Crónicas de un mundo en mutación


El cambio climático ya es una realidad que promete modificar profundamente nuestros paisajes, nuestra flora y nuestra fauna.
El pasado es una ventana que nos permite intuir cómo será ese futuro que os propongo descubrir.

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Acercándose poco a poco el otoño y la época de recolectar nuevas semillas para mis futuras plantaciones, creo que es ahora un buen momento para extraer algunas lecciones de las plantaciones realizadas este año. Ya hice, en un anterior artículo, un pequeño repaso de las especies que había sembrado sobre mi terraza (Los árboles de mi terraza) y probablemente os interese ahora saber cómo se comportaron estos arbolitos una vez transplantados y abandonados a su suerte. Bueno, no tan abandonados, puesto que los visito regularmente y que he estado aportándoles un poco de agua durante el verano para que no se me sequen. Independientemente de saber cual ha sido el comportamiento de cada especie, creo también útil hablar de los errores que he cometido a la hora de plantar estos árboles, que explican algunos de los desastres sufridos.

Braquiquito, tipa y tarco

Siendo estas tres especies las que tenía más prisa en transplantar, al haberlas sembrado a finales del verano de 2016 a partir de semillas traídas de mis vacaciones, lo hice muy temprano este año (enero) en un pequeño descampado de mi barrio en el que plantaron hace años pequeños pinos piñoneros y que está plagado de alcorques que se quedaron vacíos. Lo que parecía una buena estrategia, sin embargo, pronto se volvió en mi contra. Al estar situado este descampado en una zona marginal, está poblado por una nutrida colonia de conejos. ¿ Y sabéis qué he aprendido yo de los conejos ? Pues que no le hacen asco a nada, sin importarles que los árboles plantados sean exóticos o autóctonos. Y sí, además, ese árbol tiene unas apetitosas hojas persistentes que son prácticamente lo único verde que se puede ver en todo el descampado en un periodo del año en el que esos voraces roedores pasan hambre, el desastre está garantizado. Planté en enero y febrero todos los braquiquitos (Brachychiton populneus) y casi todos los tarcos (Jacaranda mimosifolia) y tipas (Tipuana tipu) que tenía. Se los comieron todos. Un auténtico desastre. Primera lección: plantar árboles sin protección en una zona plagada de conejos equivale a darles de comer...


El enemigo público número 1 de mis arbolitos

¿ Logrará este protector disuadir los conejos de comerse al único braquiquito que sobrevivió ?


De este primer desastre, sin embargo, aprendí que el braquiquito es un árbol con una asombrosa capacidad de recuperación. Los conejos tuvieron la buena idea de no comerse la raíz de uno de ellos y ese ejemplar al poco tiempo rebrotó, fue devorado de nuevo y sufríó las consecuencias de un pequeño incendio. Todo ello sin recibir ni una sola gota de agua en las tres semanas que estuve de vacaciones. Tras toda esta sucesión de catástrofes, finalmente le puse un protector y está rebrotando de nuevo. No sé qué ocurrirá en el futuro pero visto lo visto creo que este árbol tiene aún mucho por decir. Mi objetivo a largo plazo (tampoco es que me queden ya tantos años de vida) es demostrar que una vez instalado, es capaz de sobrevivir sin ningún tipo de riego. También resistió perfectamente esas tres semanas sin riego el único tarco que sobrevivió. A diferencia de los demás, lo transplanté mucho más tarde, cuando ya empezaba a crecer la hierba y parece que eso hizo que los conejos no le prestaran atención. Eso sí, fue cortado por los jardineros que cortaron la hierba del descampado a finales de julio. Pero tal como ocurrió con el braquiquito, rebrotó con fuerza y hoy lo tengo debidamente protegido.


El único tarco que no fue devorado, rebrotando con mucho vigor tras ser cortado por los jardineros

Ahuehuete

Era el ahuehuete (Taxodium mucronatum) una de las especies que más interés tenía yo en cultivar, aunque no tuviera yo muy claro donde iba a plantarlo. Inicialmente tenía planeado hacerlo a orillas del Jarama, pero viendo las reacciones airadas de algunos al saber que quería plantar especies no autóctonas, juzgué más prudente hacerlo en zonas urbanas. Afortunadamente, el pequeño descampado en el que llevo a cabo mis pequeños experimentos es la salida de toda una red de drenaje y en él casi siempre corre un poco de agua. Era pues el lugar ideal para plantar algún ahuehuete. Ocurrió con ellos, lo mismo que con los braquiquitos. La aparición a finales del invierno de apetitosos brotes verdes en medio de la reseca vegetación del lugar era demasiada provocación para los hambrientos conejos del lugar. Se comieron todos los que planté, que no eran pocos. Tan solo uno sobrevivió, que planté más tardíamente a orillas del pequeño arroyo y que ahora tengo protegido con un protector. También tengo otro plantado cerca de casa en condiciones muy diferentes y la conclusión es de lo más sencilla: si plantas un ahuehuete en la tierra húmeda y empapada a orillas de cualquier curso de agua o lago éste responderá creciendo de forma espectacular. Visito el lugar una vez por semana más o menos y os puedo asegurar que de una visita a la otra, se puede notar su crecimiento. Realmente, si ningún acto de vandalismo o incendio acaba con su vida, este ahuehuete pronto alcanzará unas dimensiones asombrosas. Y todo ello, sin ningún tipo de riego. El que tengo plantado cerca de casa, en cambio, lo veo igual desde que lo planté. Realmente, este árbol requiere de mucha agua para prosperar. Al menos en sus primeros años...


Aspecto del ahuehuete que planté entre la vegetación a orillas del pequeño arroyo que nace en el descampado

Ginkgo

Es, tal como explicaba en el artículo que dedicaba a los árboles de mi terraza, una especie relativamente fácil de reproducir por semilla y tenía mucho interés en saber cómo se comportaría al ser transplantado. Tenía ginkgos de casi 1 año y ginkgos de casi 2 años. La primera conclusión a la que he llagado es que es mejor transplantar ginkgos de 1 año que de 2. Los primeros tienen hojas grandes y muy verdes. Los segundos tienen hojas más pequeñas y más pálidas, síntoma de que al árbol le cuesta más enraizarse y alimentarse. Los pequeños ginkgos de 1 año parecen aguantar mucho mejor el transplante y la mayoría de ellos tuvo un aspecto muy bueno mientras hubo lluvias y las temperaturas no eran aún demasiado elevadas. Parte de ellos los planté en el barrio y tan solo uno sobrevive. Ya no luce tan espléndido (se nota que le ha costado un poco aguantar el verano) pero sigue vivo y creo que debería pasar la prueba del primer año. Cuando rebrote en primavera, probablemente lo haga ya en condiciones mucho más favorables, estando ya firmemente enraizado. Otros, sin embargo, no tuvieron tanta suerte. Su vecino se secó y claramente no enraizó bien. Otros fueron cortados o arrancados. Claro que no los había señalado con nada que atrajera la atención...


Este pequeño ginkgo de muy buen ver fue cortado al poco tiempo por los subcontratas que cortan la hierba de los descampados del barrio...

Aparte de esos ginkgos "urbanos", también planté unos cuantos en el mismo descampado en el que experimento. La conclusión es sencilla: todos han muerto. pero con algunos matices. Algunos, muy expuestos al sol todo el día, claramente no aguantaron estar 3 semanas sin ningún tipo de riego. En cambio, otro ejemplar que estaba medio protegido por otros árboles no estaba tan mal cuando volví. De haber recibido tan solo un riego durante ese periodo, yo creo que habría sobrevivdo. El año que viene lo volveré a intentar y trataré de que alguien los riegue durante mi ausencia. Yo creo, realmente, que una vez bien establecido, debería ser capaz de sobrevivir en los lugares más favorables.

Eucommia

Es en principio la Eucommia una especie más resistente a la sequía que el ginkgo. Pero tan solo disponía de dos ejemplares y no puede realmente testear mucho. Planté una en un parquecito cercano de casa, por aquello de al menos tener una de ellas más controladita, y la otra la planté en el descampado. La planté, sin embargo, en un lugar que resultó ser un paso y al poco tiempo apareció rota y se murió. La otra sigue viva. Su crecimiento, sin embargo, no fue el esperado. Para empezar, el brote terminal se secó y fueron rebrotes laterales los que aseguraron su crecimiento, que pareció estar parado durante casi toda la primavera y todo el verano. Tan solo es ahora cuando dos de esos brotes han empezado a crecer con mucho vigor. Para mí que la planta se quedó algo "paradita" mientras desarrollaba su sistema radicular. Será interesante ver qué ocurre el próximo año. Año en el que tendré muchas más Eucommias para testear su comportamiento en nuestro clima...


