Crónicas de un mundo en mutación


El cambio climático ya es una realidad que promete modificar profundamente nuestros paisajes, nuestra flora y nuestra fauna.
El pasado es una ventana que nos permite intuir cómo será ese futuro que os propongo descubrir.

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Ya era hora, tras casi dos años de silencio, que hiciera un pequeño resumen de lo que he podido aprender / observar durante este tiempo plantando árboles en mi barrio. Contrariamente a mi planteamiento inicial (Primer año plantando árboles), he renunciado por completo a plantar árboles en la zona estrictamente urbana, ya que me los han cortado sistemáticamente y no merece la pena perder tiempo en plantar árboles valiosos condenados de antemano. Así que he centrado todos mis esfuerzos en el pequeño descampado que tengo cerca de casa, donde mis arbolitos pueden crecer tranquilamente sin atraer la atención de nadie o de casi nadie. Además, he tenido la inmensa suerte este año de que los jardineros respetaran los arbolitos que había plantado, gracias probablemente a que los tenía debidamente protegidos con vistoso protectores que hasta ahora parecen haber desempeñado perfectamente su papel. Saludo desde aquí al equipo de jardineros que se ocupa de esta zona y les doy las gracias por su comprensión.



Antes de pasar a contaros qué dieron de sí las distintas especies que he testeado en este descampado, quisiera hacer aquí una pequeña puntualización destinada a todos aquellos que preguntan siempre porqué no planto especies autóctonas. Lo primero que hay que remarcar es que nos situamos aquí en pleno piso mesomediterráneo y que la especie arbórea que naturalmente todos te aconsejan plantar es la encina. Pues bien, no vayáis a pensar que nadie lo haya intentado. En la fotografía anterior podéis ver unas cuantas encinitas plantadas aquí hace unos 10-20 años. Como podéis ver, las pobres no pasan de simples arbustos. Alguno de los árboles que he plantado yo estos últimos años ya las sobrepasa holgadamente. Plantar encinas en un auténtico suelo puede que sea una buena idea pero sobre escombros como los que se acumularon aquí, francamente, no tiene mucho futuro. En la misma fotografía podéis ver algunos olmos de Siberia que han crecido espontáneamente en ese mismo lugar y qué queréis que os diga, no me hace falta plantar más encinas para llegar a una conclusión que esta fotografía evidencia con crudeza. Lo que a mí me interesa es testear especies que aún no conozco y cuyo comportamiento en este clima me interesa investigar. Aprender cosas nuevas e inéditas que puedan algún día ser de utilidad. Así que veamos qué he aprendido estos últimos años...



Braquiquito (Brachychiton populneus)

Imposible no empezar este pequeño resumen sin hablaros del braquiquito y, en particular, del ejemplar al que ya me refería en el anterior artículo. Tal como explicaba entonces, tras plantarlo en el descampado, este pequeño braquiquito (el único que sobrevivió de los plantados en 2018) sufrió una serie de percances que ningún otro árbol hubiese sido capaz de sobrellevar. Fue devorado dos veces por los conejos, cortado por los subcontratas que cortaron la hierba del descampado y finalmente incendiado. En agosto de 2018, no quedaba casi nada de él: tan solo un pequeño muñón que apenas sobresalía del suelo pero del que ya brotaban pequeñas hojas tiernas:



El caso es que en la siguiente primavera emitió un tallo nuevo que creció rápidamente durante la primavera de 2019, hasta alcanzar aproximadamente una altura de 1,20 m. Las fotografías que reproduzco aquí os muestra su posterior desarrollo, entre los meses de agosto de 2019 (fotografía de la izquierda) y el mes de agosto de 2020, en el que alcanza ya aproximadamente 2,10 m. Un crecimiento muy interesante teniendo en cuenta que se trata, a priori, de una especie perfectamente adaptada a las condiciones de sequía de este lugar. Eso sí, para lograr este crecimiento he tenido que aportar agua en los meses de verano. La idea, sin embargo, es lograr primero que el árbol arraigue bien y desarrolle un potente sistema radicular. Una vez logrado esto, ya podré ir pensando en prescindir de los riegos.



Aparte de este primer braquiquito, volví a transplantar esta primavera varios ejemplares que sembré el año pasado y de momento todos muestran un buen aspecto, a pesar de no haber crecido mucho (el qué más alcanza una altura de unos 30 cm). Claro que esta fase inicial me la perdí por completo en el caso del primer ejemplar que os describía. Me imagino pues que tras este primer año de crecimiento moderado, darán el estirón el año que viene, tal como ocurrió con el primero. Estoy realmente muy impaciente por ver como estos árboles van a cambiar el paisaje en la parte del descampado en la que están, porque los planté voluntariamente en una zona muy complicada en la que ni tan siquiera logra establecerse de manera duradera ningún tipo de vegetación herbácea. Lograr que aquí crezcan estos árboles sería un logro importante. La respuesta la tendremos en muy pocos años. De momento los arbolitos tienen buena pinta y espero reforzar esta pequeña población la primavera que viene con los ejemplares nacidos de las últimas semillas que me traje de Barcelona.



Árbol de la gutapercha (Eucommia ulmoides)

Tras un primer intento algo frustrante en 2018 por culpa de las numerosas bajas que sufrí sobre el terreno por culpa de los conejos y de los jardineros, volví a plantar la primavera siguiente un par de eucommias que se habían quedado sobre mi terraza. Una de ellas la planté en un lugar relativamente expuesto al sol y la otra en el sotobosque de un pequeño bosquete de álamos. Ambas bien protegidas por su correspondiente protector. El crecimiento de ambas fue satisfactorio durante el año 2019 aunque relativamente lento. Curiosamente, la más expuesta al sol fue la que mostró mayor vigor. 2019 acabó, sin embargo, con una nota amarga: un conejo logró colarse por debajo del protector cavando una galería en su base y dejó sin hojas la eucommia del sotobosque, que quedó reducida a un palito de unos 10 cm de altura. No eché la toalla, sin embargo y confié en que se recuperaría el año siguiente, cosa que efectivamente hizo emitiendo en primavera un largo tallo de unos 50 centímetros que ahora asoma del protector. La otra eucommia, que muestra un crecimiento de lo más anárquico, es todo un espectáculo y parece haberse enraizado muy bien, puesto que en ningún momento del año ha nostrado ningún síntoma de estar sufriendo por la falta de agua. EL verano del año pasado se quedó más de 2 semanas y media sin regar en lo más fuerte del verano (estaba yo de vacaciones) y ni se inmutó. Realmente, me da la sensación que una vez bien establecida, esta especie debería ser capaz de aguantar los meses de sequía estival que caracterizan nuestro clima, un poco al estilo del olmo de Siberia, con mala pinta si llega a pasar sed pero aguantando el tipo hasta que por fin cae la lluvia.



