Crónicas de un mundo en mutación


El cambio climático ya es una realidad que promete modificar profundamente nuestros paisajes, nuestra flora y nuestra fauna.
El pasado es una ventana que nos permite intuir cómo será ese futuro que os propongo descubrir.

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La muerte de Peret hace unos días me ha hecho pensar mucho en lo complejo que es definir la identidad de una persona o de un país. Catalán universal, Peret se aleja bastante de lo que algunos entienden por "catalán". Fruto de ese mestizaje que ha convertido Barcelona en la urbe cosmopolita que es hoy en día, Peret es a la vez catalán, español y gitano, una mezcla de identidades de la que supo extraer lo mejor para crear un estilo propio.


Corren, sin embargo, malos tiempos para quienes, como yo, tienen que lidiar con múltiples identidades. Nacionalismos reductores pretenden imponer a los demás sus verdades simplificadoras y excluyentes, heredadas de las ideas del siglo XIX, que ha llevado este continente a tantas catástrofes. Esa idea de una nación con su idioma propio que persiguen con ahínco los nacionalistas catalanes y vascos es, a mi parecer, totalmente irreal y muy alejada de la realidad socio-lingüística de esas regiones.

La convivencia del español con los demás idiomas hablados en la Península Ibérica es un hecho ineluctable que ninguna política lingüística podrá reverter. El idioma español está implantado desde hace mucho tiempo en esas regiones y parece difícil pensar que ninguna política vaya a ser capaz de desterrarlo de la calle y, mucho menos, de los corazones. En una ciudad como Barcelona, el español goza de una fuerza y de una pujanza que explican en gran medida el éxito de la ciudad. No por nada es esa ciudad la sede de muchísimas escuelas de idiomas, que atraen cada año a miles de estudiantes extranjeros que vienen a esa ciudad a... ¡ estudiar español ! No por nada es esa ciudad la capital del mundo editorial español...

Lo mismo cabría decir del País Vasco, donde el español se habla desde tiempos inmemoriales. En realidad, podría afirmarse que nació allá. Algunos dirán que no es cierto, que el español nació en Castilla, pero cabría entonces preguntarse ¿ Qué es Castilla y quienes eran los "castellanos" ? Acordándonos de qué buena parte de Álava formaba parte de esa Castilla primigenia, creo que queda claro lo que pretendo decir... Los castellanos no cayeron del cielo y me llama mucho la atención que el considerado primer texto escrito en "castellano" (tenía entonces todo el sentido del mundo llamarlo así) lo escribiera una persona bilingüe. El caso es que los vascos hablaban español (castellano en aquél entonces) cuando en el resto de la península aún se hablaban romances que más tarde desaparecieron, barridos por los idiomas nacidos en el norte de la Península.

Resumiendo: los idiomas y las culturas siempre han convivido en la Península Ibérica, desde tiempos inmemoriales. Ya convivieron antes de la romanización idiomas ibéricos, célticos, luso, etc... Hoy en día, la situación no ha variado, conviviendo desde hace siglos múltiples idiomas de los cuales algunos han desaparecido casi por completo, absorbidos por sus vecinos, más pujantes. Las identidades soñadas por los nacionalistas nunca han existido. Los españoles nunca han sido tan sólo una cosa y durante siglos muchos españoles han asumido con naturalidad sus múltiples identidades sin que eso supusiera ningún problema. En realidad, España siempre ha sido un crisol de culturas en el que cabían todas esas identidades. Al obligarnos a escoger una de ellas en detrimento de las demás, los nacionalistas están demostrando su profunda ignorancia y falta de respeto hacia todos aquellos españoles que nos sentimos algo más que eso.

Me llamo Adrián, nací en Suiza y el idioma que mejor hablo es el francés. Hablo español con un extraño acento pero, a pesar de eso, me siento profundamente español. Tal vez porque, al contrario que una gran mayoría de españoles, tuve que luchar todos los días de mi vida para no olvidar el idioma de mis padres. Me siento español, pero también un poco gallego, por ser originaria la familia de mi abuelo materno de la provincia de Lugo y haber heredado de un segundo apellido típicamente gallego (Quiroga). Para más inri, el idioma que hablo en casa es el portugués, por estar casado con... una brasileña ! ¿ Quien soy yo ? Dividido entre múltiples identidades que asumo, ¿ porqué habría yo de renunciar a ninguna de ellas por seguir el credo de unos locos intolerantes ? Los nacionalismos (incluido el español) son un fraude y un peligro y me da mucho miedo que por culpa de ellos, algún día yo o mi familia tengamos que buscarnos otro lugar en el que vivir en paz sin que nadie nos mire de reojo...




Me venía llamando mucho la atención, desde hace unos años, la presencia en la región de Nules y de Moncofar (Castellón) de jóvenes palmeras exóticas creciendo en terrenos donde parecía, sin embargo, poco probable que nadie las hubiese plantado. Me quedé entonces con la duda de saber si esas palmeras realmente se habían asilvestrado. Este año, paseándome por la zona, he disipado todas las dudas que tenía al respecto. En efecto, he podido observar en campos totalmente abandonados jovencísimos ejemplares de palmeras que han crecido en áreas en las que no hay absolutamente ninguna señal de intervención humana reciente pero, sobre todo, he podido preguntar a agricultores de la zona si sabían qué origen tenían esas palmeras. Ellos me confirmaron que nadie las había plantado y que eran los pájaros quienes dispersaban sus semillas. Ante tales evidencias, quedaba claro lo que sospechaba desde hace tiempo: varias especies de palmeras se han asilvestrado en esta región.




Aspecto "salvaje" de una washigtonia, a la que no se le han ido quitado las hojas que se iban secando (Moncofar, Castellón). Porción de la inflorescencia de Washingtonia robusta (Moncofar, Castellón).



Aunque en años anteriores tan solo me fijé en la presencia de palmeras del género Washingtonia, que creo que deben corresponder a W. robusta, que es la especie cultivada en los paseos marítimos y calles de estos ayuntamientos, también he podido ver asilvestradas este año numerosas pequeñas palmeras canarias (Phoenix canariensis). Esta especie es, en realidad, la que se asilvestra con más facilidad, estando presente en absolutamente todos los terrenos abandonados.




Es interesante notar, acerca de las washingtonias, la dificultad que puede suponer diferenciar los jóvenes ejemplares de esa especie del palmito, también presente en la zona. Publiqué hace poco en la página de facebook de este proyecto la fotografía de una de estas jóvenes palmeras y muchos seguidores me sugirieron que debía tratarse del palmito. Sin embargo, los siguientes caracteres (comprobados en el Real Jardín Botánico de Madrid, donde ambas especies crecen una al lado de la otra) me conducen a pensar que se trata efectivamente de jóvenes washingtonias:


Washingtonia sp.Chamaerops humilis
Margen de los segmentosMárgenes con frecuencia deshilachadosBordes enteros, sin hilos
PecíoloPecíolo armado de gruesas espinas curvas


Pecíolo con espinas rectas antrorsas


HábitoTronco solitario, verticalNormalmente con varios troncos


A título de comparación, este es el aspecto típico del palmito, fotografiado en la misma región, al borde de la carretera que une Moncofar y Nules por la costa:





Coincidiendo con mis observaciones, se ha publicado recientemente un artículo (1) que hace referencia a la naturalización de las wahingtonias en la región valenciana. No puedo más que confirmar ese hecho añadiendo dos comentarios al respecto:

1.- La naturalización de las washingtonias (W. robusta en esta zona) es un hecho frecuente y extendido.

2.- Tal como ya lo hemos mencionado, la palmera canaria (Phoenix canariensis) es la especie más frecuentemente observada en los terrenos abandonados.

