Crónicas de un mundo en mutación


El cambio climático ya es una realidad que promete modificar profundamente nuestros paisajes, nuestra flora y nuestra fauna.
El pasado es una ventana que nos permite intuir cómo será ese futuro que os propongo descubrir.

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En esta serie dedicada a las especies paleoautóctonas, nos hemos centrado sobre todo hasta ahora en describir las especies arbóreas que poblaron los bosques del Terciario de nuestro continente. Nos hemos olvidado, al hacerlo, de un elemento fundamental en los bosques tropicales y subtropicales: las especies trepadoras leñosas. Este artículo lo dedicaremos pues a un género que pertenece a una familia que, sin embargo, conocemos muy bien y que es de vital importancia en nuestra economía: las Vitáceas, familia de la vid, cuyo antecesor silvestre es el único representante de esta familia en Europa. Esta familia tiene una distribución esencialente tropical y subtropical y está constituida por 12 géneros y aproximadamente 700 especies. Existen sin embargo dentro de esta familia algunos géneros y especies en las zonas templadas del Hemisferio Norte, como el que hoy os propongo descubrir...



Hoja de Parthenocissus quinquefolia en otoño.



Es probable que en algún paseo por vuestra ciudad en algún momento os hayáís fijado en la presencia de una planta trepadora de hojas compuestas que se suele a menudo utilizar para tapizar muros enteros. En otoño esas hojas se colorean de vivos colores y la planta se cubre de pequeños racimos de bayas negruzcas que le han valido el nombre popular de "parra virgen" que se le suele dar. Unos frutos muy apetitosos para muchas aves, que han propagado extensamente esta especie y favorecido su naturalizadión en numerosos lugares del continente europeo. Tanto es así que ha sido declarada invasiva en muchos países. La parra vírgen (Parthenocissus quinquefolia), sin embargo, pertenece a un género que presenta un área de distribución típicamente disyunta, y, como ya habréis adivinado, también estuvo presente en Europa antes de las glaciaciones.



Área de distribución del género Parthenocissus, que muestra la disyunción entre Asia y América (1).



El género Parthenocissus incluye tanto a especies termófilas como a especies adapatadas a climas más templados. En Europa, su presencia durante el Neógeno parece haberse circunscrito a la región perimediterránea, sugiriendo más bien la presencia de especies termófilas.



Distribución en Europa del género Parthenocissus durante el Neógeno.



Se han descrito en este género unas 12 especies, 9 en Asia y 3 en Norteamérica. El análisis filogenético de este género muestra que la separación geográfica de esas dos poblaciones ha sido fundamental en la evolución de las especies de este grupo. Las especies del clado americano se caracterizan por tener hojas compuestas con 5 a 7 folíolos en cuanto que las especies asiáticas a menudo muestran un número más reducido de folíolos, siendo unifoliolaas en algunas especies como Parthenocissus tricuspidata, la otra especie del género comúnmente cultivada en nuestro país, que es originaria de Japón, Corea, y el sur y este de China.

Pared tapizada por Parthenocissus tricuspidata. Árbol filogenético del género Parthenocissus en el que se ha reportado el número de folíolos de cada especie (1).



En la Península Ibérica se cultivan a menudo las dos especies ya citadas (P. quinquefolia y P. tricuspidata) así como P. inserta y P. henryana, ambas originarias de Asia. Las tres primeras de estas especies se han naturalizado ya en diversas partes del territorio (2) y vista la facilidad con la que se propagan, fruto de su interacción con la avifauna, es de suponer que este género se irá asentando cada vez más en nuestro continente.



(1) Ze-Long Nie et al. (2010) / Molecular phylogeny and biogeographic diversification of Parthenocissus (Vitaceae) disjunct between Asia and North America / American Journal of Botany 97(8): 1342–1353
(2) Laguna Lumbreras E. (2005) / Anotciones sobre el género Parthenocissus (Vitaceae) / Toll Negre 5: 12-20



Evocábamos en un artículo anterior (La laurofilización de los bosques europeos ) una consecuencia curiosa del cambio climático en los bosques europeos: la frecuencia cada vez mayor de especies de hojas persistentes, lauroides, en el sotobosque de algunos bosques. En algunas regiones es incluso el estrato arbóreo el que ya se ve afectado por este fenómeno. La mayoría de estas especies son exóticas en los lugares en los que ahora proliferan y tienen como origen los refugios glaciares del sur de Europa (laurel-cerezo, ojaranzo) o el SE asiático (palmera de Fortune, alcanforero del Himalaya). El éxito de estas especies ornamentales, adaptadas a climas diferentes de los que podríamos considerar "tradicionales" en Europa, es claramente el signo de que algo está cambiando en el clima del continente europeo.