Como bien sabrán los que siguen este blog, la eucommia es una especie "paleoautóctona" que ya estuvo presente en nuestro país en el pasado (desaparecio en el Pleistocen Medio) y mi sensación es que sería perfectamente capaz de sobrevivir en una amplia gama de climas del continente europeo. El experimento sigue y ya veremos qué da finalmente de sí esta especie, de la que he vuelto a plantar más ejemplares en distintos puntos del descampado. Lo único que puedo decir por ahora es que parece aguantar bastante bien el hecho de ser transplantada y que parece tener una buena capacidad a aguantar la sequía una vez bien establecida.



Tipa (Tipuana tipu)

Mi intento de plantar tipas en el descampado a partir de semillas traídas de Barcelona fue un auténtico desastre, tal como lo relataba ya en el anterior artículo que escribí. Tan solo sobrevió una sobre mi terraza, donde estuvo vegetando casi 2 años y a la que se le había roto el tallo principal. A pesar de su mal aspecto, decidí, sin embargo, darle una oportunidad. Más que nada por ni tirarla a la basura así sin más. Aunque los jardineros respetaron todos los árboles que había plantado, este lo vieron en el último momento y perdió unas cuantas hojas. Aún así, me está sorprendiendo. La fotografía que muestro a continuación muestra su aspecto actual, con varios tallos creciendo y muchas hojas desarrollándose. Lástima que me quedase sin semillas y que no sepa cuando podré volver a Barcelona o a Valencia. Ojalá el año que viene hayamos logrado por fin salir del bache actual y pueda yo volver a recoger semillas de las especies que crecen en sus calles...





Pacanero (Carya illinoinensis)

Novedad en el descampado, este año por fin me he decidido a plantar unos cuantos pacaneros en la zona más húmeda del descampado, protegidos por árboles como álamos y sauces. Planté tres pero a uno de ellos no pude ponerle protector. Al día siguiente los conejos ya se lo habían comido... Por ahora tengo poco que contar. No tienen, que digamos, muy buen aspecto. No han crecido casi nada pero sospecho que todo el esfuerzo se concentra bajo tierra por el momento. Así que mientran sobrevivan, hay esperanza de verles crecen con algo más de vigor la próxima primavera.



Estos pacaneros nacieron de semillas recogidas en el Jardín del Príncipe de Aranjuez, donde esta especie se plantó hace ya varios siglos. No se trata pues de ninguna variedad "mejorada" sino de un fenotipo bastante próximo al natural. Aún así, hay que tener en cuenta que esta especie lleva siglos, por no decir milenios, siendo manejada y favorecida por las poblaciones autóctonas de Norteamérica. De cara al futuro del descampado, conseguir que estos pacaneros salgan adelante sería muy interesante teniendo en cuenta el recurso que representan su nueces, tanto para nosotros como para la fauna del barrio.



Pterocaria del Cáucaso (Pterocatya fraxinifolia)

Por fin he podido plantar este año mi primera petrocaria del Cáucaso. Tengo otra preparada sobre la terraza que no me dio tiempo transplantar antes del confinamiento y que transplantaré este otoño. En este caso no hay ninguna duda acerca de su necesidad de poder disponer constantemente de agua y la he plantado directamente a la orilla del pequeño arroyo que nace en el descampado, cosa que no hice con el ahuehuete en su día y de lo que me arrepiento un poco hoy.



La pterocaria es para mí una de las especies "paleoautóctonas" más emblemática. Volvió a reconquistar sus antiguos dominios en prácticamente todos los periodos interglaciares y me parecía importante asegurar su presencia teniendo agua a disposición de forma permanente. Al menos hasta ahora.



Ahuehuete (Taxodium mucronatum)

El estado actual del único ahuehuete que tengo plantado en el descampado me tiene muy preocupado. Me había confiado yo mucho en los casi 3 años que lleva plantado sin necesitar ni un solo riego. Este verano, sin emabrgo, se me ha secado casi por entero. Tengo la sospecha de que la sequía a menguado sensiblemente el caudal del pequeño arroyo y que este árbol ya no recibe el agua de la que disponía anteriormente. Así he montado una especie de operación "Salvar al Soldado Ryan" para evitar que se me muera. Lo veo muy complicado pero las puntas del tallo y de las ramas tienen bastante buena pinta. Si sobrevive, este invierno intentaré desviar ligeramente el arroyito para que llegue un hilito de agua al pie del ahurhurte. Tengo, de todos modos, varios ejemplares sobre la terraza que podrían sustituirle (y que no sé donde plantar, sea dicho de paso)...





Algarrobo (Ceratonia siliqua)

Al ensayar esta especie estoy en realidad siguiendo la misma lógica que con el braquiquito. He escuchado tantas veces aquello de que esta especie no está adapatada al clima demasiado frío del centro de la Península, que he decidido verificarlo y no dejarme guiar por suposiciones. Tengo unos cuantos dispersos por el descampado que de momento no parecen dar señales demasiado positivas. Ya veremos la próxima primavera si por fin se "arracan" a crecer un poco más...