Aspecto actual de la única eucommia que sobrevivió, que por fin se ha puesto a crecer con fuerza

Plátano oriental

El plátano oriental parece ser una especie que se enraíza con cierta facilidad y bastante rapidez. Planté un ejemplar en mi barrio que mostraba un desarrollo prometedor pero lamentablemente fue cortada por los jardineros y no he vuelto a saber nada de ella. Tras este episodio me cohibí un poco y aún tengo muchas de ellas sobre mi terraza, que pienso plantar este otoño junto a los poco ahuehuetes que aún tengo. Ahuehuete, plátano oriental y liquidámbar oriental son tres de las especies que considero fundamentales en mi proyecto de reconstituir un bosque del Plioceno/Pleistoceno...

Liquidámbar oriental

La gran decepción del año. Tenía un único ejemplar realmente bien desarrollado y lo planté en un parquecito que no reunía realmente las condiciones de humedad idóneas para esa especie. para más inri, al poco tiempo alguien lo pisoteó y se fueron al traste todas mis esperanzas. De tener que plantarlo hoy, lo haría en el mismo lugar en el que planté el ahuehuete, junto a ese arroyito que le hubiese asegurado unas condiciones de vida idóneas. Realmente, mi elección no fue acertada. Ojalá este otoño logre recolectar semillas y, quien sabe, dentro de un año o año y medio pueda volver a intentarlo...

Pterocaria

La pterocaria del Cáucaso es otra de las especie que tenía muchísimo interés en cultivar. Siendo éste un árbol que estuvo presente en buena parte de Europa hasta fechas mucho más recientes de lo que nos imaginábamos (último periodo interglaciar), me atraía mucho la idea de opoder plantar algún ejemplar. Pedí las semillas en Estados Unidos y al principio todo iba viento en popa. pero al poco tiempo me di cuenta de que me habían dado gato por liebre. La "pterocaria" que me habían vendido no era la del Cáucaso (P. fraxinifolia) sino la china (P. stenoptera). Superada la sorpresa, me decidí a plantar dos ejemplares en alcorques de mi barrio y otra en el descampado. ¿ Y sabéis qué os digo ? Pues que se trata de una especie extraordinariamente agradecida. Encuéntrale un lugar para crecer y riégala con regularidad y te gratificará con un crecimiento sostenido. Se trata, además, de un árbol de hojas muy bonitas y pronto las dos que planté en mi barrio tuvieron un aspecto increíble. Tan increíble que una de ellas fue cortada por los jardineros y la otra medio arrancada por algún estúpido. Ya veremos si se reponen de tan traumática experiencia. El año que viene, sin embargo, sí que plantaré la especie europea...


Esta hermosa pterocaria china era uno de los árboles más prometedores que había plantado antes de sufrir el ataque de un descerebrado al que no le hizo gracia su presencia y buen ver...

Pues nada, espero no haberos aburrido contándoos mis pequeños logros y desastres. Si lo que cuento os anima o le sirve a alguien para orientarse un poco, pues ya habrá merecido la pena dejar por escrito las lecciones que me ha deparado este primer año experimentando con árboles. El año que viene volveré con más...


Ya están creciendo los arbolitos que plantaré este invierno y la próxima primavera: más ginkgos, pterocarias del Cáucaso, muchas eucommias, algarrobos, almeces, etc.

Está de moda, desde hace unos años, hablar de la capacidad de resiliencia de nuestros ecosistemas. Se habla generalmente de ello como si esa capacidad fuese una garantía de permanencia de nuestros ecosistemas frente a cambios como el cambio climático y se suele casi siempre incidir en la necesidad de proteger y restaurar la biodiversidad para preservar su resiliencia. Ahora bien, ¿ qué es la resiliencia ? La resiliencia se define, en ecología, como la capacidad de un ecosistema a reponerse de los efectos de alguna perturbación. El ecosistema puede verse como una red en la que los distintos organismos que lo componen interactúan unos con otros. Una perturbación exterior puede modificar la manera en que esa red se organiza y puede incluso eliminar algún elemento de esa red pero eso no impide que la red siga funcionando. Algo muy similar ocurre en el cerebro. Una lesión puede dañar parte del cerebro pero las neuronas tienen la capacidad de reconectarse asegurando el funcionamiento casi normal del mismo. Esa capacidad de sobreponerse a una alteración es lo que se llama resiliencia.


La cadena trófica de un ecosistema (aquí el suelo) es tan solo un tipo de las múltiples interacciones que se establecen entre los organismos que lo constituyen

En base a lo que explicaba anteriormente, se entiende sin mucha dificultad que cuanto más tupida es la red de interacciones, cuanto más rico es el ecosistema, más posibilidades tiene de sobrellevar cualquier cambio. Esta suposición viene corroborada por observaciones hechas, por ejemplo, en bosques, en los que se ha podido demostrar que los bosques ricos en especies no solamente resisten mejor sino que tienen mayor crecimiento que los bosques monoespecíficos. No es mi intención hacer aquí un repaso a toda la teoría sino hacer ver que esa capacidad de resiliencia de los ecosistemas no es, sin embargo, ninguna garantía frente a cambios permanentes e irreversibles. En mi participación en distintos foros me he dado cuenta que mucha gente cree que proteger y restaurar nuestros ecosistemas autóctonos es la mejor garantía de que éstos perduren y se adapten al cambio climático. Muchas personas me dicen que nuestra fauna será capaz de adaptarse al cambio climático y que no es necesario “traer” especies de fuera. O sea, que nuestra flora y fauna tiene la suficiente capacidad de resiliencia para adaptarse al cambio climático. ¿ Es eso cierto ?


Recuperación del bosque tras un incendio en Point Reyes National Seashore (California, EE.UU.)

Las cosas, lamentablemente, no son tan idílicas. Un estudio realizado por investigadores franceses hace unos años logró demostrar que las comunidades vegetales del sotobosque de muchos bosques no estaban en equilibrio con las condiciones de temperatura actuales sino que corresponden a condiciones que eran las de aquellos lugares hace décadas. El aspecto positivo, en apariencia, es que esos ecosistemas están demostrando tener más resiliencia de lo esperado. Pero estos estudios también señalan que si bien la vegetación está "encajando" los efectos del cambio climático, se está retrasando de forma alarmante su migración hacia zonas más favorables. El avance de esas especies hacia el norte o hacia zonas más altas es demasiado lenta y no interviene a la misma velocidad que lo hace el calentamiento. Ese retraso de los ecosistemas en incorporar nuevas especies mejor adaptadas a las nuevas condiciones climáticas es lo que han llamado "deuda climática".


Deuda climática del sotobosque en los bosques franceses (1)

Tal como se puede ver en este mapa, la deuda climática es más importante en la región mediterránea, donde resulta muy difícil que especies más termófilas, en proveniencia de la Península Ibérica o del norte de África logren instalarse. Al contrario, en la zonas montañosas esa deuda es casi nula, ya que las distancias que hay que recorrer son mucho más reducidas y la dispersión natural de las semillas en las montañas logra compensar la subida de los pisos de vegetación. La gran preocupación de los autores es que si bien los ecosistemas forestales franceses están aguantando relativamente bien el tipo hasta ahora, probablemente tenga un límite la capacidad de resiliencia de esos ecosistemas. ¿ Qué pasará dentro de unas décadas si esas especies no se desplazan y se alcanza el límite de lo que pueden aguantar las especie "clave" de esos ecosistemas ?


Muerte masiva de pinos en la Sierra de Baza

La respuesta, tal vez, haya que buscarala más al sur, en regiones que han sufrido ya un calentamiento muy importante. Tal como contaba en un post reciente, las temperaturas han subido en buena parte de la Península entre 2 y 3 grados desde los años 70 del pasado siglo. Todo ello sin que se haya notado un cambio importante en la repartición de nuestros ecosistemas. ¿ Qué quiere decir esto ? Pues simplemente que aquí la deuda climática se sitúa en esos mismos valores. O sea, entre 2 o 3 grados. 3 grados, sea dicho de paso, corresponde a una subida de los pisos de vegetación de aproximadamente 500 metros. Tal subida de los pisos de vegetación, claramente, aún no se ha dado. Esto significa pues que en muchos lugares la vegetación debería ser, potencialmente, la de zonas situadas a una altitud 500 metros inferior. ¿ Os sigue pareciendo que el calentamiento climático es cosa del futuro ? El decaimiento de nuestros encinares y alcornocales en una amplia superficie de la Península y la muerte masiva de árboles en sierras como la de Baza cobran otro significado sabiendo que nuestros bosques tienen ya una deuda climática tan importante. Una clara señal de que la situación podría ser mucho más grave de lo que podemos imaginar y que tal vez no tendremos que esperar muchas décadas para ver los efectos más visibles del cambio climático...