¿ Una selva tropical en el SE de Asia ? No, un bosque suizo en Locarno (Ticino). Fotografía: RSI



Para que especies como la palmera de Fortune o el alcanforero del Himalaya se hayan hecho fuertes en regiones como el Ticino (Suiza) y todo el norte de Italia en general hemos debido de cruzar sin darnos cuenta algún umbral del que no éramos conscientes. El clima en esta región ya era particularmente favorable,  pero ha bastado que los inviernos se suavicen un poco para que el clima se convirtiese en subtropical (Cfa), muy similar al del SE de China, y eso dio rienda suelta a la colonización de los bosques de esa región por las numerosas plantas ornamentales que se cultivan desde hace siglos en esta zona turística de clima privilegiado.

¿Significa esto que tenemos que luchar contra estas especies y evitar a toda costa una evolución de la vegetación que era la de esperar al pasar de un clima templado (el de hace un par de siglos) a un clima francamente subtropical? La única especie autóctona que se está aprovechando de esta situación en esa región es el laurel. ¿Tiene algún sentido perdonar al laurel y condenar las demás especies lauroides por ser "exóticas"? En este punto del debate es donde los estudios de paleobotánica son particularmente útiles, ya que estos han mostrado que esta región del norte de Italia tuvo una riquísima flora hasta el Quaternario medio, siendo probablemente uno de los lugares que albergó las últimas laurisilvas del continente. ¿Asistiremos pues en el futuro a una "tropicalización" de Europa, que podría modificar por completo nuestros paisajes? Empecemos pues por ver cual es la situación actual echando una ojeadita al mapa climático de Europa "actual" (1980-2016).






Lo que este mapa muestra es la actual dominancia en Europa Central de climas templados y continentales con precipitaciones constantes a lo largo del año y temperaturas suaves en verano (Cfb y Dfb). En esta región, las temperaturas medias superan los 10 grados entre 4 y 9 meses al año. Más al sur, en la región mediterránea, predominan los climas con veranos secos, ya sean templados (Csb), subtropicales (Csa) o netamente secos (BSk). El clima subtropical húmedo al que nos referíamos al hablar del norte de Italia (Cfa) se reparte fundamentalmente por el Norte de Italia, algunas zonas de los Balcanes, las zonas costeras del Mar Negro y la zona del Cáucaso. Zonas muchas de ellas que han desempeñado un importante papel de refugio durante las glaciaciones.

¿Qué nos depara pues el futuro? Un estudio reciente (1) ha calculado cual sería el clima mundial para el periodo 2071–2100 y el resultado para Europa es el que os muestra este segundo mapa: 






Estos son algunos de los cambios más evidentes que este mapa permite apreciar;

- Primera constatación, particularmente visible en el E de Europa, aunque también viendo el límite meridional del clima de tipo Cfb en Europa Occidental, es el importante desplazamiento de las distintas zonas climáticas hacia el norte. ¡El desplazamiento es de aproximadamente 1000 kilómetros!

- En el norte de Europa, la zona con clima de tipo Dfc (veranos suaves con el mes más cálido < 22 °C de media, temperaturas medias mayores de 10 °C se dan en menos de cuatro meses al año, temperatura media del mes más frío es superior a −38 °C.) se reduce considerablemente, encontrando refugio en los relieves escandinavos (y nosotros aquí intentando salvar a toda costa los últimos urogallos).

- El clima de tipo subtropical húmedo (Cfa) se impone en prácticamente toda Europa Central. Este es, creo yo, el cambio más impactante ya que se acompañará de un cambio drástico de la flora de esta región, en la que especies mejor adaptadas al calor deberían lógicamente sustituir a las actuales, que en muchas regiones muestran ya evidentes signos de declive tras algunos episodios caniculares catastróficos como el del verano de 2018.