Árbol de la vida (Platycladus orientalis)

Frecuente en los parques del barrio, tenía yo curiosidad por saber si sería capaz de sobrevivir en condiciones más difíciles que la de los parques. En teoría y basándome en los datos de la literatura esta especie es teorícamente capaz de sobrevivir con niveles de precipitación muy similares a los del centro de la Península. Eso sí, tal vez mejor repartidas. El dato más esperanzador que encontré y que me convenció de llevar a cabo el ensayo es el de su presencia en el Norte de Irán, en zonas de clima mediterráeo en las que convive con el ciprés (CUptessus sempervirens). Tenía que salir de dudas pero solo me dio tiempo, antes del confinamiento, de plantar un único ejemplar. Los demás están tranquilamente esperando sobre la terraza a que llegue el otoño para transplantarlos. Es pues un poco temprano aún para sacar ningún tipo de conclusión. Eso sí, el ejemplar que transplanté en el descampado aún sigue vivo.





GIngko (Ginkgo biloba)

Con el ginkgo acabo esta vueltecita por el descampado. De todas las especies, es la que más dudas tengo en cuanto a su viabilidad. En realidad lo que estoy haciendo es plantarlo en una diversidad de condiciones para intentar entender mejor cual es el límite de lo que aguanta. O sea, que cuando deje de darles riegos veraniegos, puede que se me mueran todos. Es lo que tiene este jueguecito. También se aprende algo de los errores que uno comete...



Pues nada, aquí acabamos esta pequeña visita virtual del descampado. No sé, claramente, qué quedará de todo esto dentro de 5 o 10 años. Pero como ya lo decía anteriormente, la plantación de estos árboles es ante todo un experimento. Mentiría diciendo que no me haría ilusión que algunos de ellos me sobrevivieran, pero soy consciente que todo esto es una apuesta que tiene tantas posibilidades de salir mal como de salir bien...
En esta serie dedicada a las especies paleoautóctonas, nos hemos centrado sobre todo hasta ahora en describir las especies arbóreas que poblaron los bosques del Terciario de nuestro continente. Nos hemos olvidado, al hacerlo, de un elemento fundamental en los bosques tropicales y subtropicales: las especies trepadoras leñosas. Este artículo lo dedicaremos pues a un género que pertenece a una familia que, sin embargo, conocemos muy bien y que es de vital importancia en nuestra economía: las Vitáceas, familia de la vid, cuyo antecesor silvestre es el único representante de esta familia en Europa. Esta familia tiene una distribución esencialente tropical y subtropical y está constituida por 12 géneros y aproximadamente 700 especies. Existen sin embargo dentro de esta familia algunos géneros y especies en las zonas templadas del Hemisferio Norte, como el que hoy os propongo descubrir...



Hoja de Parthenocissus quinquefolia en otoño.



Es probable que en algún paseo por vuestra ciudad en algún momento os hayáís fijado en la presencia de una planta trepadora de hojas compuestas que se suele a menudo utilizar para tapizar muros enteros. En otoño esas hojas se colorean de vivos colores y la planta se cubre de pequeños racimos de bayas negruzcas que le han valido el nombre popular de "parra virgen" que se le suele dar. Unos frutos muy apetitosos para muchas aves, que han propagado extensamente esta especie y favorecido su naturalizadión en numerosos lugares del continente europeo. Tanto es así que ha sido declarada invasiva en muchos países. La parra vírgen (Parthenocissus quinquefolia), sin embargo, pertenece a un género que presenta un área de distribución típicamente disyunta, y, como ya habréis adivinado, también estuvo presente en Europa antes de las glaciaciones.



Área de distribución del género Parthenocissus, que muestra la disyunción entre Asia y América (1).



El género Parthenocissus incluye tanto a especies termófilas como a especies adapatadas a climas más templados. En Europa, su presencia durante el Neógeno parece haberse circunscrito a la región perimediterránea, sugiriendo más bien la presencia de especies termófilas.



Distribución en Europa del género Parthenocissus durante el Neógeno.



Se han descrito en este género unas 12 especies, 9 en Asia y 3 en Norteamérica. El análisis filogenético de este género muestra que la separación geográfica de esas dos poblaciones ha sido fundamental en la evolución de las especies de este grupo. Las especies del clado americano se caracterizan por tener hojas compuestas con 5 a 7 folíolos en cuanto que las especies asiáticas a menudo muestran un número más reducido de folíolos, siendo unifoliolaas en algunas especies como Parthenocissus tricuspidata, la otra especie del género comúnmente cultivada en nuestro país, que es originaria de Japón, Corea, y el sur y este de China.

Pared tapizada por Parthenocissus tricuspidata. Árbol filogenético del género Parthenocissus en el que se ha reportado el número de folíolos de cada especie (1).



En la Península Ibérica se cultivan a menudo las dos especies ya citadas (P. quinquefolia y P. tricuspidata) así como P. inserta y P. henryana, ambas originarias de Asia. Las tres primeras de estas especies se han naturalizado ya en diversas partes del territorio (2) y vista la facilidad con la que se propagan, fruto de su interacción con la avifauna, es de suponer que este género se irá asentando cada vez más en nuestro continente.



(1) Ze-Long Nie et al. (2010) / Molecular phylogeny and biogeographic diversification of Parthenocissus (Vitaceae) disjunct between Asia and North America / American Journal of Botany 97(8): 1342–1353
(2) Laguna Lumbreras E. (2005) / Anotciones sobre el género Parthenocissus (Vitaceae) / Toll Negre 5: 12-20



Evocábamos en un artículo anterior (La laurofilización de los bosques europeos ) una consecuencia curiosa del cambio climático en los bosques europeos: la frecuencia cada vez mayor de especies de hojas persistentes, lauroides, en el sotobosque de algunos bosques. En algunas regiones es incluso el estrato arbóreo el que ya se ve afectado por este fenómeno. La mayoría de estas especies son exóticas en los lugares en los que ahora proliferan y tienen como origen los refugios glaciares del sur de Europa (laurel-cerezo, ojaranzo) o el SE asiático (palmera de Fortune, alcanforero del Himalaya). El éxito de estas especies ornamentales, adaptadas a climas diferentes de los que podríamos considerar "tradicionales" en Europa, es claramente el signo de que algo está cambiando en el clima del continente europeo.