Pues nada, visto lo visto, tendremos que irnos acostumbrado a la presencia de estas palmeras en los paisajes de la llanura costera de Castellón, donde parece que encuentran (sobre todo a proximidad de la costa) unas condiciones idóneas para su desarrollo. Se trata de espécies exóticas, me diréis. Pero viendo lo que queda de la vegetación original del lugar (absolutamente nada), no veo con tan malos ojos que se desarrolle algún tipo de vegetación arbórea en los terrenos abandonados, por mucho que se trate de palmeras. Al menos eso contribuirá a que las aves del lugar (las culpables de que estas palmeras se asilvestren) encuentren en esta zona techo y comida. Por cierto, viendo el tamaño de los frutos de estas dos palmeras, me pregunto yo qué tipo de ave disemina estas semillas. Eso trataré de averiguarlo más adelante...




Jóven washigtonia creciendo en un solar que se quedó sin construir (Nules, Castellón, 2012) Frutos de la palmera canaria (Madrid). El consumo de los frutos por las aves es la causa de la dispersión de sus semillas.



Hablando de palmeras naturalizadas, cabe mencionar también otra palmera exótica cuya naturalización se viene constatando en el norte de la Península Ibérica, en ambientes muy diferentes que los que hemos evocado anteriormente: la palmera excelsa (Trachycarpus fortunei), originaria de China y que se encuentra muy a gusto en bosques de frondosas relativamente húmedos y no demasiado fríos tal como pueden encontrarse en Cataluña o toda la Cornisa Cantábrica. Que yo sepa, su naturalización hasta ahora tan solo se ha mencionado en Cataluña y en el País Vasco.



(1) (1) Emilio LAGUNA LUMBRERAS, Roberto ROSELLÓ GIMENO & Daniel GUILLOT ORTIZ (2014) / Nuevas citas de representantes del género Washingtonia H. Wendl. (Palmae) como alóctonas en la Comunidad Valenciana, y aspectos históricos sobre su presencia en cultivo en España y Europa / Bouteloua, Vol. 18, pp. 116-130



Hace unos días la responsable de medio ambiente de la Comunidad de Murcia anunciaba que se había establecido un protocolo de actuaciones para alcanzar un nuevo modelo de gestión del arruí. Esta bonita fórmula esconde, en realidad, un auténtico plano de erradicación del arruí, ya que lo que se pretende es reducir a 300 individuos su población en la Reserva Nacional de Caza de Sierra Espuña y eliminarlo por completo del resto de la provincia. El plazo establecido para lograr este objetivo es de 24 meses. Sabiendo que hay, tan solo en la reserva de caza, unos 2000 individuos, está claro que esa campaña promete ser particularmente sangrienta. El origen de esta medida está clara, ya que los agricultores de la región llevan algún tiempo reclamando su erradicación. Para explicar esta decisión, la Dirección General de Medio Ambiente de Murcia insiste particularmente en el hecho de que se trata de una especie exótica pero el mensaje, la verdad, suena un poco a justificación tardía. Se trata, me parece a mí, de una decisión puramente política que se está intentando maquillar con argumentos pseudo-ecológicos. Intentaré, en este artículo, explicar porqué esta medida me parece una auténtica barbaridad.



Lo primero que hay que dejar claro es que, efectivamente, se trata de una especie exótica. Ahora bien, ¿ qué significa "exótico" ? Todo depende de cómo se miran las cosas. Desde un punto de vista simplista y reduccionista es exótica cualquier especie importada de otro país. Pero si bien las fronteras están claramente establecidas y marcadas por inamovibles accidentes geográficos, no cabe decir lo mismo del clima, de la flora y de la fauna, en constante mutación. Una ojeadita al pasado puede ser útil y cabe aquí preguntarse si echando la vista atrás cambia nuestra percepción del asunto. Dicho de otro modo: ¿ estuvo presente el arruí en nuestro país en el pasado ? Sí y no, estaría tentado en decir, puesto que se han encontrado restos fósiles de una especie muy similar (Ammotragus europaeus) en el yacimiento de Venta Micena (Orce), en la provincia de Granada, datados de hace un millón y medio de años. Restos de esa especie se ha encontrado también en Francia y probablemente no difiere mucho del arruí, si es que no se trata de la misma especie. Por otro lado, hay que tener en cuenta que el arruí, en el norte de África, también vive en zonas de clima claramente mediterráneo. ¿ Exótico, pues ? Lo que está claro es que está perfectamente adaptado a vivir en nuestro país.

Desde que se introdujo el arruí en Sierra Espuña, su población no ha dejado de crecer y de ganar terreno en el SE de la Península Ibérica. Que lo haga, como acabamos de ver, no es ninguna sorpresa y difícilmente se entiende que de repente sean necesarias medidas tan drásticas. No se puede negar que la población de arruis haya aumentado. Que lo haya hecho tan rápidamente, en cualquier caso, se debe a varios factores: 1) hasta ahora era una especie muy “protegida” por la administración, ya que la venta de trofeos resultaba muy rentable para la comunidad de Murcia 2) el arruí no sufría de la competencia de ninguna otra especie de ungulado. 3) El arrui no tiene, en esta región, ningún enemigo (depredador) que mantenga a raya sus poblaciones. La solución escogida para atajar el “problema” (que oficialmente no lo era hasta hace poco tiempo) es la de siempre: la caza. ¿ Realmente es éste un modelo de gestión del medio ambiente digno del siglo XXI ? ¿ No parece más razonable buscar una solución a largo plazo que pase por restaurar los equilibrios naturales ? ¿ Tiene algún sentido que al mismo tiempo que se regulan las populaciones de ungulados a escopetazo limpio, se permitan cazar los lobos en otras regiones ?



Examinando los argumentos que se suelen esgrimir en contra del arruí, dos casi siempre suelen aparecer: transmite enfermedades y compite con las especies indígenas. Argumentos simplistas que recuerdan los que se esgrimen en todo el mundo contra los inmigrantes. La aparición de un arruí muerto a consecuencia de alguna enfermedad se convierte rápidamente en noticia. ¿ Significa eso que los demás ungulados no sufren de esas mismas enfermedades ? Claramente no. Pero resulta tan tentador señalar con el dedo al que molesta… En cuanto a la competición con las demás especies, está claro que siendo herbívoros compiten con los demás herbívoros. ¿ Supone eso un problema ? ¿ Va el arruí suponer un peligro para la cabra montesa, que prolifera en alguna sierras ? Lo primero que me pregunto al reflexionar acerca de este tema es si las exigencias ecológicas de esas especies son similares y la conclusión a la que llego leyendo las descripciones de las distintas especies es que son algo diferentes. El arruí es una especie adaptada a climas más áridos que la cabra montesa. Los ecologista murcianos querrían eliminar al arrui para favorecer el ”regreso” de la cabra montesa y del ciervo pero… ¿ realmente se dan las condiciones para su regreso ? ¿ No está mejor adaptado el arrui a las condiciones climáticas del SE de la Península ? Imaginemos ahora que las temperaturas sigan subiendo. ¿ Cuál es el ungulado mejor adaptado a las condiciones climáticas futuras ? Puede que erradicando al arruí estemos tomando una decisión contraproducente a más largo plazo...



Fotografía: Property#1 / Licencia: Algunos derechos reservados

Dibujo: Universitat de València

Imaginad un instante que estáis caminando por una extensa sabana arbórea. De repente un gigantesco perezoso se alza ante vosotros, alcanzando sin demasiado esfuerzo las ramas superiores de una apetitosa acacia, cuyas hojas engulle con ganas. El animal, erguido sobre sus patas posteriores y apoyado sobre su cola mide unos 6 metros de altura y pesa unas 4 toneladas de peso. Pasado el susto, proseguís vuestro paseo y, al rato, sorprendéis a otro animal que al veros agita nerviosamente su cola, provista de unos amenazantes pinchos . Su cuerpo, rechoncho y cubierto por un duro y espezo caparazón en el que repliega sus miembros y su cabeza cuando se ve amenazado, es un auténtico tanque. Al verlo, uno no puede sino preguntarse de qué temible depredador se proteje tras esa armadura...