(1) Bertrand R. et al. (2016) / Ecological constraints increase the climatic debt in forests / Nature Communications, Vol. 7 (12643)., pp. 1-10



De todos los árboles que crecen en la Península Ibérica, probablemente ninguno tenga tanta importancia como la encina. Ya sea por la superficie que ocupaba hasta hace poco o por la cantidad de servicios que ha prestado al hombre desde tiempos inmemoriales. Todos sabemos, por ejemplo, la importancia que desempeña en la alimentación del ganado (porcino en particular). Las vastas extensiones de dehesa del centro y del oeste de la Península conforman, de hecho, uno de nuestros paisajes más típico. En esas dehesas se crían los cerdos que producen los famosos jamones ibéricos y los toros bravos que empitonan cada año los incautos turistas que participan en nuestros encierros.


Dehesa extremeña / Fotografía: El diario digital de Extremadura

La encina domina no solamente los ecosistemas de la región mediterránea, sino también nuestro imaginario. El "climax" de la vegetación mediterránea es en efecto, según los fitosociólogos "clásicos", un bosque casi monoespecífico de encinas y/o de alcornoques y estas dos especies son las que se utilizan mayoritariamente en los programas de repoblación llevados a cabo por las organizaciones ecologistas de este país. Los estudios de paleobotánica, sin embargo, ponen en tela de juicio esa visión demasiado idealizada que nos hacemos de los ecosistemas mediterráneos. Nuestros bosques eran, antes de que el hombre influyera en su composición, mucho más diversos, desempeñando en ellos los pinos un papel muchísimo más importante del que imaginamos. La dominancia casi absoluta de la encina en buena parte de nuestro territorio se debe, en realidad, al manejo que ha hecho el hombre del bosque.



La sucesión ecológica de los ecosistemas mediterráneos tal como se la enseñamos a nuestros hijos. ¿ Y dönde están los pinos ? / Figura: Ciencias Naturales-Biología

Llevamos pues milenios conviviendo con la encina y para una mayoría de personas, este árbol duro y generoso simboliza como ningún otro las bondades de lo “autóctono”. Contemplar un paisaje con encinas es, de alguna manera, viajar a aquel tiempo en que una ardilla podía cruzar la Península sin posar un pie a tierra. La encina está firmemente enraizada en nuestro subconsciente y cuando a alguien se le ocurre llevar a cabo algún proyecto de repoblación, la encina es, naturalmente, la opción casi obligatoria a la hora de escoger qué especies plantar. Esa relación milenaria que nos une a la encina, sin embargo, se está viendo amenazada por el cambio climático, cuya aceleración en los últimos 40 años ha tenido consecuencias dramáticas para las quercîneas mediterráneas. La subida de las temperaturas y la bajada de las precipitaciones han propiciado la repetición de grandes episodios de sequía que han debilitado mucho a las encinas y los alcornoques, que sufren desde hace unos años el irremediable ataque de muchos patógenos que matan en silencio a millones de árboles. Se ha llamado “seca” a ese fenómeno que no parece tener mucha solución. Aunque logremos luchar contra esos patógenos, el cambio climático está en marcha y si no son los patógenos los que acaban con la encina en algún momento lo hará el fuego o la falta de agua.


Evolución de un alcornoque ('Quercus suber') afectado por el microorganismo 'Phytophthora cinnamoni'. Fotografía: Esperanza Sánchez

Los estudios prevén que a finales del siglo XXI la encina y el alcornoque habrán desaparecido de buena parte de la meseta sur, sustituidos por una vegetación más termófila, actualmente confinada a las zonas costeras y a zonas interiores como los valles del Guadalquivir o del Ebro.



Cambios en los pisos bioclimáticos (termotipos) en la Península Ibérica a lo largo del siglo XXI, suponiendo que alcanzaremos una concentración de CO2 en la atmósfera de 850 ppm el año 2100 (Moreno J.M.. (2006) / Evaluación preliminar de los impactos en España por efecto del cambio climático / Boletín CF+S (Ciudades para un Futuro más Sostenible), Vol. 38/39.)



Mientras en el sur de su área de distribución se hacen cada vez más evidentes los síntomas de su declive, la encina en cambio va progresando en el norte de su área de repartición y mucha más allá. El caso de Inglaterra es particularmente interesante. la especie se introdujo en ese país como ornamental en el siglo XV pero desde mediado del siglo XX, se ha expandido considerablemente en el sur de Inglaterra y de Irlanda, colonizando los terrenos secos y calizos próximos a la costa. El mapa que reproduzco aquí demuestra, además, que su expansión ha sido realmente espectacular en el siglo XXI, en particular después de 2010. Tanto es así que la encina es hoy en día considerada una especie invasora en ese país.


Repartición de la encina en Reino Unido e Irlanda / Online Atlas of the British and Irish Flora

Es evidente que de no haber sido introducida por el hombre, no hubiese llegado por ella misma a Inglaterra. Lo mismo cabe decir de otras muchas regiones de Francia. Eso ilustra perfectamente algo que todos sabemos o intuimos: el área potencial de muchas especies vegetales - árboles en particular - es mucho más amplia que lo que sospechamos. Que esas especies no estén presentes en esas zonas se debe a que les resulta difícil o imposible desplazarse hacia esas zonas. El contrario también es cierto: existen amplias zonas en las que las especies - los árboles en particular - aguantan como pueden en condiciones que hace tiempo que dejaron de ser las idóneas para ellas. Hasta que algún día cruzan la línea de lo que podían aguantar y de repente se vienen abajo, tal como ha ocurrido, por ejemplo, en la Sierra de Baza.


Viñedo en Dorking, Surrey, Inglaterra / Fotografía: Clickos

La encina se encuentra claramente en una situación como la que acabo de describir. Moribunda en buena parte de su actual área de distribución y considerada invasora en regiones que le son hoy favorables, nos manda un mensaje que no podemos ignorar: ayúdenme a desplazarme hacia aquellas zonas en las que podría establecerme o puede que de aquí a finales de siglo me convierta en una especie amenazada. Resulta curioso, sea dicho de paso, que los ecologistas y científicos ingleses consideren la encina una especie invasora cuando los agricultores de la misma zona del sur de Inglaterra llevan ya años produciendo vino y plantando olivos...
Europa es, aunque nos resulte a veces difícil de admitir, una de las regiones del planeta con la mayor densidad de población. Aunque solemos considerar alarmante el crecimiento demográfico de continentes como Asia o como África, parece que nos hemos olvidado que los Europeos no fuimos precisamente un ejemplo a la hora de contener nuestra propia explosión demográfica. Consecuencia de esa alta densidad de población, son pocos los lugares realmente inalterados en nuestro continente y resulta muy complicado y costoso llevar a cabo programas de recuperación de la flora y de la fauna en regiones en las que se ha llevado hasta tales extremos la explotación de la naturaleza por el hombre. La agricultura intensiva y la caza "deportiva" han llevado a una simplificación tremenda de nuestros ecosistemas, en los que han desaparecido casi todas las especies clave de los mismos. Ese vacío, sin embargo, también ofrece oportunidades a especies que no formaban parte originalmente de esos ecosistemas. Un caso bastante sorprendente es el del ñandú, ave sudamericana muy parecida a la avestruz, que tras escaparse de algún zoológico ha logrado establecer una pequeña población feral de algo más de 200 individuos en las llanuras del norte de Alemania, en el estado de Mecklenburg.


Ñandú común caminando en un cultivo del norte de Alemania

Los conservacionistas alemanes están divididos. Por un lado están los que piensan que al ser una especie exótica, debería ser simple y llanamente aniquilada. Un punto de vista que comparten también algunos agricultores de la zona y, como no, los cazadores. Sin embargo, los estudios llevados a cabo hasta la fecha no han puesto de manifiesto que la presencia de esta especie perjudique ninguna otra especie. Se pensaba que podría competir, en alguna medida, con el corzo o las grullas pero no se ha notado ningún efecto de la presencia del ñandú en sus poblaciones. Además, la dispersión del ñandú en esta región es bastante limitada, con lo que no reúne esta especie las características que permitirían clasificarla como "invasora". De hecho, la presencia del ñandú en esta región ha despertado mucho interés en Alemania y ya son muchas las personas que visitan la región tan solo para verlo. Su presencia podría pues incluso resultar benéfica desde un punto de vista económica. El otro punto a tener en cuenta a la hora de valorar su presencia en esta región es el declive de sus poblaciones naturales, en países en los que no goza de una protección tan efectiva. El ñandú, en efecto, no se puede cazar en Alemania.