¿ Una selva tropical en el SE de Asia ? No, un bosque suizo en Locarno (Ticino). Fotografía: RSI



Para que especies como la palmera de Fortune o el alcanforero del Himalaya se hayan hecho fuertes en regiones como el Ticino (Suiza) y todo el norte de Italia en general hemos debido de cruzar sin darnos cuenta algún umbral del que no éramos conscientes. El clima en esta región ya era particularmente favorable,  pero ha bastado que los inviernos se suavicen un poco para que el clima se convirtiese en subtropical (Cfa), muy similar al del SE de China, y eso dio rienda suelta a la colonización de los bosques de esa región por las numerosas plantas ornamentales que se cultivan desde hace siglos en esta zona turística de clima privilegiado.

¿Significa esto que tenemos que luchar contra estas especies y evitar a toda costa una evolución de la vegetación que era la de esperar al pasar de un clima templado (el de hace un par de siglos) a un clima francamente subtropical? La única especie autóctona que se está aprovechando de esta situación en esa región es el laurel. ¿Tiene algún sentido perdonar al laurel y condenar las demás especies lauroides por ser "exóticas"? En este punto del debate es donde los estudios de paleobotánica son particularmente útiles, ya que estos han mostrado que esta región del norte de Italia tuvo una riquísima flora hasta el Quaternario medio, siendo probablemente uno de los lugares que albergó las últimas laurisilvas del continente. ¿Asistiremos pues en el futuro a una "tropicalización" de Europa, que podría modificar por completo nuestros paisajes? Empecemos pues por ver cual es la situación actual echando una ojeadita al mapa climático de Europa "actual" (1980-2016).






Lo que este mapa muestra es la actual dominancia en Europa Central de climas templados y continentales con precipitaciones constantes a lo largo del año y temperaturas suaves en verano (Cfb y Dfb). En esta región, las temperaturas medias superan los 10 grados entre 4 y 9 meses al año. Más al sur, en la región mediterránea, predominan los climas con veranos secos, ya sean templados (Csb), subtropicales (Csa) o netamente secos (BSk). El clima subtropical húmedo al que nos referíamos al hablar del norte de Italia (Cfa) se reparte fundamentalmente por el Norte de Italia, algunas zonas de los Balcanes, las zonas costeras del Mar Negro y la zona del Cáucaso. Zonas muchas de ellas que han desempeñado un importante papel de refugio durante las glaciaciones.

¿Qué nos depara pues el futuro? Un estudio reciente (1) ha calculado cual sería el clima mundial para el periodo 2071–2100 y el resultado para Europa es el que os muestra este segundo mapa: 






Estos son algunos de los cambios más evidentes que este mapa permite apreciar;

- Primera constatación, particularmente visible en el E de Europa, aunque también viendo el límite meridional del clima de tipo Cfb en Europa Occidental, es el importante desplazamiento de las distintas zonas climáticas hacia el norte. ¡El desplazamiento es de aproximadamente 1000 kilómetros!

- En el norte de Europa, la zona con clima de tipo Dfc (veranos suaves con el mes más cálido < 22 °C de media, temperaturas medias mayores de 10 °C se dan en menos de cuatro meses al año, temperatura media del mes más frío es superior a −38 °C.) se reduce considerablemente, encontrando refugio en los relieves escandinavos (y nosotros aquí intentando salvar a toda costa los últimos urogallos).

- El clima de tipo subtropical húmedo (Cfa) se impone en prácticamente toda Europa Central. Este es, creo yo, el cambio más impactante ya que se acompañará de un cambio drástico de la flora de esta región, en la que especies mejor adaptadas al calor deberían lógicamente sustituir a las actuales, que en muchas regiones muestran ya evidentes signos de declive tras algunos episodios caniculares catastróficos como el del verano de 2018.

- En la región mediterránea, se expanden las zonas afectadas por la sequía y se reducen mucho las zonas con clima templado, que no dejarán de ser las que conocemos actualmente. En la Península Ibérica, se acentúa el contraste entre la fachada atlántica y el resto de la Península. Es interesante comparar este mapa (calculado) con la reconstrucción de los biomas de comienzos del Plioceno que hizo Fauquette (2):



Básicamente nos muestra que en la fachada atlántica predominaban los bosques de hojas persistentes (laurisilvas) que convivían con bosques templados decíduos que marcaban la transición hacia los climas de tipo mediterráneo. El resto de la Península estaba claramente dominada por una vegetación xerofítica que probablemente fue mucho más abierta que la actual. Esto me lleva a pensar que el modelo que ha servido a construir el mapa del periodo 2071-2100 tal vez exagere un poco la expansión de la zona climática Csa a lo largo de la fachada atlántica del continente europeo.

La conclusión de este artículo es obvia: el clima y la vegetación van a cambiar mucho en Europa de aquí a finales de siglo y no tener en cuenta lo que estos modelos predicen podría llevarnos a tomar decisiones catastróficas. El conservacionismo, en particular, necesita una profunda revisión, porque mantener el status quo en un mundo que cambia a toda velocidad claramente no es la respuesta que se espera para salvar a muchas especies gravemente amenazadas por el cambio climático...



(1) Beck, H.E., N.E. Zimmermann, T.R. McVicar, N. Vergopolan, A. Berg, E.F. Wood: Present and future Köppen-Geiger climate classification maps at 1-km resolution, Scientific Data 5:180214, doi:10.1038/sdata.2018.214 (2018).
(2) Fauquette S. et al. (1999) / Climate and biomes in the West Mediterranean area during the Pliocene / Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, vol. 152, pp. 15–36.