- En la región mediterránea, se expanden las zonas afectadas por la sequía y se reducen mucho las zonas con clima templado, que no dejarán de ser las que conocemos actualmente. En la Península Ibérica, se acentúa el contraste entre la fachada atlántica y el resto de la Península. Es interesante comparar este mapa (calculado) con la reconstrucción de los biomas de comienzos del Plioceno que hizo Fauquette (2):



Básicamente nos muestra que en la fachada atlántica predominaban los bosques de hojas persistentes (laurisilvas) que convivían con bosques templados decíduos que marcaban la transición hacia los climas de tipo mediterráneo. El resto de la Península estaba claramente dominada por una vegetación xerofítica que probablemente fue mucho más abierta que la actual. Esto me lleva a pensar que el modelo que ha servido a construir el mapa del periodo 2071-2100 tal vez exagere un poco la expansión de la zona climática Csa a lo largo de la fachada atlántica del continente europeo.

La conclusión de este artículo es obvia: el clima y la vegetación van a cambiar mucho en Europa de aquí a finales de siglo y no tener en cuenta lo que estos modelos predicen podría llevarnos a tomar decisiones catastróficas. El conservacionismo, en particular, necesita una profunda revisión, porque mantener el status quo en un mundo que cambia a toda velocidad claramente no es la respuesta que se espera para salvar a muchas especies gravemente amenazadas por el cambio climático...



(1) Beck, H.E., N.E. Zimmermann, T.R. McVicar, N. Vergopolan, A. Berg, E.F. Wood: Present and future Köppen-Geiger climate classification maps at 1-km resolution, Scientific Data 5:180214, doi:10.1038/sdata.2018.214 (2018).
(2) Fauquette S. et al. (1999) / Climate and biomes in the West Mediterranean area during the Pliocene / Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, vol. 152, pp. 15–36.






Tal como vamos poco a poco descubriendo en esta serie de artículos dedicados a nuestras especies paleoautóctonas, no son pocos los ejemplos de especies y de géneros que desempeñaron un importantísimo papel en el Terciario y que, hoy en día, tienen un área de distribución relictual. El género Cercidiphyllum es otro claro ejemplo de ello. Este género, que tan solo consta de dos especies (una en China y en Japón y la otra tan solo en Japón), es el último representante de una familia (Cercidiphyllaceae) emparentada con las Hamamelidaceae y las Altingiaceae, todas ellas familias de plantas leñosas pertenecientes al orden de las Saxifragales. Forman parte de un clado dentro de este orden que se ha denominado informalmente el “clado leñoso”, que sufrió una rápida diversificación a mediados del Cretácico (1). La existencia de este clado de plantas leñosas aislado en el orden de las Saxifragales nos indica claramente que debieron tener una diversidad y riqueza mucho mayor en el pasado.  



Volviendo al género Cercidiphilllum, tan solo dos especies han sobrevivido hasta nuestros días. Se solía considerar que Cercidiphilllum magnificum, del centro norte de Japón tan solo era una variedad de Cercidiphilllum japonicum, pero las diferencias morfológicas entre ambas especies son claras y ambas especies tienen preferencias ecológicas diferentes. Cercidiphilllum japonicum es una especie característica de los bosques caducifilios de las zonas templadas cálidas, mientras que Cercidiphilllum magnifica es propia de los bosques subalpinos del Japón Central. Los estudios filogenéticos sugieren que la separación de ambas especies intervino en un episodio de especiación que se remonta al límite Mioceno/Plioceno (1), cuando el progresivo enfriamiento del Hemisferio Norte ofreció nuevas oportunidades para que aparezcan especies mejor adaptadas al frío. Al volver a estar en contacto ambas poblaciones, sin embargo, se han dado fenómenos de introgresión entre ambas especies que explican en gran medida la rápida progresión de Cercidiphilllum japonicum en el norte de Japón tras la última glaciación.



Tal como apuntábamos al hablar de las distintas familias pertenecientes al clado arbóreo de las Saxifragales, el género Cercidiphyllum apareció en el Cretácico Medio, en una época en la que los continentes que conformaban la Pangea apenas habían empezado a separarse en el Hemisferio norte. Este género tuvo por lo tanto muy pronto una distribución Holártica, que mantuvo hasta el Plioceno.



Hojas de Cercidiphyllum japonicum. Se distinguen aquí muy claramente los dos tipos de hoja que tiene esta especie / género. / Fotografía: Haeferl / Licencia: CC BY-SA 3.0



Al tratarse de un género de Angiospermas bastante antiguo, presente algunas características muy poco frecuentes que recuerdan caracteres propios de las gimnospermas. El caracter más llamativo y curioso es, claramente, la existencia de dos tipos de ramillas y de hojas:

1.- Ramillas largas, vegetativas, con hojas opuestas, elípticas a anchamente ovadas, de margen entero o finamente aserrado.