Una familia de ñandúes en su hábitat natural (Tavares, Rio Grande do Sul, Brasil) / Ivan Sjögren

El ñandú es una especie omnívora que se alimenta sobre todo de plantas herbáceas cuando es adulta y de insectos en su fase juvenil. Se puede considerar al ñandú una especie pastadora, aunque tan solo se alimente de algunas partes de las plantas que consume. No se observa en ningún caso, tanto en los ecosistemas naturales como en los campos de cultivo, un sobrepastoreo y agotamiento del recurso explotado. Desde ese punto de vista, su presencia no es demasiado problemática, por mucho que algunos agricultores se quejen de que a menudo comen maíz o trigo. Eso sí, la presencia de estas aves no ha llevado ningún agricultor a la quiebra... La coexistencia del ñandú con el hombre en esta región es hasta ahora bastante pacífica, siendo los ocasionales accidentes de coche el principal impacto de su presencia.



La supervivencia del ñandú en esta región se debe a la gran capacidad que tienen los adultos a resistir inviernos difíciles. Desde que esta pequeña población se estableciera en esta región, ya ha tenido que soportar más de un invierno bastante crudo (las temperaturas pueden bajar muy por debajo de los cero grados durante las olas de frío y la nieve cubrir el suelo durante periodos prolongados). Cuando eso ocurre, son los juveniles del año los que se llevan la peor parte. En el invierno 2009-2010, de 82 juveniles tan solo uno sobrevivió al invierno. El invierno es pues el principal factor limitante para la población de ñandúes del norte de Alemania. Algunos animales como los zorros, depredan los huevos de los ñandúes pero el invierno es, con diferencia, su peor enemigo. Está claro que el cambio climático trabaja a favor del ñandú que, de seguir resistiendo en esa región, debería ver aumentar las posibilidades de crecimiento de su población en el futuro. Esta especie podría pues, a no ser que cambie radicalmente la postura de las autoridades alemanas al respecto, convertirse en un elemento más de la fauna europea.


Nido de ñandú en el Pantanal brasileño. Los nidos son a menudo colectivos, colaborando varias hembras de los huevos de todas ellas. / Ondřej Prosický

(1) Korthals, A. & F. Philipp (2010) / The avian species Greater Rhea (Rea americana) in Mecklenburg-Western Pomerania and Schleswig-Holstein (Germany). / 6th NEOBIOTA Conference, Biological Invasions in a Changing World - from Science to Management, 14-17 September 2010 Copenhagen, Denmark (Poster)



Al comparar la fauna europea con la de Oriente Medio o del norte de África, llama mucho la atención la ausencia en Europa de muchas especies y grupos taxonómicos, que solemos considerar poco o nada adaptados al clima europeo. Al hacerlo nos olvidamos generalmente de dos cosas muy importantes. La primera es que muchas especies tienen una plasticidad ecológica mucho más grande de lo que pensamos. La segunda es la de ignorar el pasado. Muchos de esos grupos y especies estuvieron presentes en Europa en un pasado no tan lejano, a veces hasta en fechas muy recientes, siendo el hombre el responsable directo de la desaparición de muchas de esas especies del continente europeo. El ejemplo más llamativo es el de los felinos. Los estudios arqueológicos demuestran que tanto el león como el leopardo sobrevivieron en la Península Ibérica hasta el Holoceno. En los Balcanes, el león aún estaba presente en la Antigüedad y fue precisamente matar al león de Nemea el primero de los doce trabajos de Hércules. Cabe preguntarse cómo habría sido la fauna de nuestro continente sin la intervención humana. Además del león y del leopardo, es probable que muchas otras especies hubiesen conseguido establecerse en Europa, tal como hicieran durante los distintos periodos interglaciares del Cuaternario. Uno de esos grupos hubiese podido ser las gacelas y las antílopes (Antilopinae), presentes hoy en día en todo el norte de África y buena parte de Oriente Medio. O sea, a las puertas del continente europeo. Dudo mucho que las gacelas hubiesen podido ganar a nado la Península Ibérica desde el norte de África (que yo sepa no saben nadar), pero es muy probable que hubiesen podido hacerlo desde Oriente Medio. En cualquier caso, gacelas y antílopes no eran unas desconocidas para las civilizaciones de la antiguedad.




Antílopes en un fresco de Akrotiri (Santorini).

El caso de las gacelas es de lo más interesante. Solemos verlas como especies típicas de las sabanas y de los desiertos africanos pero nos olvidamos al hacerlo que una amplia franja del norte de África pertenece al dominio mediterráneo y tiene mucho parecido con buena parte de la Península Ibérica. Al evocar la fauna de la región mediterránea, a todos nos viene inmediatamente en mente unas cuantas especies emblemáticas como el lince ibérico, el gamo o el águila imperial. Nos olvidamos que especies como el arrui, la gacela de Cuvier o el macaco de Gibraltar son tan propias de los ecosistemas mediterráneos como las que viven en la Península Ibérica. De hecho, algunas de esas especies estuvieron presentes en buena parte del continente europeo en algún momento del Cuaternario. Es el caso, tal como lo explicaba en otro artículo, del macaco de Gibraltar. Tal como demuestran los estudios paleontológicos, las gacelas también estuvieron presentes en la Península Ibérica y en buena parte de la cuenca mediterránea a principios del Cuaternario. Aunque esas gacelas fueron especies diferentes de las actuales, fueron parientes próximos de las especies actualmente presentes en Oriente Medio y en el norte de África. El caso es que aunque las especies actuales nunca llegaron a colonizar el continente europeo, ya sea por la existencia de obstáculos geográficos insalvables o por la intervención del hombre, que ha llevado muchas de ellas a su casi extinción, lo cierto es que se dan en Europa las condiciones idóneas para que algunas de esas especies pudieran instalarse. En el caso de las especies que viven en zonas cubiertas por el bosque mediterráneo (como la gacela de Cuvier), es fácilmente entendible. Otras especies, sin embargo, probablemente lograrían adaptarse en las zonas áridas (semi-desérticas) del SE de la Península. Y teniendo en cuenta que las condiciones climáticas de esa región probablemente se extenderán a otras regiones, podríamos afirmar sin equivocarnos que la Península podría convertirse en un futuro no muy lejano en un paraíso para las gacelas...


Cráneo de Gazella borbonica, Villafranchiense de Saint-Vallier (Pleistocene Mammals of Europe / Bjorn Kurten)

Más allá de la ideonidad de nuestros ecosistemas para algunas especies de gacelas como la gacela de Cuvier (Gazella cuvieri) o la gacela de montaña (Gazella gazella), llama mucho la atención el papel desempeñado por el CSIC en la cría en cautividad de algunas especies de gacelas que, desde hace muchos años, contribuye a reintroducir en su medio natural. La experiencia adquirida desde que se creó el centro de recuperación de fauna de zonas áridas hace unos 40 años (ver vídeo a continuación) podría servir para lograr que se establezca en la Península alguna población salvaje de gacelas. La gacela de Cuvier me parecería la candidata ideal pero lo cierto es que tras ver como se ha tratado al arrui estos últimos años desde asociaciones como SEO y Ecologistas en Acción, dudo mucho que la introducción de las gacelas sea bien visto. Y sin embargo me parece que tiene mucha lógica viéndolo desde la perspectiva del cambio climático. Amenazadas en su área de origen y sometidas a condiciones climáticas cada vez menos favorables, su llegada e instalación en la Península Ibérica me parecería la opción más lógica para lograr asegurar su supervivencia a largo plazo.








Una de las gacelas de Cuvier introducidas por el CSIC en Túnez en una típica zona de vegetación mediterránea


Evocaba, en un post anterior, al ahuehuete, árbol nacional de México presente a orillas de muchos ríos en ese país y particularmente bien adaptado a nuestro clima mediterráneo continental. Un pariente próximo del ahuehuete, el ciprés de los pantanos, a veces considerado como la misma especie, forma hoy en día unos bosques absolutamente únicos en las zonas pantanosas de las llanuras litorales del sur de Estados Unidos y del valle del Mississippi Todos conocemos esos bosques, en los que Hollywood ha ambientado muchas películas, y estos nos parecen algo exótico, totalmente ajeno a lo que conocemos. Los estudios de paleobotánica, sin embargo, han demostrado desde hace ya muchos años que tales bosques también estuvieron presentes en nuestro continente antes de que las glaciaciones acabaran con ellos.


Ramillas del ciprés chino

La sorpresa que han deparado los estudios llevados a cabo en Europa, sin embargo, no fue que el ciprés de los pantanos estuviese presente en nuestro continente, sino que esa especie no estaba sola. Otra Cupresácea adaptada a vivir en el mismo tipo de ecosistemas convivió con el ciprés de los pantanos y fue, en muchos lugares, incluso más frecuente y más abundante que esa especie. Hablamos del ciprés chino (Glyptostrobus pensilis), originario de las regiones subtropicales del SE de China y de Vietnam. Como el ciprés de los pantanos, esta especie está adaptada a vivir en zonas pantanosas y en los bancos de los ríos. Ese género estuvo presente, en el Terciario, en todo el Hemisferio Norte pero tan solo sobrevivió en un área muy reducida, en la que ni tan siquiera está claro que aún existan poblaciones realmente naturales. Afortunadamente, la especie se ha utilizado extensivamente para fijar los taludes de los arrozales y eso ha asegurado su supervivencia hasta la actualidad.