Tal como vamos poco a poco descubriendo en esta serie de artículos dedicados a nuestras especies paleoautóctonas, no son pocos los ejemplos de especies y de géneros que desempeñaron un importantísimo papel en el Terciario y que, hoy en día, tienen un área de distribución relictual. El género Cercidiphyllum es otro claro ejemplo de ello. Este género, que tan solo consta de dos especies (una en China y en Japón y la otra tan solo en Japón), es el último representante de una familia (Cercidiphyllaceae) emparentada con las Hamamelidaceae y las Altingiaceae, todas ellas familias de plantas leñosas pertenecientes al orden de las Saxifragales. Forman parte de un clado dentro de este orden que se ha denominado informalmente el “clado leñoso”, que sufrió una rápida diversificación a mediados del Cretácico (1). La existencia de este clado de plantas leñosas aislado en el orden de las Saxifragales nos indica claramente que debieron tener una diversidad y riqueza mucho mayor en el pasado.  



Volviendo al género Cercidiphilllum, tan solo dos especies han sobrevivido hasta nuestros días. Se solía considerar que Cercidiphilllum magnificum, del centro norte de Japón tan solo era una variedad de Cercidiphilllum japonicum, pero las diferencias morfológicas entre ambas especies son claras y ambas especies tienen preferencias ecológicas diferentes. Cercidiphilllum japonicum es una especie característica de los bosques caducifilios de las zonas templadas cálidas, mientras que Cercidiphilllum magnifica es propia de los bosques subalpinos del Japón Central. Los estudios filogenéticos sugieren que la separación de ambas especies intervino en un episodio de especiación que se remonta al límite Mioceno/Plioceno (1), cuando el progresivo enfriamiento del Hemisferio Norte ofreció nuevas oportunidades para que aparezcan especies mejor adaptadas al frío. Al volver a estar en contacto ambas poblaciones, sin embargo, se han dado fenómenos de introgresión entre ambas especies que explican en gran medida la rápida progresión de Cercidiphilllum japonicum en el norte de Japón tras la última glaciación.



Tal como apuntábamos al hablar de las distintas familias pertenecientes al clado arbóreo de las Saxifragales, el género Cercidiphyllum apareció en el Cretácico Medio, en una época en la que los continentes que conformaban la Pangea apenas habían empezado a separarse en el Hemisferio norte. Este género tuvo por lo tanto muy pronto una distribución Holártica, que mantuvo hasta el Plioceno.



Hojas de Cercidiphyllum japonicum. Se distinguen aquí muy claramente los dos tipos de hoja que tiene esta especie / género. / Fotografía: Haeferl / Licencia: CC BY-SA 3.0



Al tratarse de un género de Angiospermas bastante antiguo, presente algunas características muy poco frecuentes que recuerdan caracteres propios de las gimnospermas. El caracter más llamativo y curioso es, claramente, la existencia de dos tipos de ramillas y de hojas:

1.- Ramillas largas, vegetativas, con hojas opuestas, elípticas a anchamente ovadas, de margen entero o finamente aserrado.

2.- Ramillas cortas, vegetativas o reproductoras, con una única hoja, anchamente cordada o reniforme, de margen crenado.


CercidiphyllumFamilia: CercidiphyllaceaeOrden: Saxifragales

Árboles de hoja caduca, dioicos. Sistema de ramificación con ramillas vegetativas largas y ramillas vegetativas o reproductivas cortas. Estipulas prontamente caducas. Hojas opuestas o raramente alternas en las ramillas largas, solitarias sobre las ramillas cortas, pecioladas; limbo papiráceo, simple, de benación palmada. Inflorescencias que aparecen antes que las hojas, fasciculadas. Flores producidas sobre las ramillas cortas, cada flor subtendida por una bráctea o bráctea ausente; perianto ausente. Inflorescencias masculinas subsésiles; flores 4 o más, difíciles de separar unas de otras, sésiles; estambres (1)7-13 por flor. Inflorescencias femeninas cortamente pedunculadas; flores 2-6(8), sésiles; carpelo 1; óvulos 15-30, en 2 filas. Fruto en folículo. Semillas aplanadas, aladas; endospermo aceitoso; embrión grande.




El katsura, nombre japonés del árbol con el que se le conoce en todo el mundo, es un bello árbol ornamental que llama mucho la atención por la forma de sus hojas, realmente muy parecidas a las del árbol del amor (Cercis siliquastrum), a las que debe el su nombre genérico (Cercidiphyllum = con hojas de Cercis), y por su tendencia natural a tener varios troncos, lo que no le impide alcanzar un tamaño importante en condiciones naturales (hasta 40 m de altura). Este género fue uno de los primeros a ser introducido en Estados Unidos, donde existen ejemplares bastante impresionantes en distintos arboretos. En España se trata de un árbol relativamente raro, que se puede ver en algunos Jardines botánicos y arboretos. Que yo sepa, hay uno en el Real Jardín Botánico de Madrid. Evidentemente, las regiones más propicias para este árbol son la fachada atlántica y la zona del Pirineo. Fuera de esta zona, esta especie difícilmente podría sobrevivir sin riego. 



Imprint of Cercidiphyllum crenatum from the Miocene locality of Felsőtárkány / Hungarian Natural History Museum / Licencia: CC BY-NC-ND



(1) Shanshan Zhu, Pingping Yin, Zhaoyan Yap & Yingxiong Qiu (2019) Chloroplast genomes of two extant species of Tertiary relict Cercidiphyllum (Cercidiphyllaceae): comparative genomic and phylogenetic analyses, Mitochondrial DNA Part B, 4:1, 1551-1552, DOI: 10.1080/23802359.2019.1602011
(2) Kubo M. & Sakio H. (2020) / Chapter 4. Cercidiphyllum japonicum / in: H. Sakio (ed.), Long-Term Ecosystem Changes in Riparian Forests, Ecological Research Monographs, https://doi.org/10.1007/978-981-15-3009-8_4



Ocurre a menudo en Europa que los pocos representantes de algunas familias nos transmitan una imagen un tanto distorsionada de las mismas. Es típicamente lo que ocurre con las Rutáceas, que en Europa tan solo están representadas por especies herbáceas o subarbustivas pertenecientes a géneros como Dictamnus, Haplophyllum o Ruta. Solo tomamos realmente consciencia de que esta familia es mucho más rica y diversa en otras regiones al realizar, por ejemplo, que pertenecen a ella todas las especies de cítricos que cultivamos.