El megaterio y el gliptodonte son probabablemente los dos animales más conocidos de la fauna del Pleistoceno de Sudamérica. Pero tan solo son dos especies entre las muchas que poblaron ese continente hasta comienzos del Holoceno. O sea, hasta hace tan solo unos 8000 años atrás, cuando ya se habían desarrollado las primeras culturas neolíticas en Mesopotamia y en China. La lista de mamíferos desaparecidos alrededor de aquella fecha en ese continente es extensa y muchos atribuyeron esa extinción al cambio climático que tuvo lugar en ese momento, argumentando que habían desaparecido antes de la llegada del hombre. Sin embargo,  el descubrimiento en el Cono Sur de restos humanos datados de unos 12000 años pronto hizo sospechar que la desaparición pudo tener otra causa...

A pesar de que las evidencias que relacionan la actividad humana con la desaparción de esa fauna son escasas, no cabe duda que la convivencia durante al menos cuatro milenios de esa fauna con poblaciones de cazadores-recolectores debió tener un impacto sobre su demografía. Llama particularmente la atención un hecho que se reproduce exactamente igual en otras regiones del mundo en las que las megafaunas se vieron enfrentadas a la irrupción del hombre: desaparecieron prioritariamente las especies más grandes. El caso de Australia es particularmente llamativo, ya que en ese continente la desaparición de la megafauna no está relacionada con ningún cambio climático.

Los más escépticos obyectan que las poblaciones de cazadores-recolectores eran demasiado escasas para poder influir en las poblaciones de aquellos animales pero es olvidar dos elementos importantes:

1) Las especies de gran tamaño tienen una tasa de reposición muy baja, ligada al largo periodo de gestación que suelen presentar (el periodo de gestación del elefante es de 22 meses).

2) Estas especies coexisiteron durante mucho tiempo con el hombre siendo progresiva su desaparición. Si a eso añadimos los efectos del cambio climático, probablemente tengamos una explicación convincente para explicar esa desaparición. La transición del Pleistoceno al Holoceno no es el único cambio climático que sufrió esa región durante el Cuaternario pero ninguno de esos cambio llevó a la desaparición de la megafauna. Es pues más que probable que la predación ejercida por el hombre haya sido, de algún modo, el catalizador de esas extinciones.



El toxodonte, un notoungulado del tamaño de un hipopótamo, fue otra de las especies en desaparecer hace cerca de 8000 años.

¿ Y qué pintan los catus en esta historia ? Creo que tras evocar ese pasado no muy lejano en el que tantos herbívoros de insaciable apetito consumían la vegetación de esas regiones, queda particularmente claro porqué los catus (y otras plantas) desarrollaron un sistema de defensa particularmente disuasivo que hoy en día puede parecer difícil de entender en muchas regiones en las que tan solo sobrevivieron herbívoros de dimensiones mucho más reducidas. Por otra parte, uno se pregunta, viendo los frutos de algunos cactus y de otras muchas especies de plantas (como el aguacate, por ejemplo), qué animales los consumen y dispersan sus semillas. Echando la vista atrás, todo cobra mucho más sentido.

Está claro que los grandes herbívoros del Pleistoceno tuvieron un considerable impacto sobre el desarrollo de la vegetación del continente americano. Llama poderosamente la atención que en Sudamérica no exista una fauna de grandes herbívoros en las extensas praderas existentes, tal como es el caso en África, por ejemplo. Estos ecosistemas, de algún modo, se han quedado huérfanos y siendo endémicas muchas de las especies desaparecidas, cabe preguntarse - en caso de querer llevarse a cabo algún proyecto de rewilding - qué especies actuales podrían desempeñar en esos ecosistemas el papel que desempeñaron estos animales de tan reciente desaparición.




Imagen 1: Diario Clarín


Tal como lo comentaba en un artículo dedicado al cedro del Atlas, la última glaciación fue letal para muchas especies de plantas y de animales que poblaban el continente europeo. Al efecto de esa última y durísima glaciación se unió, durante los últimos milenios, el impacto del hombre, que aniquiló a muchas especies que vieron truncadas su expansión post-glacial, impidiendo que se repita el mismo esquema que prevaleció en los últimos períodos interglaciares, durante los que una fauna diversa llegó a colonizar el continente europeo. De no haber sido por el hombre, tal vez hubiese hoy en Europa leones y leopardos (estaban presentes en Grecia en la Antigüedad), que se dedicarían probablemente a cazar uros, bisontes y caballos…

Al evocar las faunas prehistóricas de nuestro continente, a todos nos vienen en mente las pinturas rupestres de mamuts y de rinocerontes, de bisontes y de caballos, de toda una megafauna espectacular que nuestros antepasados cazaban y que muchos quisiéramos volver a ver desempeñar un papel de primer plano en los ecosistemas de nuestro continente, tan uniformes y tan pobres comparados con los de otras regiones templadas. Al hacerlo generalmente nos olvidamos de una especie que, sin embargo, aún vive muy cerca de nosotros y que es a veces noticia por el tráfico al que es sometida. Una especie típicamente mediterránea que fue introducida en el Peñón de Gibraltar hace siglos y que se ha convertido en todo un símbolo de aquél pedacito de tierra ibérico tan genuinamente británico. En efecto, me refiero al famoso macaco de Gibraltar (Macaca sylvanus), una especie que hoy en día tan solo vive naturalmente en las zonas boscosas del Magreb.

Le pasa a ese macaco algo muy parecido que al cedro del Atlas, en cuyos bosques viven sus mejores poblaciones: su área de repartición actual es residual, habiendo tenido antes de la última glaciación un área de repartición mucho más extensa. Tal como lo demuestra el mapa que copio a continuación, esa especie ocupaba en el Pleistoceno un área de repartición típicamente mediterránea, extendiéndose hacia el norte hasta Alemania e Inglaterra.



El macaco de Gibraltar es una especie fundamentalmente vegetariana, alimentándose en el norte de África de una multitud de especies de plantas diferentes. Se alimentan sobre todo de hojas, de semillas y de frutos, pero su dieta también incluye raíces, bulbos, yemas, caracoles, insectos, etc. Si bien las poblaciones más importantes de macacos están actualmente asentadas en los bosques de cedros del Atlas, también viven en bosques de Quercus decíduos y perennifolios y en zonas rocosas herborizadas. Todos los ecosistemas en los que viven están sometidos a un clima de tipo mediterráneo. La actual "preferencia" del macaco por los bosques de cedro parece más bien circunstancial, fruto de una menor disponibilidad de hábitats en otros tipos de bosques.

Sabiendo que esta especie sufre graves peligros en el Norte de África, no parecería descabellado imaginar el asentamiento de pequeñas poblaciones en la Península Ibérica, cuyos ecosistemas presentan grandes similitudes con los de las zonas en las que están asentadas las poblaciones de macacos del norte de África. Existen varios parques en Europa en los que esos macacos viven prácticamente en estado silvestre y esas experiencias demuestran claramente que esa especie podría ser una de las más firmes candidatas a ser "reintroducida" en nuestros ecosistemas.




La Forêt des Singes – Rocamadour (Francia) - http://www.la-foret-des-singes.com/
La Montagne des Singes – Kintzheim (Francia) - http://www.montagnedessinges.com/
Affenberg Salem – Salem (Alemania) – http://www.affenberg-salem.de/en/
Hace unos años, buscando información acerca de las secuoyas cultivadas en España, encontré en internet una nota breve publicada en 2002 en los Anales del Jardín Botánico de Madrid en la que sus autores señalaban la presencia de diferentes coníferas exóticas subespontáneas en el pinar de pino albar (Pinus sylvestris), en la vertiente Norte del puerto de Guadarrama. Me llamó sobre todo la atención que una de esas especies sea una especie tan emblemática como la secuoya (Sequoiadendron giganteum), cultivada desde hace muchísimos años en nuestro país, y aparentemente sin que nadie se hubiese hecho eco de esa noticia.