Conos fósiles de Glyptrostrobus europaeus (Mioceno, Hungría) / Hungarian Natural History Museum, europaeana collections


Los restos fósiles encontrados en Europa se han asignado a la especie Glyptostrobus europaeus, que estuvo presente en todo el Hemisferio Norte hasta bien entrado el Pleistoceno. Fue en realidad ésta la especie dominante en las zonas pantanosas del continente europeo, siendo bastante abundantes sus restos en muchos depósitos europeos. El caso más extraordinario es el bosque fósil de Stura di Lanzo, en el norte de Italia y datado del Plioceno, en el que se han encontrado las diferentes partes fosilizadas del árbol (hojas, frutos, troncos), permitiendo reasignar a esta especie muchos restos que se habían descrito anteriormente bajo diferentes nombres. De esta especie proviene también, muy probablemente, la mayor parte de la lignita miocena explotada en la mina de Bükkábrány (Hungría).


Base de los troncos conservada en los sedimentos fangosos del Plioceno de Stura di Lanzo (Italia) / Fotografía: (ref)

Aparte de su abundancia en muchos lugares de Europa durante todo el Neógeno, cabe destacar también de esta especie su tardía desaparición en el este del continente europeo. Habría desparecido del delta del Emba (norte del Mar Caspio, Kasajistán) hace aproximadamente 26.000 años (1) y podría haber estado presente hasta el Holoceno en las zonas pantanosas de la costa meridional del Mar Negro (2).



Con la progresiva subida de las temperaturas en la Cuenca Mediterránea, no me parecería descabellada la idea de promover el regreso de esta especie (proxy) en nuestro continente. No tengo constancia de que nadie lo haya intentado pero no me parecería fuera de lugar el ciprés chino en lugares como Doñana o la Albufera donde, sea dicho de paso, ya está presente un pequeño bosquecillo de cipreses de los pantanos. Más teniendo en cuenta que esta especie está catalogada por la IUCN como en peligro crítico de extinción.



Por mi parte, no tengo por ahora una idea muy clara de si esta especie podría cultivarse en nuestro país. Intentaré comprar semillas este otoño para sembrarlas la próxima primavera. Si veo que la cosa va bien, intentaría entonces convencer al ayuntamiento de Moncófar (donde paso mis vacaciones) de permitirme plantarlos en algún solar sin contruir que se transforma en pantano buena parte del año.

Glyptostrobus pensilisFamilia: CupressaceaeOrden: Pinales

Árbol de hasta 15(25) m de altura, tronco de hasta 1,2 m de diámetro, con contrafuertes en su base; corteza de color castaño o blanco grisáceo con matices castaños, que se desprende en largas tiras irregulares; ramas principales patentes, horizontales; ramillas laterales en dos rangos, las de las ramas viejas a menudo muy densos. Hojas escuamiformes adpresas, 1,5-3 × 0,4-0,6 mm, con puntuaciones estomatales blancas dispersas, superficie adaxial convexa, base decurrente y ápice incurvado, ligeramente uncinado. Hojas de las ramillas de primer año erecto-patentes, dispuestas a 40-45º del eje de la rama, con un espaciado de 1,5-2 mm entre ellas, subuladas, ligeramente falcadas y de extremidad recurvada, 2-7 × 0,4-0,6 mm, con líneas estomatales sobre todas las caras y sobre el eje de la ramilla, borde posterior con un ala membranácea estrecha y decurrente. Conos femeninos obovoides, 1,4-2,5 x 0,9-1,5 cm; escamas del cono comprimidas, escamas medianas obovadas, 1-1,3 x 3-5,5 mm, de base cuneada. Semillas de color castaño, elípticas, algo aplanadas, 5-7 × 3-4 mm, con un ala basal de 4-7 mm.

Glyptostrobus 

Arboles semicaducifolios, monoicos; ramillas dimorfas, unas perennes y otras anuales; ramillas perennes verdes durante varios años, con líneas blancas de puntuaciones estomatales, luego estriadas y sulcadas con las bases decurrentes de las hojas; ramillas anuales decíduas, cortas, que nunca desarrollan cicatrices o yemas. Hojas espiraladas, sésiles, trimorfas: en las ramas principales, ramillas perennes (tras el primer año) y ramillas fértiles las hojas son escuamiformes, relativamente gruesas y persistentes unos 2 o 3 años (tipo Cupressus); en las ramillas anuales decíduas de los árboles maduros las hojas se disponen en tres rangos y son subuladas, de sección cuadrangular (tipo Cryptomeria); en las ramillas anuales decíduas de los jóvenes ejemplares las hojas a menudo se disponen en 2 rangos y son sésiles, lineares y aplanas (tipo Taxodium). Conos masculinos terminales, sobre ramillas cortas y erectas cubiertas de hojas escuamiformes, solitarios, elipsoidale; esporofilos 15-20 dispuestos en espiral, sésiles; sacos polínicos (2)5-7(9). Conos femeninos terminales, cortamente pedunculados, erectos una vez maduros, ± piriformes; brácteas de los conos maduros ± completamente soldadas con las escamas del cono, tan solo libre su ápice, triangular, recurvado, situado en la parte central o distal de la cara abaxial de las escamas, con 2 óvulos en su axila; escamas 20-22, dispuestas en espiral, sésiles, leñosas, las basales estériles, las medianas portadoras de 2 semillas, con 6-10 dientes triangulares agudos en su margen distal; escamas distales liguladas, multiangulares, estériles. Semillas elipsoidales, ligeramente aplanadas, pequeñas, con una pequeña ala terminal, recurvada. Cotiledones 4 o 5. Germinación epígea. 2n = 22*.






(1) Richards K. et al. (2017) / Late Pleistocene to Holocene evolution of the Emba Delta, Kazakhstan, and coastline of the north-eastern Caspian Sea: Sediment, ostracods, pollen and dinoflagellate cyst records / Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, Vol. 468, pp. 427–452
(2) Biltekin D. et al. (2015) / Anatolia: a long-time plant refuge area documented by pollen records over the last 23 Million years / Review of Palaeobotany and Palynology, Vol. 215, pp.1-22



Si algo he aprendido durante los últimos meses y años que llevo interesándome por los temas relacionados con el calentamiento global y sus consecuencias es que resulta muy difícil convencer a las personas de la realidad de estos cambios y de la necesidad de actuar ya para que el calentamiento no nos pille en calzoncillos cuando se hagan sentir sus efectos más importantes. Aun siendo un cambio extremadamente rápido a escala geológica, no deja de ser difícil de percibir a escala de una vida humana. Las personas no tienen memoria más allá de lo acontecido en los últimos años y eso dificulta considerablemente la comprensión del fenómeno. Sin embargo, lo que hemos vivido hasta ahora es un simple aperitivo y creo que conviene recordar hoy lo que sabemos del calentamiento en curso. Primeramente que es bien real y que en regiones como el centro de la Península, el clima ya ha sufrido un cambio espectacular desde los tiempos preindustriales. Luego insistir en cuáles son las causas de ese calentamiento, de las que hoy en día nadie duda en el mundo científico. Y, por fin, ser conscientes de cuáles son las previsiones, elaboradas en base a complejos modelos matemáticos o, más simplemente, estudiando los climas del pasado.

1.- Patinando sobre el estanque del Retiro

Suelen decir nuestros mayores que cuando eran jóvenes los inviernos eran mucho más duros y duraderos que en la actualidad. Lo natural es pensar que están chocheando y que su memoria ya no es tan fiable como para creérselo así sin más. Hasta que un día te paras en el Rastro a mirar viejas fotografías y grabados y te encuentras con cosas como éstas:





El estanque del Palacio de Cristal el 17 de enero de 1914.

¿ Tanto ha cambiado el clima en Madrid como para que hoy en día pueda yo mantener la inmensa mayoría de mis cactus sobre la terraza durante todo el invierno sin tener que lamentar prácticamente ninguna pérdida ? La respuesta, una vez más, la encontramos en el Parque del Retiro, donde las temperaturas se miden de un modo regular desde finales del siglo XIX. Lo que nos muestra la evolución de la temperatura media anual en el parque del Retiro es que esa evolución no ha sido regular. Tras un primer período de relativa estabilidad, las temperaturas empezaron a subir poco a poco de principios del siglo XX hasta 1960. En la década de los 60, la temperatura media retrocedió ligeramente (sobre todo muy evidente en la serie del Puerto de Navacerrada) pero a partir de 1970 el calentamiento se aceleró considerablemente, aumentando la temperatura media más de dos grados desde entonces. Ni que decir que llevamos ya más de 5 décadas sin ver los estanques del Retiro helarse por completo...