2.- Ramillas cortas, vegetativas o reproductoras, con una única hoja, anchamente cordada o reniforme, de margen crenado.


CercidiphyllumFamilia: CercidiphyllaceaeOrden: Saxifragales

Árboles de hoja caduca, dioicos. Sistema de ramificación con ramillas vegetativas largas y ramillas vegetativas o reproductivas cortas. Estipulas prontamente caducas. Hojas opuestas o raramente alternas en las ramillas largas, solitarias sobre las ramillas cortas, pecioladas; limbo papiráceo, simple, de benación palmada. Inflorescencias que aparecen antes que las hojas, fasciculadas. Flores producidas sobre las ramillas cortas, cada flor subtendida por una bráctea o bráctea ausente; perianto ausente. Inflorescencias masculinas subsésiles; flores 4 o más, difíciles de separar unas de otras, sésiles; estambres (1)7-13 por flor. Inflorescencias femeninas cortamente pedunculadas; flores 2-6(8), sésiles; carpelo 1; óvulos 15-30, en 2 filas. Fruto en folículo. Semillas aplanadas, aladas; endospermo aceitoso; embrión grande.




El katsura, nombre japonés del árbol con el que se le conoce en todo el mundo, es un bello árbol ornamental que llama mucho la atención por la forma de sus hojas, realmente muy parecidas a las del árbol del amor (Cercis siliquastrum), a las que debe el su nombre genérico (Cercidiphyllum = con hojas de Cercis), y por su tendencia natural a tener varios troncos, lo que no le impide alcanzar un tamaño importante en condiciones naturales (hasta 40 m de altura). Este género fue uno de los primeros a ser introducido en Estados Unidos, donde existen ejemplares bastante impresionantes en distintos arboretos. En España se trata de un árbol relativamente raro, que se puede ver en algunos Jardines botánicos y arboretos. Que yo sepa, hay uno en el Real Jardín Botánico de Madrid. Evidentemente, las regiones más propicias para este árbol son la fachada atlántica y la zona del Pirineo. Fuera de esta zona, esta especie difícilmente podría sobrevivir sin riego. 



Imprint of Cercidiphyllum crenatum from the Miocene locality of Felsőtárkány / Hungarian Natural History Museum / Licencia: CC BY-NC-ND



(1) Shanshan Zhu, Pingping Yin, Zhaoyan Yap & Yingxiong Qiu (2019) Chloroplast genomes of two extant species of Tertiary relict Cercidiphyllum (Cercidiphyllaceae): comparative genomic and phylogenetic analyses, Mitochondrial DNA Part B, 4:1, 1551-1552, DOI: 10.1080/23802359.2019.1602011
(2) Kubo M. & Sakio H. (2020) / Chapter 4. Cercidiphyllum japonicum / in: H. Sakio (ed.), Long-Term Ecosystem Changes in Riparian Forests, Ecological Research Monographs, https://doi.org/10.1007/978-981-15-3009-8_4



Ocurre a menudo en Europa que los pocos representantes de algunas familias nos transmitan una imagen un tanto distorsionada de las mismas. Es típicamente lo que ocurre con las Rutáceas, que en Europa tan solo están representadas por especies herbáceas o subarbustivas pertenecientes a géneros como Dictamnus, Haplophyllum o Ruta. Solo tomamos realmente consciencia de que esta familia es mucho más rica y diversa en otras regiones al realizar, por ejemplo, que pertenecen a ella todas las especies de cítricos que cultivamos.



Ejemplar de Phellodendron amurense del parque del dominio de Morlanwez-Mariemont (Bélgica), probablemente el mayor de Europa, con una altura de 30 m y una circunferencia a 1,5 m del suelo de 450 cm / Fotografía: Jean-Pol GRANDMONT / Licencia: CC BY-SA 3.0



Hoy os invito a descubrir un género muy particular de las Rutáceas, Phellodendron, originario del E de Asia e integrado por dos especies que nos demuestran que, tal como ocurrió con el ginkgo por ejemplo, la temperatura no necesariamente fue el factor determinante en la desaparición de ciertos taxones del continente europeo. 



Area de distribución original de las dos especies del género Phellodendron.



Tal como indica la etimología de este nombre de género (Phellos – corcho, dendron – árbol), la principal característica de estos árboles es la de poseer una corteza suberosa, profundamente fisurada, que desempeña un papel importante en la farmacopea tradicional china. Las especies de este género se utilizan, entre otras cosas, para el tratamiento de la meningitis, la disentería bacilar, la neumonía, la tuberculosis y la cirrosis hepática. 