Siempre me ha llamado muchísimo la atención el predominio absoluto del pino albar en la sierra de Guadarrama, que muchas personas explican, simplemente, por la acción del hombre. Los estudios palinológicos, sin embargo, demuestran que el pino albar fue la especie que colonizó esta sierra (y muchísimas otras en la península) cuando las condiciones climáticas mejoraron tras el último episodio glaciar. O sea, para decirlo de una manera más entendible: los pinos siempre han estado aquí y su presencia es absolutamente natural. La verdadera pregunta que cabría hacerse constatando la naturalización de estas especies es más bien la siguiente: ¿ porqué no crecen más especies de árboles en la sierra de Guadarrama ? La facilidad con la que se aclimatan y naturalizan muchas especies, en todo caso, deja pensar que el predominio del pino no es exclusivamente consecuencia de las condiciones ecológicas.




        

Cono femenino de un abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii), fotografiado en la región del Puerto de Canencia (Madrid). Joven y vigoroso ejemplar de secuoya (Sequoiadendron giganteum) en el Puerto de Cotos (Madrid), donde parece evidente que encuentra unas óptimas condiciones para su desarrollo.



Hace un par de años tuve la oportunidad de pasearme por la zona del puerto de Canencia, donde además de ver unos cuantos tejos y abedules también pude ver unos sorprendentes abetos de Lawson (Pseudotsuga menziezii). Su presencia es el fruto de pequeños experimentos que se llevaron a cabo en su día, cuya idoneidad no voy a discutir aquí. El caso es que estos abetos prosperaron, a pesar de que las condiciones no sean las ideales para ellos, demostrando que sí es posible que otras especies crezcan en muchos lugares del Sistema Central. Este abeto, obviamente, es una especie exótica (norteamericana) que nunca hubiese llegado a esta sierra por sí sola, pero la misma pregunta se podría hacer uno acerca de algunas especies "indígenas". Una de las más emblemáticas es el haya (Fagus sylvatica), que tuvo en el Holoceno una repartición mayor por todo el Sistema Central y que tan solo sobrevive hoy en un extremo del Sistema Central. La buena salud de las hayas plantadas en el siglo XIX por la Escuela de Montes en las faldas del Monte Abantos (El Escorial) demuestra claramente que esa especie podría ocupar muchas más localidades de no haber sido por la intensa deforestación que sufrió esta cadena montañosa. La respuesta a la pregunta que me hacía es, pues, bastante evidente: no crecen otras especies de árboles (además del pino) porque fueron eliminadas (caso del haya, del carpe y... del cedro) o porque simplemente nunca llegaron hasta aquí !

Volviendo a las secuoyas, es evidente que su presencia también es el fruto de un experimento llevado a cabo por algún ingeniero de montes que debía, sin embargo, tener un muy buen instinto de naturalista, ya que todas las especies que plantó en aquél lugar llegaron a naturalizarse. Según la nota, algunas secuoyas alcanzaban ya el tamaño de los pinos cuando ésta se escribió. A muchos naturalistas la presencia de especies exóticas, sean cuales sean, les parece una abominación. A mí, personalmente, no me horroriza tanto la noticia de la naturalización de la secuoya en la sierra de Guadarrama. Es más, me parece una excelente noticia para una especie amenazada y estrictamente protegida en su área de repartición natural. Un área relictual, ya que en un pasado no muy lejano (en la escala geológica) las secuoyas estuvieron presentes en muchos puntos del Hemisferio Norte, incluida la Península Ibérica. En cualquier caso, lo que me parece más destacable de esta noticia y que ni los propios autores señalan es que la sierra de Guadarrama es el único lugar del mundo en el que podría haberse naturalizado esta especie.

Tan solo me faltaba, pues, acercarme al lugar para ver si las secuoyas a las que se refiere la nota seguían existiendo pero, sin demasiadas indicaciones del lugar en que se encontraban (la nota no es muy precisa al respecto), he de admitir que siempre me dio bastante pereza emprender lo que para mí es toda una expedición (no conduzco y cualquier excursión por la sierra supone horas de tren y de caminata). Todo cambió, sin embargo, la pasada primavera cuando descubrí que se podía recorrer la N-VI en el StreetView de Google, donde me llamó inmediatamente la atención el siguiente arbolito:





Aunque tan solo se trata de un árbol aislado, estaba claro que no debía andar muy lejos del lugar que se describe en la nota. Me puse entonces a buscar por esta zona y, no muy lejos de allí, me llamó la atención el perfil cónico de unos árboles que despuntaban entre los pinos. Aquí podéis verlos, en una fotografía tomada desde la misma carretera:





El lugar se encuentra cerca del mal llamado “Alto del León” (en realidad su verdadero nombre es “Puerto de Guadarrama”), en la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama, en una pequeña hondonada del terreno donde encuentran las secuoyas frescor y humedad. Aquí tenéis un pequeño mapa mostrando su ubicación:

 



Quien visite el lugar pensando que se va a encontrar con 4 arbolitos se llevará una gran sorpresa. Hay secuoyas para aburrir. No me dediqué a contarlas (perdí la cuenta al poco tiempo) pero son no menos de 60 las que se pueden ver en este lugar. Ignoro si se habrán plantado más secuoyas en otros lugares de la vertiente norte de esta sierra. Lo que está claro, sin embargo, a la vista de lo que se puede observar aquí, es que las secuoyas encuentran en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama unas óptimas condiciones para su desarrollo. Aún no son muy grandes (son apenas más grandes que los pinos que las rodean) pero algunas ya son bastante impresionantes. Medí con mis brazos la circunferencia del tronco de una de ellas y fácilmente debía tener 3 metros de circunferencia a 1,5 m del suelo.

Llama mucho la atención, en todo caso, la perfecta integración de las secuoyas en el lugar. Tienen un tamaño similar al de los pinos (por ahora) y su tronco presenta unos tonos rojizos muy acordes con los de los pinos. Realmente, quien no se fije en su follaje puede hasta que no las vea. El lugar, desde luego, no presenta el carácter “artificial” y “estéril” que muchos podrían esperar en una "plantación" de árboles exóticos. Las actuaciones de nuestras autoridades a la hora de reforestar no han sido siempre muy afortunadas pero en este caso he de admitir que se hizo con bastante sensatez y escogiendo muy bien el lugar. De hecho, me llamó muchísimo la atención este cartel, plantado al pie de una secoya:

 



Las secuoyas de Las Hondillas ( así se llama el lugar) parecen haber sido plantadas al mismo tiempo que los pinos y las más grandes de ellas tienen un tamaño bastante uniforme, que estimo entre 15 y 20 metros de altura. Son las que se pueden observar desde la carretera nacional, sobresaliendo entre la copa de los pinos. Se pueden observar, en otras zonas, unas secuoyas algo menores pero su tamaño y edad parece corresponderse con la de los pinos. Mucho más interesante, sin embargo, resulta la presencia de pequeños árboles (entre 2 y 6 metros de altura) en el sotobosque del pinar. Estos individuos mucho más jóvenes parecen en efecto fruto de una regeneración natural de las secuoyas. No parece probable que hayan sido plantadas tantas décadas después de haberse procedido a la reforestación del lugar. No se aprecia, en todo caso, ninguna señal de que el suelo del pinar haya sido removido para plantar esas jóvenes secuoyas. No he observado ejemplares aún más jóvenes, cosa que hubiese confirmado definitivamente la regeneración natural de las secuoyas, pero tampoco he observado, en el mismo lugar, ningún joven ejemplar de pino albar. Puede que actualmente no se den las condiciones para su regeneración (ambas especies son especies “colonizadoras”). Pero creo que influye sobre todo mucho el hecho de que toda esta zona sea una zona de ganadería extensiva, vagando libremente las vacas en el pinar. De todos modos, tendré que volver a este lugar en primavera para ver si observo la germinación de alguna semilla. Eso cerraría definitivamente el debate del carácter espontáneo de las secuoyas en la sierra de Guadarrama. De momento, sin embargo, parece muy probable vista la presencia de árboles mucho más jóvenes en el sotobosque del pinar.