Evolución de la temperatura media anual en la estación del Retiro de Madrid (curva roja) y del Puerto de Navacerrada (curva azul) según datos públicos de la AEMET.

En el mismo gráfico he reportado también la evolución de la temperatura media en la estación del Puerto de Navacerrada (curva azul). Como se puede ver, ambas curvas muestran la misma tendencia, quedando pues descartada la idea de que el aumento de la temperatura en Madrid pudiera deberse a un eventual “efecto isla” producido por la ciudad. Esta tendencia es similar en todo el centro de la Península. Si nos fijamos ahora en el valor de ese aumento, nos daremos cuenta que la temperatura media en Madrid ha subido, desde tiempos preinductriales, aproximadamente 2,7 grados. Es una subida considerable si la comparamos con el aumento global del planeta (0,8ºC): la temperatura en Madrid sube más del triple que a nivel global ! Así que os dejo calcular. Imaginad que la temperatura global suba esos 2 grados que la comunidad internacional se ha fijado como límite… ¿ Cuánto habrá subido la temperatura en Madrid ? Pues la friolera de 6 a 7 grados… Para haceros una idea, esto significa una subida de los pisos de vegetación de más de 1000 metros. En el Sistema Central, por ejemplo, esto supondría un cambio radical:




2.- De cómo las selvas del carbonífero están cambiando nuestro clima

¿ Qué fenómenos físicos son capaces de explicar el sostenido aumento de las temperaturas que observamos desde hace varias décadas ? Básicamente, la temperatura que hace en la superficie de la tierra se debe al equilibrio existente entre la energía que la atmósfera recibe del sol y la energía que esa misma atmósfera es capaz de retener. O sea, que no se pierde en el espacio. La composición química de la atmósfera es la que determina qué cantidad de calor es capaz de retener. Los gases que la componen, en efecto, retienen parte de la radiación que de otra manera se perdería en el espacio. Se llama “efecto invernadero” a ese fenómeno sin el cual no habría vida sobre la tierra. Algunos gases, como el CO2 y el metano, tienen un altísimo poder de retención del calor. Aunque su concentración en la atmósfera no es importante, desempeñan sin embargo un papel importantísimo en la regulación de la temperatura de la atmósfera. Tal como han demostrado los estudios de los gases retenidos en los hielos polares, la cantidad de CO2 y la temperatura media global de la atmósfera siempre han ido de la mano. O sea, que si sube la cantidad de CO2 en la atmósfera, aumenta el poder de retención del calor de la atmósfera. La relación es prácticamente matemática. Cosa que no es de extrañar, sea dicho de paso, puesto que es una consecuencia demostrada de la física de la atmósfera.



Pues bien, sabiendo que durante buena parte del siglo XIX y todo el siglo XX hemos estado quemando buena parte del carbono acumulado en los sedimentos de la tierra durante ciento de millones de años, ¿ se esperaba alguien otra cosa que lo que está ocurriendo ? El aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera es una consecuencia directa del consumo de hidrocarburos fósiles durante los últimos 150 años y la subida de la temperatura es una consecuencia lógica de ello. Todo el carbono secuestrado por las plantas desde el Carbonífero y almacenado en las entrañas de la tierra se está liberando de golpe en la atmósfera en apenas un par de siglos. Quienes afirman que esto no tiene consecuencias son, lisa y llanamente, unos mentirosos que ignoran hasta las leyes más elementales de la física.


3.- ¿ De vuelta al Plioceno ?

El año pasado la concentración de CO2 en la atmósfera franqueó la barrera de los 400 ppm. Dicho así pudiera parecer que la cifra no significa gran cosa. Para entender las implicaciones que tiene esto, es preciso insistir en un hecho crucial: no se alcanzaba tal nivel de CO2 en la atmósfera desde el Plioceno. A muchas personas, esto les parecerá anecdótico. Sin embargo, tal como se puede ver en la curva que copio a continuación, la temperatura media global en el Plioceno superaba en bastante más de dos grados la temperatura media global actual. Sabiendo que existe una estrecha relación entre la concentración de CO2 en la atmósfera y la temperatura media global, esto nos lleva a una conclusión inquietante: de seguir igual la concentración de CO2 en la atmósfera (no digamos ya nada si sigue subiendo), la temperatura media global debería seguir subiendo hasta alcanzar el valor que tenía en el Plioceno. O sea, que ahora mismo la temperatura no se ha equilibrado con respecto al nivel de CO2 de la atmósfera...



Pues nada, aunque imagino que tras leer este artículo, una mayoría de personas se habrá quedado tan pancha, me permito acabar este artículo dándoos unos cuantos consejos políticamente incorrectos de cara al futuro:

1.- Si vas a comprar una casa en la costa, no lo hagas en primera línea de costa o en zonas situadas a menos de 5 metros de altitud. De ser ciertas las predicciones de los científicos más pesimistas, tu casita (inversión) acabará siendo engullida por el mar.

2.- Si vas a repoblar alguna colina en el pueblo de tu infancia, no sigas al pie de la letra el consejo que te darán los ecologistas más acerrimos: además de recoger semillas de árboles del lugar, planta también semillas de árboles provenientes de hasta 1000 km más al sur y de hasta 1000 m por debajo que el lugar en el que piensas plantar tus arbolitos.

3.- No arranques sistemáticamente todas las plantas exóticas que veas. La mayoría de ellas han venido para quedarse. Los paisajes del futuro no se parecerán en nada a los que conociste cuando eras niño...

4.- La sequía que asola el SE de la Península puede parecer excepcional hoy en día pero será la norma en el futuro. Un auténtico desierto está a punto de desarrollarse en el SE de la Península Ibérica y algunos se obstinan en erradicar una especie como el arrui, prefiriendo ver bisontes y cabras montesas en lugares en los que estarían más a gusto gacelas y camellos...

Desde que publicara mi primer artículo dedicado al cambio climático en este blog ( ¿ De regreso al Mioceno ? ), mi planteamiento no ha variado mucho. Para mí, que soy geólogo de formación, el pasado es la clave que nos puede permitir entender mejor hacia donde nos lleva el actual cambio climático (aplicando, al revés, el principio de actualismo en el que se basa el estudio de los ecosistemas antiguos). Conociendo como eran los ecosistemas del pasado, nos podemos hacer una idea aproximada de cómo podrían ser los ecosistemas del futuro. Ese conocimiento también nos ofrece la posibilidad de ir pensando en qué podríamos hacer para mitigar los efectos del cambio climático, favoreciendo la migración de especies que conllevará inevitablemente un cambio climático inédito que, de aquí a finales de siglo, podría devolvernos a condiciones nunca vistas desde el Plioceno o, si nuestra sociedad no escucha el mensaje que le manda la naturaleza, el Mioceno. Subestimar esos cambios sería una actitud suicida. Estamos hablando muy probablemente de una subida en altitud de los pisos de vegetación de más de 1000 metros y de una migración hacia el norte de los grandes biomas de 1000 a 1500 km. O sea, más o menos el tamaño de la Península Ibérica. Me parece pues muy interesante echar una ojeadita hacia ese pasado olvidado para hacernos una pequeña idea de los cambios que cabe esperar. En este artículo, sin embargo, no pretendo hacer una síntesis de todo lo que sabemos de los ecosistemas de finales del Terciario en la Península Ibérica. Me limitaré a describir, de manera breve, algunos ecosistemas que estuvieron presentes en nuestra geografía a finales del Terciario y que hoy asociamos a lugares exóticos…

Laurisilvas

En zonas de clima templado húmedo en las que los contrastes estacionales no son demasiado marcados y los inviernos relativamente suaves, se desarrolla un tipo de vegetación en el que dominan especies perennifolias que suelen tener hojas de tipo lauroide (hojas anchas, ovales, coriáceas, lustrosas, muy parecidas a las de las especies pertenecientes a las Lauráceas), razón por la cual se las suele llamar “laurisilvas”. Estos bosques suelen albergar una gran diversidad de especies arbóreas en áreas continentales. En las Canarias y demás islas de la región macaronésica esa diversidad es menor debido la imposibilidad que tuvieron muchas especies de alcanzar esos refugios debido a sus mecanismos de dispersión (la mayoría de las especies presentes en Macaronesia son ornitócoras). Aun así, las laurislivas canarias presentan una diversidad mucho más alta que la de los bosques peninsulares, en los que domina generalmente una única especie.