Ejemplar de Phellodendron amurense del parque del dominio de Morlanwez-Mariemont (Bélgica), probablemente el mayor de Europa, con una altura de 30 m y una circunferencia a 1,5 m del suelo de 450 cm / Fotografía: Jean-Pol GRANDMONT / Licencia: CC BY-SA 3.0



Hoy os invito a descubrir un género muy particular de las Rutáceas, Phellodendron, originario del E de Asia e integrado por dos especies que nos demuestran que, tal como ocurrió con el ginkgo por ejemplo, la temperatura no necesariamente fue el factor determinante en la desaparición de ciertos taxones del continente europeo. 



Area de distribución original de las dos especies del género Phellodendron.



Tal como indica la etimología de este nombre de género (Phellos – corcho, dendron – árbol), la principal característica de estos árboles es la de poseer una corteza suberosa, profundamente fisurada, que desempeña un papel importante en la farmacopea tradicional china. Las especies de este género se utilizan, entre otras cosas, para el tratamiento de la meningitis, la disentería bacilar, la neumonía, la tuberculosis y la cirrosis hepática. 



Corteza de Phellodendron amurense, Jardín Botánico de Cracovia, Polonia. / Fotografía: Jerzy Opioła / Licencia: CC BY-SA 4.0



En los tratamientos taxonómicos más recientes (1), se suele reducir el número de especies de este género a tan solo dos, cuya área de distribución actual se puede ver en el mapa que se reproduce más arriba. Tal como se puede ver en ese mapa, una especie como P. amurense, originaria del NE de China (Manchuria), Corea, Japón y Estremo Oriental de Siberia, no teme para nada al frío y es por lo tanto poco probable que el frío fuese el culpable de su desaparición del continente europeo, donde hay constancia de su presencia en Europa del Norte (Holanda) aún en el Pleistoceno Inferior (su presencia se remonta como mínimo al Oligoceno). El género también ha sido citado en Norteamérica, donde parece haber estado presente en el Eoceno y comienzos del Oligoceno.



Distribución del género Phellodendron en Europa durante el Neógeno.



Ambas especies crecen en bosques mixtos y húmedos y parece pues que, en este caso igualmente, haya sido la aridificación del clima europeo durante las largas etapas glaciares el factor clave en la desaparición de este género.

PhellodendronFamilia: RutaceaeOrden: Sapindales

Árboles caducifolios, doicos. Corteza suberosa, agrietada y gris o marrón grisáceo en la madurez; corteza interna (floema) amarilla. Ramas de color púrpura oscuro. Hojas opuestas, paripinnadas; base del peciolo ahuecada, que oculta la yema axilar; limbos de los foliolos con glándulas oleosas restringidas al margen, margen subentero a diminutamente crenulado o serrado. Inflorescencias terminales, tirsiformes. Sépalos 5(-8), soldados en la base. Pétalos 5(-8), estrechamente imbricados en la yema floral. Estambres 5(-7), libres. Disco columnar. Flores masculinas: estambres hasta 1,5 × la longitud de los pétalos; gineceo rudimentario, con 5(o 6) carpelos con forma de dedo, soldados en la base, apicalmente ± divergentes. Flores femeninas: estambres rudimentarios, ligulados, mucho más cortos que los pétalos; gineceo 5(-10)-locular, sincárpico; óvulos 1 por lóculo; estigma peltado. Fruto una baya drupácea, negra o negra violácea, 5(-10)-locular; exocarpo carnoso; mesocarpo indiferenciado; endocarpo finamente cartilaginoso. Semillas de color marrón o negro, asimétricamente elipsoidal, sin brillo, inconspicuamente rugulosas; tegumento de las semillas con una capa interna de esclerénquima negra y densa y una capa externa de tejido parenquimatoso compacto; endospermo ± escaso; embrión recto; cotiledones elípticos, aplanados; hipocótilo súpero.




De las dos especies, la que se cultiva con más frecuencia en Europa es P. amurense, pero no dejan de ser especies raras, curiosidades de arboretos. En Norteamérica, en cambio, su cultivo está mucho más arraigado, habiéndose naturalizado P. amurense en algunas partes del NE de los EE.UU.



(1) Ma J. et al. (2006) / A revision of Phellodendron (Rutaceae) / Edinburgh Journal of Botany, Vol. 63(263), pp. 131–151

Hace poco más de 34 años, el 26 de abril de 1986, saltaba por los aires el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, y se desencadenaba el que ha sido el peor accidente nuclear hasta la fecha. A consecuencia de ese accidente, se tuvo que desalojar toda la población humana alrededor de la central en un radio de 30 km, en lo que aún hoy se conoce como "zona de exclusión".





Aunque en un principio la alta radiación tuvo efectos adversos en muchos organismos - las aves en particular sufrieron un fuerte descenso poblacional - con el paso de los años la naturaleza fue poco a poco rehaciéndose en los terrenos contaminados hasta convertir la zona de exclusión en un auténtico paraíso natural, demostrando que sin la intervención humana, la naturaleza es perfectamente capaz de prosperar y de autoregularse. Lo que más ha llamado la atención es que en pocos años han vuelto a poblar este espacio prácticamente todas las especies que constituían la fauna original del lugar, regresando a estas tierras especies tan emblemáticas como el bisonte, el castor, el lobo y, más recientemente, el oso. El hombre, por otra parte, propició el regreso de especies como el caballo de Przewalski, que hoy en día goza de una salud ejemplar tras una primera época algo difícil en la que fue perseguido por los cazadores furtivos. 