 

    




Mario Sanz Elorza, Eduardo Sobrino Vesperinas, José Ferrando Pla (2002) / Sobre el carácter subespontáneo de algunas coníferas exóticas en la vertiente norte de la sierra de Guadarrama (Segovia) / Anales del Jardín Botánico de Madrid, Vol. 59(2), pp. 336-338





En este pequeño artículo, me voy a parar a pensar en algo que muchas veces no valoramos cuando contemplamos nuestros paisajes. Al pasearse por algún bosque frondoso uno tiende a pensar que así debía de ser nuestra naturaleza antes de que el hombre influyera en ella. Así nació la leyenda de la ardilla que, dícese, en la Antiguedad podía cruzar la Península Ibérica de punta a punta sin pisar el suelo. Quien hizo esa afirmación probablemente no tuvo en cuenta algo muy importante: la existencia en un pasado no tan lejano de toda una megafauna que debió tener sobre los ecosistemas un impacto mucho mayor de lo que pudiéramos pensar. Basta comparar una postal de cualquier paisaje europeo con la de cualquier paisaje africano para darse cuenta de que aquí en Europa algo no cuadra... No solemos valorarlo por una razón muy sencilla: en muchos lugares dicha megafauna hace tiempo que ya no existe y ni tan siquiera somos conscientes de su ausencia.

El cortejo de las nitrófilas

Siempre me ha sorprendido muchísimo la importante cantidad de plantas nitrófilas y arvenses que componen nuestra flora. Plantas autóctonas muy ligadas a la actividad humana y que resulta difícil imaginar en un mundo en el que no existiera la agricultura y la ganadería. Es evidente, sin embargo, que todas ellas existían antes de que la revolución neolítica alterara durablemente nuestros paísajes. Si damos por cierta la leyenda de la ardilla, resulta entonces realmente muy difícil entender el origen de esas plantas. ¿ Son todas ellas plantas exóticas llegadas con los primeros agricultores y ganaderos ? La respuesta es evidente: en realidad esas plantas siempre estuvieron presentes y estaban ligadas a la presencia de la megafauna. Basta pensar cómo un elefante es capaz de abrir, en muy poco tiempo, auténticos claros en la sabana para entender cómo la megafauna pudo propiciar la extensiòn de esas especies.





La bolsa de pastor es un buen ejemplo de planta cuya distribución actual está muy influenciada por las actividades humanas. Fotografía: Adrián Rodríguez / Licencia:  Dominio Público



La limpieza del bosque

Con las abundantes lluvias de esta primavera y el prolífico desarrollo de las plantas que eso conlleva, puede que un año más nos enfrentemos al gran peligro que acecha nuestros bosques cada verano: los incendios. Y volverán las preguntas y las afirmaciones de siempre... En tiempos de crisis, se alzarán de nuevo voces pidiendo la creación de brigadas de limpieza del bosque y señalando el "abandono" del campo como la principal causa de los incendios. Esa afirmación no carece de fundamento aunque, la verdad sea dicha, es el fuego un actor fundamental en el desarrollo y la modelación de los ecosistemas mediterráneos. Basta pensar, para convencerse de ello, en las adpataciones al fuego que muchísimas plantas han desarrollado. Desde el alcornoque, capaz de resistir al fuego gracias a la espesa capa de corcho que recubre su tronco, a los pinos, cuya germinación se ve favorecida por el fuego, sobran los ejemplos de plantas que se ven beneficiadas por los incendios. De hecho, la biodiversidad aumenta notablemente en las zonas incendiadas, únicas en las que los mismos pinos quemados vuelven a germinar. Pero volviendo a nuestro punto de inicio, es cierto que bosques aclarados, como las dehesas, no son tan propensos a incendiarse. Alguien propuso, en algún momento, la suelta de burros en los bosques para que ramoneen los arbustos. Esa idea, en realidad, no difiere mucho de la que han propuesto algunos científicos, que abogan por la reintroducción de las faunas diezmadas durante el Cuaternario en zonas en las que han desaparecido.

Rewilding

A la reintroducción en los ecosistemas huérfanos del Hemisferio Norte de las especies desaparecidas o de sus equivalentes actuales más cercanos se la ha denominado rewilding. De momento, tales proyectos son aún embrionarios y pretenden, sobre todo,  evaluar el impacto que pudiera tener la reintroducción de dichas especies. En la Península Ibérica, proyectos que van en esa dirección ya se han llevado a cabo en algunos lugares. El más emblemático y mediatizado de ellos ha sido, probablemente, la creación de la reserva de bisontes de San Cebriá de Mudá, en la provincia de Palencia, que podría ser un primer paso hacia su reintroducción en el Sistema Cantábrico. El impacto de esas reintroducciones sería, con toda seguridad, muy positiva para el ecosistema, siempre y cuando, claro está, se respeten los equilibrios naturales. De nada serviría repoblar todo el norte de la Península con bisontes si no permitimos, al mismo tiempo, que sus potenciales depredadores controlen el desarrollo de sus poblaciones.





Bisonte europeo fotografiado en la reserva de bisontes de San Cebrián de Mudá (Palencia). Fotografía: Javier Alvarez Cobb / Licencia: Creative Commons



Los auténticos "gestionarios" de la fauna

Existe en este país y en muchos otros una tradición arraigada desde tiempos remotos que, sin embargo, ha perdido en gran medida toda justificación: la caza. En las sociedades paleolíticas, la caza era una actividad fundamental, dependiendo en gran medida la supervivencia del grupo de ese aporte de carne sin el que nuestra especie sin duda nunca se hubiese convertido en lo que es. Puede parecer que el impacto de esos cazadores-recolectores sobre los ecosistemas fue escasa o nula pero lo cierto es que parece cada día más evidente que esos eficientes cazadores tuvieron mucho que ver en la desaparición de muchas especies de animales cuya reciente extinción difícilmente se explica por otras causas. Hoy en día, la caza es fundamentalmente una actividad lúdica practicada por urbanitas que se intenta, sin embargo, disfrazar como una necesidad. Los defensores de la caza pretenden, en efecto, que su actividad permite ejercer un control sobre el desarrollo de los herbívoros, que arrasarían con nuestros más valiosos ecosistemas si no los controláramos. O sea, que según ellos son una necesidad. Es olvidar, sin embargo, que ese control de la fauna lo ejercen naturalmente los depredadores que, colmo de la hipocresía, fueron y siguen siendo aniquilados por esos mismos cazadores. Es más que evidente que el actual sistema de gestión de la fauna está basado en una gran mentira: la de la necesidad de la caza. Si dejáramos que los depredadores desempeñen su papel de reguladores de las poblaciones de herbívoros, la caza sería prácticamente innecesaria.





El leopardo tiene una amplísima área de distribución que incluía antiguamente al continente europeo. Su reintroducción en la Península Ibérica no sería, pues, una idea totalmente descabellada. Fotografía: Tambako The Jaguar / Licencia: Creative Commons



Los precedentes del arruí y del muflón

La viabilidad de tales proyectos viene avalada por el éxito de algunos proyectos antiguos, que se llevaron a cabo con una finalidad bien diferente (caza). En el siglo XX se introdujeron en nuestro país dos especies "exóticas" como el muflón y el arruí que no solo se adaptaron perfectamente, sino que prosperaron y llegaron a ampliar su área de distribución. Que yo sepa, su presencia no ha resultado dañina para el medio ambiente y no ha perjudicado a las demás especies de ungulados. Y quien sabe, tal vez hayan contribuido a que las regiones en las que viven no sean pasto de las llamas con tanta frecuencia. Pero que yo sepa, eso no ha sido estudiado hasta ahora (además de ser algo difícil de poner en evidencia). Ambas especies (o especies muy próximas) formaron parte de nuestra fauna durante el Quaternario. Su introducción no carece, por lo tanto, de cierta lógica.