Laurisilva de la isla de La Palma (Canarias) / Fotografía: Fährtenleser / Licencia: Creative Commons


A finales del Terciario, las laurisilvas estaban aún presentes en algunas zonas del norte peninsular como Cataluña y buena parte de la fachada atlántica. Además de las especies y géneros que hoy podemos ver en Canarias, estas laurisilvas terciarias también incluían especies pertenecientes a géneros como Cinnamomum, Symplocos, Engelhardia, etc. Cabe destacar que también incluían estas laurisilvas varias especies de Fagáceas de hojas lauroides hoy en día desaparecidas. La última especie de ese género con una clara afinidad con las laurisilvas es el quejigo andaluz, cuyo nombre específico tal vez no sea un error, como ya se discutió en un artículo anterior (¿ Desvelado el misterio del roble canario ?). Su presencia hoy en día en Cataluña, en una región que fue probablemente el último reducto de las laurisilvas en el continente y muy alejada del resto de sus poblaciones ibéricas es en todo caso bastante revelador.


Bosque de quejigos andaluces en el Canuto de Risco Blanco (Cádiz) / Fotografía: TROTONES BLOG


¿ Podrían volver a constituirse auténticas laurisilvas en nuestro país ? Aunque parezca ciencia-ficción a ojos de muchos, tal vez no andemos muy lejos de que se vuelvan a dar las condiciones para ello. En el sur de los Alpes, el aumento de las temperaturas invernales ha propiciado la expansión de numerosas especies perennifolias escapadas de cultivo (Trachycarpus fortunei y Cinnamomum glandulosum sobre todo). En otras partes de Europa, especies como el ojaranzo o el laurel cereza se han expandido en muchos bosques caducifolios, en un fenómeno que se ha llamado “laurofilización”, del que ya hablamos en un artículo anterior (La laurofilización de los bosques europeos). De ahí a imaginar que “vuelvan” a la Península las especies de la laurisilva canaria, tal vez quede aún un buen trecho por recorrer. Aunque, sabiendo que el viñátigo (Persea indica) se ha naturalizado en la Serra de Sintra (Portugal), tal vez esa percepción sea más bien fruto de nuestros prejuicios que de una real imposibilidad de que esas especies se aclimaten en las zonas más favorables de la Península…

Manglares

Una de las mayores sorpresas que han deparado los estudios llevados a cabo en los sedimentos pliocénicos de Cuevas de Almanzora (Almería) por el paleontólogo valenciano Joaquín Ricardo Sendra ha sido el descubrimiento de un auténtico manglar, constituido por restos excepcionalmente bien conservados de al menos dos géneros propios de este tipo de ecosistema: Avicennia y Rhizophora. Que yo sepa, este trabajo aún no ha sido publicado pero de ese descubrimiento ya se hizo eco la prensa al celebrarse las XXIX Jornadas de la Sociedad Española de Paleontología en 2014 en Córdoba ( Un valenciano descubre en Almería fósiles de manglares de hace 2,5 millones de años. La presencia de manglares en la costa sur de la Península hasta una época tan reciente (2 a 3 millones de años) sugiere que una vuelta a condiciones climáticas muy similares a las de aquella época podría provocar en algunas regiones cambios que hemos subestimado. Hoy en día, los manglares más septentrionales de la costa occidental de África se sitúan en el norte de Mauritania a aproximadamente 2000 km al sur de la Península Ibérica . Para que un cambio de tamaña magnitud sea posible, probablemente esté involucrado algún cambio importante en las corrientes marinas o en la atmósfera que, de producirse en algún momento, probablemente cambie radicalmente el paisaje de algunas regiones ( ¿ Sahara ? ).


Rhizophora mangle en la isla de San Salvador, Bahamas / Fotografía: James St. John / Licencia: Creative Commons


Siendo el manglar un ecosistema que se sitúa en la línea de costa, cabría preguntarse igualmente cómo evolucionará el nivel del mar de aquí a finales de siglo. Las primeras previsiones que se hicieron eran relativamente modestas (se calculaba un aumento de unos 30 cm) pero desde hace algunos años, las previsiones se han vuelto mucho más pesimistas al constatar la velocidad a la que se está derritiendo el casquete polar de Groenlandia. Así que quién sabe si a finales de siglo no nos encontraremos con un enorme manglar a las puertas de Sevilla…


Aspecto de la costa occidental de Andalucía si el nivel del mar subiera 5 metros ( http://www.floodmap.net )


Bosques inundables de las zonas templadas cálidas

Otro ecosistema propio de las zonas templadas cálidas, que desapareció por completo del continente europeo son los bosques inundables dominados por especies de los géneros Taxodium y Glyptrostrobus, acompañados por frondosas de diversos géneros que toleran permanecer en el agua durante largos periodos de tiempo. Todos tenemos en mente imágenes de los bosques del valle del Mississipi o de los Everglades, con sus característicos cipreses de los pantanos, en los que se han rodado tantísimas películas. Al contemplar esos paisajes, no somos conscientes que en realidad este tipo de ecosistema tuvo antes de las glaciaciones una repartición holárctica, habiéndose encontrado fósiles de ambos géneros por todo el Hemisferio Norte.




En la Península Ibérica este tipo de bosques parece haber estado presente en todas las grandes zonas aluviales. Especies como el plátano (Platanus orientalis), el liquidámbar (Liquidambar orientalis), el pacanero (Carya sp.) o el tupelo (Nyssa sp.) eran acompañantes comunes de estas cupresáceas en este tipo de bosques. Al ocupar este tipo de bosques zonas intensamente aprovechadas para la agricultura y al no discurrir los ríos libremente por esas llanuras , parece poco probable que este tipo de bosque logre establecerse en la Península a no ser de forma muy localizada, en zonas protegidas. Estos ecosistemas probablemente sustentaron a finales del Terciario y ya bien entrado el Quaternario los elementos más exigentes de la megafauna de aquella época (elefántidos, rinocerontes, hipopótamos).

Sabana

De todos los ecosistemas de la tierra, ninguno como la sabana ilustra tanto la delicada relación de equilibrio que existe entre la vegetación y la fauna que de ella se alimenta. Las sabanas se desarrollan bajo climas tropicales y subtropicales, en regiones con una marcada estacionalidad, siendo la ausencia de precipitaciones durante parte del año la que determina la fisonomía del paisaje. Los estudios paleobotánicos han demostrado que a finales del Terciario, buena parte de la Península estaba cubierta por un tipo de vegetación abierto en el que los elementos arbóreos estaban dominados por especies micrófilas adptadas a la sequía. Especies como las acacias, hoy ausentes, estaban presentes en nuestras mesetas, acompañadas por elementos precursores del bosque mediterráneo como la encina, que más adelante se convertiría en el elemento dominante de nuestros bosques, al demostrar estar perfectamente adaptada para aguantar los cambios estacionales del clima mediterráneo. Las especies más estrictamente termófilas, como olas acacias, en cambio desaparecieron.


Sabana (Zanzibar) / Fotografía: Autor desconocido


Pues nada, nadie sabe a ciencia cierta lo que nos reserva el futuro pero la evocación de estos paisajes y ecosistemas del pasado nos puede dar algunas pistas de lo que podría pasar. Siempre y cuando lo permitamos y acompañemos esos cambios que, a día de hoy, parecen inevitables. Lo que pretendo lograr, sobre todo, al hacer este pequeño repaso de los ecosistemas desaparecidos del Terciario, es que todos tomemos consciencia de la dimensión de los cambios que se han iniciado hace siglo y medio, cuando empezamos a liberar en la atmósfera el carbono acumulado durante cientos de millones de años en la litosfera…
Quien haya recorrido caminando el Sistema Central y sus extensos pinares probablemente se habrá hecho en algún momento la misma pregunta que me obsesiona desde hace un tiempo: ¿ cómo era el Sistema central antes de las glaciaciones ? El aspecto actual de su vegetación es el legado de dos fenómenos que prácticamente se han sucedido en el tiempo: las glaciaciones y el impacto del hombre sobre los ecosistemas. El resultado es que hasta hace poco tiempo, el Sistema Central estaba prácticamente desprovisto de vegetación arbórea, víctima del sobrepastoreo y de la intensa explotación maderera a la que se veía sometido. Prácticas como el carboneo redujeron los bosques de melojos a un estado arbustivo del que nunca se recuperaban y la explotación maderera hizo desaparecer los pinos de amplias zonas en las que hasta se llegó a pensar que nunca hubo cobertura arbórea (Gredos). La buena salud de los bosques actuales mucho tiene que ver con los esfuerzos de repoblación que se llevaron a cabo a partir de los pocos pinares que se mantuvieron, protegidos por el status particular del que gozaban (Valsaín, Hoyocasero).

