevated Tree Mortality Worldwide. / Annual Review Plant Biology. 73:673-702. https://doi.org/10.1146/annurev-arplant-102820-012804
Wilkens V. et al. (2025) / Rediscovering lost Cenozoic tree diversity in Western and Central Europe / Preprint, EcoEvoRxiv

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