Amenazado de desaparición en las regiones del Norte de África de las que es originario, el arruí ha encontrado en el SE de España un segundo hogar. Su expansión en la Península debería lógicamente verse favorecida por el calentamiento global, siendo el arruí el ungulado mejor adaptado a las condiciones de aridez que prevalecerán en el futuro. Fotografía: Gregory Moine / Licencia: Creative Commons



No sé si tales proyectos de rewilding se llevarán a cabo hasta sus últimas consecuencias. Dudo mucho, en efecto, que sea posible reintroducir en la Península Ibérica especies como la hiena, el león, el leopardo o... el elefante ! Pero no cuesta nada soñar. Si el tema os interesa, os invito a visitar este interesantísimo blog:

EL TIEMPO QUE OLVIDAMOS


Esta mañana, llevando mi hijo a casa de sus abuelos, de repente me di de bruces con el rojo esplendoroso de un árbol que se está plantando con cierta frecuencia en Madrid estos últimos años. La mayoría de ellos son, por ahora, arbolitos recién transplantados de sus viveros, que no llaman demasiado la atención. Llegado el otoño, sin embargo, sus hojas se tiñen de un rojo intenso (a veces muy oscuro, casi negro) que delata su presencia.

Examinando este árbol con más detenimiento, nos daremos cuenta que tiene hojas palmatilobadas, muy parecidas a las de los arces, con un borde más o menos regularmente aserrado. Las inflorescencias femeninas y las infrutescencias son también muy características, agrupándose las flores en cabezuelas esféricas que cuelgan de largos pedúnculos. Comparte esta característica y el hecho de tener inflorescencias separadas por sexos con otra especie muy común en nuestros parques y avenidas: el platano. Las similitudes, sin embargo, no van más lejos. Los frutos de ambas especies son muy diferentes. En el caso del liquidambar, la infrutescencia está constituida por cápsulas soldadas entre ellas que se abren liberando varias semillas aladas. La infrutescencia del platano, en cambio, se disgrega por completo liberando aquenios.



      
Inflorescencia femenina y semilla deLiquidambar styraciflua(Altingiaceae). Inflorescencia femenina y aquenios dePlatanus xhispanica(Platanaceae).



El liquidámbar (Liquidambar styraciflua) tiene otro interesante punto en común con el platano (Platanus x hispanica). Ambas especies, en efecto, pertenecen a familias muy antiguas constituidas por un único género y muy pocas especies. Se trata de géneros relictuales, auténticos fósiles vivientes. Tuvieron antiguamente un área de repartición mucho más extensa, habiéndose encontrado fósiles de ambos géneros en todo el Hemisferio Norte. Fueron, sin embargo, barridos del continente europeo por las glaciaciones cuaternarias. La mayoría de las especies vive actualmente en el SE de Asia y Norteamérica. Ambos géneros tan solo están representados en Europa por una única especie, respectivamente, que tan solo sobrevivieron en el extremo SE del continente (Platanus orientalis) y en Asia Menor y la isla de Rodas (Liquidambar orientalis) . Esa disyunción del área de repartición entre Norteamérica y Asia y la total ausencia (o casi total ausencia) del continente europeo se observa en muchísimas familias y géneros. Durante el Terciario, muchos géneros estuvieron presentes en todo el Hemisferio Norte pero desaparecieron por completo del continente europeo durante el Cuaternario. Muchas especies propias de las zonas templadas del Hemisferio Norte se cultivan con frecuencia en nuestros parques y jardines. Lo que generalmente ignoramos es que especies afines algún día formaron parte de la flora de nuestro continente. Darse un paseo por los parques de la capital resulta ser, en realidad, un viaje al pasado, a una era en la que la flora de nuestro continente era mucho más rica que la actual...



Mapa de distribución de la familia de lasAltingiaceae, a la que pertenece el árbol del ámbar. Está constituida por 13 especies, 1 en Norteamérica (L. styraciflua), 1 en América Central (L. macrocarpa, a veces incluida en la anterior), 1 en Asia Menor (L. orientalis) y todas las demás en el E y SE de Asia. Mapa: Angiosperm Phylogeny Group
Mapa de distribución de la familia de lasPlatanaceae, a la que pertenece el platano. Está constituida por unas 8-11 especies, 1 en el SE Asia (P. kerrii), 1 en el SE de Europa y Asia Menor (P. orientalis), y todas las demás en Norteamérica y América Central. El platano de sombra (P. x hispanica) es un híbrido muy próximo a P. orientalis. Mapa: Angiosperm Phylogeny Group




El nombre liquidámbar hace referencia a la resina o goma que exuda el árbol. Esa resina ha tenido y sigue teniendo muchos usos. Se ha utilizado como chicle, aromatizante del tabaco, perfume en distintos productos cosméticos, incienso y un largo etcétera de usos. El nombre náhuatl del árbol,Xochicotzoquahuitl, alude a esa misma carcterística (significa "árbol que produce trementina aromática"). Se trata de una especie con un área de repartición bastante extensa, estando presente en todas las zonas templadas del E de Norteamérica y en las zonas montañosas de México y de América Central (hasta Nicaragua). En la Península Ibérica, la especie se cultiva con cierta frecuencia y, que yo sepa, no se ha observado naturalizada en ningún lugar. Los requerimientos hídricos de esta especie, que crece en climas húmedos o subhúmedos, con precipitaciones por encima de los 1000 mm anuales, limitarían, en cualquier caso, esa posibilidad a la vertiente atlántica de la Península y a algunas sierras del interior.

Tras imaginar lo que pudo ser la vegetación de este continente en el pasado, acabaré este breve artículo soñando con lo que podría ser Madrid en el futuro. Estos arbolitos que el frío otoñal ruboriza pueden llegar a ser unos árboles imponentes si se les deja crecer. Cultivados, no suelen sobrepasar los 15 m, que ya es una altura muy respetable en una ciudad. El ejemplar más alto que se conoce, sin embargo, alcanza 41,4 m de altura y tiene un tronco con un diámetro de 2,25 m (Craven County, North Carolina). Imaginaos esos imponentes árboles inundando de color nuestras avenidas... Y sabiendo que en muchos lugares (como la calle Príncipe de Vergara), se han plantados ginkgos, el Madrid de mañana promete convertirse en un auténtico espectáculo. Claro que estos árboles crecen a un ritmo que descarta que yo pueda llegar un día a deleitarme de tal espectáculo. Sin contar que quienes los plantaron en las medianas de esas avenidas no parecen tener mucha idea de lo imponentes que pueden llegar a ser estos árboles. Puede, pues, que los corten mucho antes de alcanzar la edad adulta. Soñar, sin embargo, no cuesta nada. En estos tiempos de crisis, es lo menos que podemos hacer.



Vivo en un barrio de Madrid –Moratalaz– en cuyo límite septentrional se extiende un descampado que, hasta hace muy pocos años, estaba totalmente dejado de la mano de Dios. Un lugar poblado por hierbas salvajes que la maleza iba poco a poco invadiendo. Un pedacito de naturaleza en el que me gustaba mucho pasear y dejarme sorprender por todo lo que veía. Desgraciadamente, el ayuntamiento decidió “adecentar” el lugar y transformarlo en parque, convirtiéndolo en un auténtico desierto. Los jardineros se pasan ahora toda la primavera cortando la hierba a ras del suelo con esas maquinitas infernales que te ponen de los nervios y el resultado es realmente desalentador. Los densos herbazales rebosantes de vida han desaparecido y el suelo arenoso del lugar ahora aflora por doquier, peligrosamente expuesto a la erosión. No sé quien decidió cargarse este pequeño paraíso. Le felicito desde aquí por su clarividencia...