Vista del pinar de Hoyocasero, una auténtica reliquia en la Sierra de Gredos / FOTO: Wikiloc


Que se haya repoblado buena parte del Sistema Central con pinos no significa, sin embargo (contrariamente a lo que mucha gente puede pensar), que ese no sea el lugar del pino. Se han llevado a cabo muchos estudios palinológicos sobre sedimentos post-glaciales y conocemos hoy bastante bien cual fue la evolución de la vegetación tras el último periodo glaciar. La principal conclusión de estos estudios es muy clara: los pinos (el pino albar mayoritariamente) reconquistaron el Sistema Central tras la última glaciación y su presencia es por lo tanto absolutamente natural. Lo que sorprende sobre todo en el Sistema Central es el poco desarrollo que alcanzaron muchas especies de frondosas. Especies como el haya y el castaño ocupan áreas muy poco extensas. Otras especies tienen una presencia casi testimonial. Sin embargo, sí que parece que en los períodos más húmedos del Holoceno, pudieron alcanzar estas especies una extensión algo mayor. El impacto de las actividades humanas parecen sin embargo haber cortado de raíz esta incipiente recolonización. Tal como demuestran repoblaciones como la del Monte Abantos (El Escorial), especies como el haya hubiesen podido establecerse en otros muchos lugares.

Hayas en las faldas del Monte Abantos (Madrid) / FOTO: Miguel Varona


Otra de las sorpresas mayores que ha reservado el estudio de los sedimentos post glaciales en la Sierra de Gredos (4) es la existencia local de una población de cedros que desaparecieron hace pocos milenios, al mismo tiempo que los pinos, cuando esta sierra fue arrasada por la explotación humana. Aunque algunos autores afirman que puede tratarse de aportes eólicos, la abundancia de polen de cedro en un depósito particular y su total ausencia en otros no muy lejanos no cuadra en absoluto con un aporte eólico. De tener un origen africano ese polen, se tuviese que haber encontrado de forma dispersa en todos los depósitos de la zona, cosa que no ha ocurrido. Esa presencia tan tardía del cedro en el Sistema Central y en la Península Ibérica nos lleva naturalmente a enlazar con la que era la pregunta inicial de este artículo: ¿ qué hubo antes de las glaciaciones ? Las cosas aquí se complican un poco, ya que son muy escasos los yacimientos datados del Pleistoceno Inferior o del Plioceno en todo el centro de la Península. Y en la mayoría de ellos se han estudiado más bien las faunas antes que su vegetación. Son mucho más abundantes los depósitos del Mioceno en la cuenca de Madrid, que nos dan una pequeña e indirecta idea de cómo pudo ser la vegetación del Sistema Central antes de que las glaciaciones vinieran a cambiar por completo el panorama existente.

El cedro de la francesa en Béjar, en una región en la que esta especie sobrevivió hasta hace escasos milenios / FOTO: Javier Elcuaz del Arco


En el Mioceno Medio, el clima era más cálido que el actual y los estudios llevados a cabo sobre los micromamíferos demuestran que la vegetación de la Cuenca de Madrid era de tipo abierto y xérica (2). Los pocos estudios palinológicos y de macrofósiles nos muestran una cuenca en la que existía un fuerte contraste entre las zonas más secas (abanicos aluviales), las zonas aluviales, y las zonas montañosas. Este es el aspecto que tenía la flora en el Mioceno en la Cuenca de Madrid, tal como se desprende del análisis palinológico de los sedimentos de aquella época (1):







Este tipo de vegetación se mantuvo probablemente hasta el Pleistoceno Inferior, época tras la cual desaparecen buena parte de las especies más sensibles al frío. En el Pleistoceno Medio, las especies presentes en esta misma cuenca corresponden ya todas a especies actuales (3).

En la meseta norte, los estudios palinológicos llevados a cabo sobre depósitos del Mioceno o del Plioceno son tan escasos como en la meseta sur. Los pocos estudios disponibles muestran en la meseta norte un claro predominio de las Gimnospermas, fundamentalmente de pinos y Taxodiáceas pero también, en menor medida, Tsuga (proveniente de los relieves cercanos), Sciadopitys, Sequoia y Ginkgo. Las Angiospermas mejor representadas parecen ser las Palmáceas, las Fagáceas (Quercus y Fagus) y las Moráceas aunque también están representadas otras familias como las Betuláceas (Alnus, Corylus), Canabáceas (Celtis) , Ulmáceas (Ulmus, Zelkova), Juglandáceas (Juglans, Pterocarya, Carya es localmente muy frecuente), Oleáceas (Fraxinus, Phyllirea, Ligustrum) y Salicáceas (Populus, Salix). La imagen que nos transmiten estos estudio es la de una meseta norte menos árida que la meseta sur, con una mayor diversidad de especies arbóreas y una menor frecuencia de especies xerófilas.

Más hacia el oeste, en el valle del Miño (depósitos de San Pedro de la Torre, Portugal), la imagen es bastante parecida (5), aunque aparecen allá taxones más termófilos como Engelhardia (Juglandaceae), Symplocos, Myrica o Cathaya (Pinaceae), que se mantendrían en la Península Ibérica hasta comienzos del Pleistoceno. Cabe destacar la abundancia en esa región de taxones como Liquidambar y Pterocarya, que probablemente formaban vastos bosques aluviales junto con otros taxones como Taxodium, Glyptrostobus y Nyssa.

Great Dismal Swamp (EE.UU.)


En las zonas montañosas el clima era lógicamente más “fresquito”, probablemente de tipo submediterráneo y con cambios estacionales menos marcados en la vertiente norte. La flora de estos pisos debía parecerse bastante a la que se puede observar hoy en día en algunas zonas del Cáucaso o del norte de Irán, con bosques dominados por Zelkova, Quercus, Castanea, Fagus y Parrotia en las alturas intermedias, Pinus, Cedrus, Tsuga, Abies y Picea en cuotas más altas. Lo cierto es que no disponemos de depósitos sedimentarios de esa edad en el corazón mismo del Sistema Central y que nos toca imaginar cual pudo ser su flora a partir de los análisis realizados en otras zonas. Ojalá algún análisis inesperado nos ayude a arrojar algo más de luz. Por ahora, todo son conjeturas. Imaginar cómo pudo ser la vegetación que cubría entonces el Sistema Central al menos nos sirve para entender cómo es posible que algunas especies exóticas logren prosperar en un sistema montañoso en el que parece que el pino es la única especie posible...

Tal vez tuviera este aspecto el Sistema Central en el Mioceno y el Plioceno (Kelardasht, Provincia de Mazandaran, Irán)...


(1) Fernández Marrón, M. T., Fonollá Ocete, J. F., Sesé Benito, C. y Jiménez Rodrigo, J. C. 2004. Estudio paleoambiental de nuevos yacimientos de plantas y vertebrados de la “Unidad Intermedia” del Mioceno Medio de la cuenca de Madrid. [Palaeoenvironmental study of new plants and vertebrate sites of the “Unidad Intermedia” from Middle Miocene of Madrid basin.] Revista Española de Paleontología, 19 (2), 199-213
(2) Sesé C. & Jiménez Rodrigo J.C. (2014) / El Aragoniense Medio y Superior en el Suroeste de Madrid: Los nuevos yacimientos de Micromamíferos del Mioceno Medio de Villaviciosa de Odón y Leganés. / Estudios Geológicos, Vol. 70(1), pp. 1-25
(3) Ruiz Zapata1 B., Gil García M.J., Panera J. , Rubio-Jara S., Pérez-González A. (2017) / Paisaje vegetal y clima durante el Pleistoceno Medio en la cuenca media (Valdocarros) y alta (Redueña) del río Jarama (Madrid), a través del análisis polínico / Geogaceta, Vol. 61, pp. 35-38
(4) Ruiz-Zapata1 M.B. et al. (2011) / Dinámica de la vegetación durante el Holoceno en la Sierra de Gredos (Sistema Central Español) / Bol. R. Soc. Esp. Hist. Nat. Sec. Geol., Vol. 105 (1-4), pp. 109-123
(5) Valle Hernández M.F. & Salvador de Luna J.V. (1985) / Palinología del Neógeno de la Cuenca del Duero. Castrillo del Val (Burgos) / Estudios geol., Vol. 41, pp. 237-241
(6) Vieira M., Poças E., Pais J. & Pereira D. (2011) / Pliocene flora from S. Pedro da Torre deposits (Minho, NW Portugal). / Geodiversitas, Vol. 33 (1), pp. 71-85.



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SOBRE EL AUTOR

Geólogo de formación, nacido en Suiza pero establecido en España desde hace más de 20 años, trabajo actualmente en el sector de la informática (soporte). Eso no me ha impedido mantener vivo mi interés por los temas medioambientales, el cambio climático en particular, cuyas consecuencias intento anticipar buscando respuestas en ese pasado no tan lejano hacia el que parece que estamos empeñados en querer volver.

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