Una manada de caballos Przewalski, entre los matorrales de la zona aledaña a Chernobyl. (Crédito: Tatyana Deryabina)



El caso de Chernóbil no es único en el mundo, existiendo otro gran "parque involuntario" en la frontera de las dos Coreas, donde se preserva actualmente una de las mejores muestras de bosque templado húmedo, que alberga especies tan emblemáticas y tan raras como el ciervo almizclero siberiano (Moschus moschiferus), la grulla cuelliblanca (Antigone vipio), la grulla de Manchuria (Grus japonensis), el oso negro asiático ( (Ursus thibetanus)), el buitre negro (Aegypius monachus) o el goral de cola larga (Naemorhedus caudatus). El futuro de dicha zona, que algunos quisieran transformar en un gran parque nacional tras la reunificación de la Península, no está claro. Es probable, lamentablemente, que sin la protección que le otorga el miedo a una guerra, ese pedacito de paraíso acabe despareciendo. 




Un grupo de grullas cuelliblancas en el condado de Cheorwon, provincia de Gangwon. Fotografía: Jeon Heon-kyun/EPA



Más cerca de nosotros, una simple valla de piedra separa las tierras sobrexplotadas y yermas del campo madrileño del pequeño pedazo de bosque mediterráneo que rodea El Pardo y el palacio de la Zarzuela. Una perfecta ilustración del efecto de la sobre-explotación a la que se vieron sometidas muchas zonas de nuestro país y del planeta. Durante milenios, hemos privilegiado un modelo de explotación extractivista, en el que la naturaleza era considerada como un simple recurso, sin preocuparnos demasiado por los efectos que tendría el interrumpir los grandes ciclos de la naturaleza. El resultado ha sido una degradación y un empobrecimiento de los suelos, de la flora y de la fauna que han dejado irreconocibles muchas regiones del planeta. 




De no ser por el estricto nivel de protección del que goza, es muy probable que el monte del Pardo presentaría hoy en día el mismo aspecto desolador que muchas áreas colindantes.



Sin embargo, tal como demuestran los ejemplos que hemos citado al comienzo, con un poco de buena voluntad y un cambio radical de actitud, ese tipo de situación se puede revertir en gran medida con tan solo restablecer los ciclos de la naturaleza que hemos interrumpido. Y como se ha podido ver en todas estas zonas, lo primero en restablecerse tras desaparecer el Hombre es la pirámide trófica. Sin la hecatombe provocada cada año por los cazadores, pronto vuelven a ocupar los distintos componentes de esa pirámide el lugar que les corresponde. Resulta muy llamativo, viendo lo que pasa en estos lugares, que en algunas regiones de España el lobo no sea capaz de recolonizar sus antiguos territorios a pesar de darse para ello todas las condiciones necesarias. Esto se debe, claramente, a la presión ejercida, legal o ilegalmente, por los cazadores. Quitémonos de una vez por todas de encima esa lacra y veremos entonces como vuelven a llenarse de vida nuestros ecosistemas.




La idea de respetar los grandes ciclos de la naturaleza y de integrar nuestros cultivos y nuestras actividades en la propia dinámica de la naturaleza no es nueva. Algunas prácticas agrícolas tradicionales como las que se llevan a cabo en las dehesas desde tiempos remotos poco tienen que envidiar a los sistemas agrícolas más modernos, surgidos a lo largo del siglo XX en respuesta a la agricultura intensiva, basada en el uso intensivo de fertilizantes y de pesticidas, que está llevando el mundo a una situación de no retorno difícilmente asumible.

Tal como vimos en un artículo anterior (Bosques ajardinados), los ingenieros forestales fueron los primeros en proponer modelos de explotación mucho más cercanos al funcionamiento de la propia naturaleza para hacer frente a los gravísimos desastres naturales que una desbocada desforestación habían provocado en el siglo XIX. La necesidad de poder contar con unos bosques que ofrezcan de forma permanente una serie de servicios ecosistémicos tan importantes como la protección de los suelos o la regulación del caudal de los ríos, además de los servicios más propios de un bosque (producción de madera, aprovechamiento de productos del bosque), fue lo que llevó los ingenieros forestales a ese cambio de modelo productivo.




Ante la evidencia de que la agricultura intensiva está llevando la Humanidad a un callejón sin salida, distintos pensadores  han propuesto a lo largo del siglo XX la adopción de sistemas agrícolas mucho más respetuosos con la naturaleza e inspirados en su propio funcionamiento. No voy a describir aquí esos distintos sistemas. Algunos, como la agricultua natural de Masanobu Fukuoka, la permacultura o, más recientemente, el Sistema Agroforestal (Agrofloresta) propuesto por Ernst Götsch han tenido más o menos éxito en algunos países.  Todos aplican una serie de principios básicos comunes que son los siguientes:

1) No se utilizan abonos ni fertilizantes químicos. La tierra se enriquece gracias al reciclaje in situ de la materia orgánica producida por las plantas que se cultivan o que crecen en el lugar o por el aportes exterior de MO (restos de podas, etc).

2) Se intenta mantener siempre una biodiversidad alta, como mejor garantía para evitar el desarrollo descontrolado de plagas, lo que evita tener luego que recurrir a insecticidas.

3) Se evita arar y se intenta mantener la estructura del suelo para que este mantenga su diversidad y su fertilidad

4) Se intenta evitar producir residuos que no puedan volver a ser incluidos en los grandes ciclos de la naturaleza. 

Seguramente me olvide algún que otro punto y cada sistema agrícola ha desarrollado su propia metodología e ideología. Lo que me interesa resaltar aquí, desde una total ignorancia del tema, es que estos tipos de enfoques son a largo plazo la única vía que tenemos par asegurar la ansiada sostenibilidad de nuestros cultivos y actividades. Es evidente que esto va mucho más allá de lo simplemente "agrícola" y tales ideas también aplican al resto de nuestras actividades productivas. Es realmente un cambio de vida lo que necesitamos para convertir este planeta en un lugar habitable para una población que consume mucho más que lo que el propio planeta puede ofrecer.
Hace unos días me sugirieron que escribiera algo acerca de una familia poco común que, sin embargo, aún tiene un superviviente en Europa: las Estiracáceas. La única especie de esta familia que sobrevivió en Europa es el estoraque (Styrax officinalis), un pequeño árbol originario de la parte oriental de la cuenca mediterránea muy conocido por producir una resina aromática que lleva el mismo nombre. La familia de las Styracaceae se distribuye por las zonas templadas cálidas y tropicales tanto del Nuevo Mundo como del Viejo Mundo. Está integrada por 11 géneros y unas 160 especies. El género Styrax es, con diferencia, el más importante de esta familia y el único que se mantuvo en Europa. Otros géneros, sin embargo, también estuvieron presentes en nuestro continente antes de que se desencadenaran las glaciaciones...