Afortunadamente, aún quedan algunos tramos de este descampado en el que es posible observar la dinámica natural de la vegetación y lo que más llama la atención es la progresiva colonización del mismo por dos árboles muy frecuentes en la región madrileña: el ailanto (Ailanthus altissima) y el olmo de Siberia (Ulmus pumila). Progresivamente se está formando en este lugar un pequeño bosque que, evidentemente, nada tiene que ver con la vegetación “natural” del lugar (el ailanto y el olmo de Siberia son dos árboles exóticos, originarios de Asia). Tomo prestado de la siguiente página web el término “neobosque”, que me parece realmente muy bueno para describirlo, y os invito a visitarla para haceros una pequeña idea de las plantas que se pueden ver en ese descampado:

http://javiergrijalbo.blogspot.com.es/2012/05/descampado-cuna-de-odonnell-moratalaz.html

La presencia de estos árboles exóticos en los descampados de la capital (me supongo que en otras ciudades ocurrirá algo parecido) me incita a reflexionar sobre un tema bastante delicado, que quisiera tratar desde una perspectiva menos fixista de lo que se suele hacer habitualmente: el de las “invasiones” biológicas. El propio término refleja ya cual es la postura de una gran mayoría de los naturalistas al respecto. Se suelen ver esas especies como un peligro y en las descripciones de las plantas invasoras que se han publicado estos últimos años se insiste mucho en las características que pueden conferir a estas especies una ventaja competitiva sobre la flora autóctona. ¿ Explican por sí solas esas ventajas el éxito que conocen algunas de ellas ? Estoy convencido que no es siempre el caso y el ejemplo de estos “neobosques” de ailantos y de olmos me parece un buen punto de partida para iniciar una pequeña reflexión.



    
Inflorescencia masculina del ailanto (Ailanthus altissima), especie entomófila. Inflorescencia del olmo (Ulmus pumila), especie anemófila.



Muchos de los descampados que rodean la capital deben su condición al hecho de haber sido antiguamente vertederos en los que se arrojaron las ruinas de la guerra civil y los restos de los edificios demolidos durante la más reciente modernización de la ciudad. Terrenos yermos que han sido engullidos por el crecimiento desmesurado de la capital y que se han intentado aprovechar en algunos lugares transformándolos en parques. La posibilidad de ver alguna especie de árbol autóctona colonizar espontáneamente estos espacios parece más bien remota. El éxito de estas dos especies se debe tanto a su gran poder de diseminación (estamos hablando de dos especies que producen una cantidad impresionante de semillas) como a su poca exigencia, que les permite establecerse sobre este tipo de terrenos. Personalmente, ver árboles crecer donde antes no había absolutamente nada me alegra un montón. Sin embargo, estamos hablando de dos especies consideradas invasoras en algunas regiones. ¿ Qué deberíamos, pues, hacer con estos árboles ? ¿ Dejarlos crecer ? ¿ Arrancarlos ?





El cambrón (Lycium barbarum) es otra especie leñosa asilvestrada en el descampado.



Todo depende, claro está, del riesgo de ver estas especies colonizar ecosistemas más valiosos y competir en ellos con las especies autóctonas. Asumiendo, claro está, que las especies autóctonas realmente sean las mejor adaptadas a unas condiciones que están sufriendo grandes cambios debido al calentamiento global. Como ejemplo de ello quisiera citar el caso de las acacias en Galicia, a las que se acusa de ser más resistentes al fuego que nuestros robles autóctonos. El éxito de las acacias en éste caso me parece el reflejo de un cambio en las condiciones ecológicas del lugar que tiene toda pinta de ser irreversible. La frecuencia de los incendios ha aumentando en Galicia estas últimas décadas no porque de repente los gallegos se han convertido en pirómanos, sino porque las condiciones ambientales están cambiando. Y, aparentemente, esto no es nada comparado con lo que nos espera. Las acacias son en este caso el síntoma de que algo está cambiando y no las culpables del cambio, como generalmente se suele pensar. Puede que esos robles que nos esforzamos en defender, en realidad estén ellos mismos condenados a desaparecer. ¿ Si eliminamos las especies que compiten con ellos, qué quedará al final ?





Inflorescencia compuesta de la acacia (Acacia dealbata). Especie pirófita, la acacia se ha beneficiado enormemente de la ola de incendios que han azotado Galicia estas últimas décadas.



Bueno, pues esta reflexión que inicio hoy lanzando al aire unas cuantas preguntas tontas (son las más difíciles de contestar) intentaré profundizarla más adelante. Por ahora me limitaré a decir que no hay nada más peligroso en Ciencias que las verdades absolutas y en un debate tan sensible como el de las invasiones biológicas, creo que es necesario ser bastante pragmáticos y no olvidarse que vivimos en un mundo cambiante. Muchas especies que hoy consideramos “autóctonas” puede que mañana dejen de serlo. Y claro, muchas especies “exóticas”, a la fuerza tendrán que convertirse en “autóctonas”. De lo contrario, me temo un poco que algunas regiones se convertirán en auténticos desiertos si no dejamos la puerta abierta a unos cambios que tienen toda pinta de ser imparables.
Desde que la comunidad científica tomara consciencia del problema del calentamiento global del planeta, se han dedicado muchos esfuerzos y medios para intentar predecir el anunciado aumento de las temperaturas causado por el incremento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. No pretendo, en este pequeño artículo, repetir lo que ya sabemos al respecto, sino más bien examinar muy brevemente algunas consecuencias que pudiera tener en nuestro país ese aumento de las temperaturas.

Los climatólogos han desarrollado modelos complejos para intentar calcular, con un margen de error aceptable, la evolución de las temperaturas en el futuro, intentando para ello tener en cuenta todas las posibles causas del aumento observado durante el pasado siglo y el presente. Por muy complejos que sean, todos estos modelos no han hecho más que corroborar lo que Svante Arrhenius ya afirmó y calculó a principios del siglo XX: el aumento de la cantidad de CO2 en la atmósfera tendrá como consecuencia un aumento de la temperatura global del planeta. La temperatura media global está directamente relacionada con la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. No existe en la actualidad ningún otro proceso físico o químico capaz de explicar la evolución actual de las temperaturas. Por mucho que importantes grupos de opinión se dediquen a sembrar dudas, difícilmente se puede negar un efecto que es una consecuencia obligatoria de las leyes de la Física (el efecto invernadero no es ninguna teoría descabellada y ha sido demostrado experimentalmente hace mucho tiempo).





Evolución de la temperatura media del mes más frío en el NW de Alemania (Utescher T. et al. (2000) / Terrestrial Climate Evolution in Northwest Germany Over the Last 25 Million Years. /PALAIOS, Vol. 15(5), pp. 430-449)



Aceptemos pues la idea que las temperaturas van a seguir subiendo y que lo harán al mismo ritmo que seguimos consumiendo los hidrocarburos fósiles. Nada, de momento, apunta a que la Humanidad vaya a dejar de consumir carbón, petróleo o gas. Ni tan siquiera parece que el ritmo de consumo vaya a decrecer, muy al contrario. En todo caso, mientras las reservas aguanten. De seguir creciendo la cantidad de CO2 en la atmósfera al mismo ritmo que lo hace actualmente, todo apunta a que la temperatura global a finales de este siglo será unos 6 ºC superior a la actual. Las consecuencias de un aumento tan importante serán catastróficas en muchas regiones del planeta. Sin querer pecar de alarmista, lo cierto es que ese aumento acarreará importantes cambios en los ecosistemas del planeta y, por consiguiente, en las sociedades humanas que, a pesar de lo que podemos pensar al amparo de la comodidad en la que vivimos, dependen al 100% de una naturaleza que bien podría venir a recordarnos quien manda aquí. ¿ Qué significa un aumento de 6 ºC ? Para hacerse una pequeña idea de ello, basta con recordar que la temperatura atmosférica decrece más o menos unos 0,6 ºC cuando se sube 100 m en altitud. Un aumento de 6 ºC de la temperatura media supondría pues que a finales del siglo XXI, habrá que subir 1000 m para vivir en las mismas condiciones que ahora. O sea, que la temperatura media de Ávila será equivalente a la que tiene hoy... ¡ Badajoz !

¿ Qué nos espera pues a finales del siglo XXI ? ¿ Cambiarán mucho nuestros paisajes, nuestra vegetación ? La respuesta a tales preguntas tal vez no haya que buscarlas en el corazón de silicio de los superordenadores sino más bien bajo nuestro pies, aguardando entre las páginas del gran libro de historia que constituyen los sedimentos depositados en la superficie del planeta. La primera pregunta que cabe hacerse es desde cuándo la tierra no ha estado sometida a tales condiciones. La respuesta nos la dan las curvas de evolución de las temperaturas establecidas a partir de los isótopos: un aumento de 6 ºC de la temperatura media anual nos retrotraería... ¡ a finales del Terciario ! O sea, para que quede más claro, a una era anterior al desencadenamiento de las glaciaciones. ¿ Qué sabemos pues del clima de aquella época ? ¿ Cómo era nuestro país en aquella época ? Aunque los procesos evolutivos no han dejado de actuar desde aquél entonces, el mundo no ha cambiado tanto como pudiera parecer. Los continentes estaban dispuestos más o menos de la misma manera y la flora de aquél entonces estaba constituida por los mismos géneros que conocemos actualmente. No parece descabellado, por lo tanto, pensar que el estudio de las paleofloras pudiera darnos pistas interesantes sobre cómo debería evolucionar la vegetación de nuestro país y de nuestro continente en el futuro. ¿ Qué sabemos, pues, de la flora europea (y española) de finales del Terciario ? 





Los climas sobre la tierra en el Mioceno. Plate tectonic maps and Continental drift animations by C. R. Scotese, PALEOMAP Project (www.scotese.com).



Tal como es el caso en la actualidad, existía a finales del Terciario una serie de grandes biomas que se parecían bastante a los actuales pero que alcanzaban entonces unas latitudes muchísmo más septentrionales:

Bosque boreal de coníferas

Cubriendo las islas del Atlántico norte (Spitzberg), el norte de Groenlandia y las islas más septentrionales de Canadá se extendía el bosque boreal de coníferas, constituido por los mismos géneros que en la actualidad y otros que hoy en día presentan un caracter relictual pero que tenían en aquel entonces una distribución circumboreal (Glyptrostrobus).

Bosques mixtos y caducifolios

Más al sur se extendían los bosques mixtos y caducifolios, tan característicos actualmente de toda Europa central. Estos bosques se extendían más o menos desde el sur de Escandinavia hasta el extremo norte de esa península y cubrían toda la zona ártica de Norte América, el sur de Gronelandia y todo el N de Siberia. Dominaban ese bioma géneros como los hayas y los arces.

Bosques lauroides

Más al sur se extendía una vegetación que no tiene equivalente en la Europa de hoy en día. Se trataba de bosques propios de climas templados cálidos y húmedos en los que a géneros aún representados en la flora europea (Quercus, Tilia, Castanea), se añadían toda una serie de taxones hoy en día tan solo presentes en América o en Asia, muchos de ellos perennifolios y propios de un tipo de bosque que tan solo se mantuvo, más cerca de nosotros, en algunas islas del Atlántico (laurisilvas de las Canarias y de Madeira).

Estepas

En muchos puntos del S de Europa (centro de la Península Ibérica y Grecia), las condiciones hídricas eran mucho más desfavorables y la vegetación presentaba allá un carácter estépico, dominando en el disperso estrato arbóreo especies micrófilas adapatadas a la sequía.

Zonas húmedas

Las zonas húmedas del continente europeo presentaban en aquél entonces un aspecto muy diferente del actual, dominando en ellas el ciprés de los pantanos...




Rama fósil de Taxodium dubium (Alemania), un ciprés que tenía en el Mioceno una extensísima área distribución en el Hemisferio Norte / Amaltheus / Licencia: Creative Commons



¿ Nos permite esta brevísima y resumida descripción de la vegetación europea a finales del terciario sacar alguna conclusión acerca de la futura evolución de nuestros ecosistemas ? Aunque sea un poco arriesgado hacer cualquier tipo de predicción, me parece sin embargo que entre lo que nos dicen los modelos de los climatólogos y lo que sabemos del pasado podemos, con un poco de sentido común, intuir algunos cambios:

1.- El piso termomediterráneo, que actualmente se extiende por la franja costera del S y el SE de la Península Ibérica, debería pasar a ocupar una parte mucho más amplia del territorio y adentrarse en el centro de la Península por ambas mesetas. Es muy probable, además, que la aridez sea mucho más marcada en ambas mesetas, favoreciendo el desarrollo de un tipo de vegetación mucho más abierto (estepario).

2.- El piso inframediterráneo, escasamente representado en algunos puntos del SE de la Península, debería sustituir al piso termomediterráneo en el litoral mediterráneo, con la consiguiente entrada de elementos norteafricanos y tropicales (siempre y cuando consigan llegar a la Península).



Cambios en los pisos bioclimáticos (termotipos) en la Península Ibérica a lo largo del siglo XXI, suponiendo que alcanzaremos una concentración de CO2 en la atmósfera de 850 ppm el año 2100 (Moreno J.M.. (2006) / Evaluación preliminar de los impactos en España por efecto del cambio climático / Boletín CF+S (Ciudades para un Futuro más Sostenible), Vol. 38/39.)



3.- En buena parte de nuestras sierras, el piso oromediterráneo debería reducirse considerablemente (o desaparecer), llevando muchísimas especies endémicas y relictuales al borde de la extinción. En su lugar crecerán pinos y melojos. En muchas de esas sierras, puede incluso que veamos crecer encinas en su cima...

4.- En la Cornisa Cantábrica y buena parte del litoral de Portugal es bastante probable que las precipitaciones se mantengan. Esto significa que con 6ºC más, las condiciones medioambientales favorecerán un tipo de vegetación actualmente poco o nada representado en la Península Ibérica. Asistiremos a una expansión del reducidísimo piso infratemperado y especies como el loro (Prunus lusitanica), el laurel (Laurus nobilis) o el quejigo andaluz (Quercus canariensis), por poner algunos ejemplos llamativos, deberían ver su área de distribución aumentar considerablemente. Estas regiones serían, a la fuerza, mucho más atractivas para un sinfín de especies exóticas mejor adaptadas a las nuevas condiciones medioambientales. No hemos de olvidarnos que la inmensa mayoría de los géneros que crecían en los bosques terciarios desaparecieron de Europa a consecuencia de las glaciaciones. Su vuelta no sería pues, una sorpresa, por mucho que sea el hombre responsable de su "reintroducción". ¿ Serán consideradas plantas invasoras y sistemáticamente eliminadas ? Es evidente que los cambios en curso nos obligarán (y nos obligan ya) a replantearnos nuestra política medioambiental.



Distribución potencial del quejigo andaluz (Quercus canariensis) en el horizonte 2100 (Felicísimo, Á.M.; Muñoz, J.; Villalba, C.J.; Mateo, R.G. (2010) / Impactos, vulnerabilidad y adaptación al cambio climático de la flora española. / Universidad de Extremadura, Real Jardín Botánico (CSIC), Oficina Española de Cambio Climático. / Licencia: Creative Commons).



Estos son, creo yo, los cambios más previsibles que se han de esperar. Hablar de regreso al Terciario es, claro está, una provocación de mi parte pero no deja de ser cierto que tras una relativa estabilidad de varios milenios, el importante cambio climático que se espera bien podría justificar la idea que estamos entrando en una nueva era (el Antropoceno) que los futuros paleontólogos no tendrán muchas dificultades en identificar, tan importante es el impacto que estamos teniendo sobre los ecosistemas de este planeta, en el que el hombre es prácticamente ya el último gran mamífero que no se encuentra en peligro de extinción... ¡ Por ahora !

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SOBRE EL AUTOR

Geólogo de formación, nacido en Suiza pero establecido en España desde hace más de 20 años, trabajo actualmente en el sector de la informática (soporte). Eso no me ha impedido mantener vivo mi interés por los temas medioambientales, el cambio climático en particular, cuyas consecuencias intento anticipar buscando respuestas en ese pasado no tan lejano hacia el que parece que estamos empeñados en querer volver.

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