Flores de Halesia monticola, Real Jardín Botánico, Madrid



A pasar de tener un área disyunta, con especies tanto en el Nuevo Mundo como en el viejo mundo, la mayoría de los géneros de esta familia proviene del SE de Asia. Llama poderosamente la atención, sea dicho de paso, su práctica total ausencia del continente africano, que sugiere, junto a los resultados de los estudios filogenéticos llevados a cabo sobre esta familia (ver más abajo), que se trata de una familia cuyo origen probablemente se ha de buscar en Eurasia.




Mapa de distribución actual de las Styracaceae



Se trata de arbustos y de árboles que en algunos casos pueden alcanzar un tamaño relativamente importante. Una especie como Halesia carolina, por ejemplo, puede alcanzar una altura de hasta 34 m en las Great Smoky Mountains. A pesar de poder alcanzar porte arbóreo, empiezan a florecer a una edad temprana, teniendo aún porte arbustivo. Esto, unido a lo llamativo de su floración, han convertido algunas especies en apreciadas plantas ornamentales, aunque su uso sea más bien escaso en nuestro país. Los géneros descritos y actualmente reconocidos en el seno de esta familia son los siguientes:

 
Género Sp. Repartición Mioceno Plioceno Pleistoceno
Alniphyllum 3 SE Asia
Bruinsmia 2 SE Asia
Halesia 2 Nortemérica, China SI SI
Huodendron 3 SE de Asia
Melliodendron 1 China
Pamphilia 1 Perú
Parastyrax 2 SE Asia
Pterostyrax 2 SE Asia
Rehderodendron 5 SE Asia SI
Sinojackia 20 SE Asia
Styrax 130 América, Región Mediterránea, SE de Asia SI SI SI


Una de las razones que me ha llevado a tratar este grupo a nivel de familia es la por ahora fluctuante taxonomía de esta familia en la que salvo algunos géneros como Styrax, Huodendron y Sinojackia, otros géneros no aparecen tan claramente definidos a la luz de los estudios filogenéticos llevados a cabo (1). Es el caso del género Halesia, por ejemplo, que lejos de ser un claro ejemplo de género con un área típicamente disyunta, sería en realidad un género polifilético, estando más emparentadas las especies americanas con el género Pterostyrax y la asiática con el género Rehderodendron. Es pues muy probable que futuros estudios filogenéticos finalmente lleven a una reorganización a nivel genérico de esta familia.











Al tratarse de especies entomófilas, la presencia de esta familia en el registro fósil se circunscribe exclusivamente a aquellos yacimientos en los que se han podido preservar macrorestos como hojas y frutos. Disponemos pues de una imagen muy borrosa de cual pudo ser la importancia que desempeñaron estas especies en los ecosistemas terciarios del continente. Los datos sugieren la presencia de géneros como Styrax, Rehderodendron y Halesia tanto en el Mioceno como en el Plioceno. Como era de esperar, el dato más reciente corresponde al género <i>Styrax</i>, que logró alcanzar nuestros días en la parte oriental de la Cuenca Mediterránea.


StyracaceaeOrden: Ericales

Árboles o arbustos, generalmente con pelos estrellados o escamosos, raramente glabros. Hojas generalmente alternas, simples; sin estípulas o con estípulas muy diminutas. Inflorescencias terminales o axilares, racimos, panículas o cimas, raramente con flores solitarias o con varias flores en fascículos; bractéolas diminutas o ausentes. Flores hermafroditas, raramente polígamas dioicas, actinomorfas. Cáliz campanulado, obcónico o cupuliforme; tubo total o parcialmente soldado al ovario; dientes o lóbulos 4 o 5(o 6), a veces muy pequeños u obsoletos. Corola por lo general blanca, gamopétala; lóbulos (4 o)5(--7), ± soldados en la base, raramente libres, imbricados o valvados, raramente ligeramente induplicados. Estambres por lo general en número doble que el de los lóbulos, a veces igual, insertos en la base de la corola; filamentos en su mayor parte aplanados, basalmente parcial o completamente soldados en tubo; anteras introrsas, 2-loculares, lóculos paralelos dehiscentes por hendiduras longitudinales. Ovario súpero, medio ínfero o ínfero, 3--5-locular o apicalmente 1-locular y basalmente 3--5-locular; óvulos pocos o solitarios en cada lóculo, erectos, péndulos o anátropos, integumento 1 o 2, placentación axial o parietal. Estilo fino, linear o subulado; estigma truncado, capitado o 2--5-lobado. Fruto en baya, drupa o cápsula, exocarpo carnoso a seco. Semillas a veces aladas, a menudo con un hilo ancho; embrión recto o ligeramente curvado; endospermo copioso; cotiledones aplanados o subteretes.




En España, las Estiracáceas no dejan de ser especies relativamente raras, cultivadas esencialmente en jardines botánicos y en arboretos. Tras consultar distintos listados, tan solo he encontrado Styrax officinalis en el Jardín Botánico de Valencia y Halesia monticola en el Real Jardín Botánico de Madrid. Poca cosa, la verdad, para una familia tan interesante...



(1) Fritsch P.W. et al. (2001) / Phylogeny and Biogeography of the Styracaceae / Int. J. Plant Sci., Vol. 162(6 Suppl.), pp. 95–116



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SOBRE EL AUTOR

Geólogo de formación, nacido en Suiza pero establecido en España desde hace más de 20 años, trabajo actualmente en el sector de la informática (soporte). Eso no me ha impedido mantener vivo mi interés por los temas medioambientales, el cambio climático en particular, cuyas consecuencias intento anticipar buscando respuestas en ese pasado no tan lejano hacia el que parece que estamos empeñados en querer volver.

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