Corteza de Phellodendron amurense, Jardín Botánico de Cracovia, Polonia. / Fotografía: Jerzy Opioła / Licencia: CC BY-SA 4.0



En los tratamientos taxonómicos más recientes (1), se suele reducir el número de especies de este género a tan solo dos, cuya área de distribución actual se puede ver en el mapa que se reproduce más arriba. Tal como se puede ver en ese mapa, una especie como P. amurense, originaria del NE de China (Manchuria), Corea, Japón y Estremo Oriental de Siberia, no teme para nada al frío y es por lo tanto poco probable que el frío fuese el culpable de su desaparición del continente europeo, donde hay constancia de su presencia en Europa del Norte (Holanda) aún en el Pleistoceno Inferior (su presencia se remonta como mínimo al Oligoceno). El género también ha sido citado en Norteamérica, donde parece haber estado presente en el Eoceno y comienzos del Oligoceno.



Distribución del género Phellodendron en Europa durante el Neógeno.



Ambas especies crecen en bosques mixtos y húmedos y parece pues que, en este caso igualmente, haya sido la aridificación del clima europeo durante las largas etapas glaciares el factor clave en la desaparición de este género.

PhellodendronFamilia: RutaceaeOrden: Sapindales

Árboles caducifolios, doicos. Corteza suberosa, agrietada y gris o marrón grisáceo en la madurez; corteza interna (floema) amarilla. Ramas de color púrpura oscuro. Hojas opuestas, paripinnadas; base del peciolo ahuecada, que oculta la yema axilar; limbos de los foliolos con glándulas oleosas restringidas al margen, margen subentero a diminutamente crenulado o serrado. Inflorescencias terminales, tirsiformes. Sépalos 5(-8), soldados en la base. Pétalos 5(-8), estrechamente imbricados en la yema floral. Estambres 5(-7), libres. Disco columnar. Flores masculinas: estambres hasta 1,5 × la longitud de los pétalos; gineceo rudimentario, con 5(o 6) carpelos con forma de dedo, soldados en la base, apicalmente ± divergentes. Flores femeninas: estambres rudimentarios, ligulados, mucho más cortos que los pétalos; gineceo 5(-10)-locular, sincárpico; óvulos 1 por lóculo; estigma peltado. Fruto una baya drupácea, negra o negra violácea, 5(-10)-locular; exocarpo carnoso; mesocarpo indiferenciado; endocarpo finamente cartilaginoso. Semillas de color marrón o negro, asimétricamente elipsoidal, sin brillo, inconspicuamente rugulosas; tegumento de las semillas con una capa interna de esclerénquima negra y densa y una capa externa de tejido parenquimatoso compacto; endospermo ± escaso; embrión recto; cotiledones elípticos, aplanados; hipocótilo súpero.




De las dos especies, la que se cultiva con más frecuencia en Europa es P. amurense, pero no dejan de ser especies raras, curiosidades de arboretos. En Norteamérica, en cambio, su cultivo está mucho más arraigado, habiéndose naturalizado P. amurense en algunas partes del NE de los EE.UU.



(1) Ma J. et al. (2006) / A revision of Phellodendron (Rutaceae) / Edinburgh Journal of Botany, Vol. 63(263), pp. 131–151

Hace poco más de 34 años, el 26 de abril de 1986, saltaba por los aires el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, y se desencadenaba el que ha sido el peor accidente nuclear hasta la fecha. A consecuencia de ese accidente, se tuvo que desalojar toda la población humana alrededor de la central en un radio de 30 km, en lo que aún hoy se conoce como "zona de exclusión".





Aunque en un principio la alta radiación tuvo efectos adversos en muchos organismos - las aves en particular sufrieron un fuerte descenso poblacional - con el paso de los años la naturaleza fue poco a poco rehaciéndose en los terrenos contaminados hasta convertir la zona de exclusión en un auténtico paraíso natural, demostrando que sin la intervención humana, la naturaleza es perfectamente capaz de prosperar y de autoregularse. Lo que más ha llamado la atención es que en pocos años han vuelto a poblar este espacio prácticamente todas las especies que constituían la fauna original del lugar, regresando a estas tierras especies tan emblemáticas como el bisonte, el castor, el lobo y, más recientemente, el oso. El hombre, por otra parte, propició el regreso de especies como el caballo de Przewalski, que hoy en día goza de una salud ejemplar tras una primera época algo difícil en la que fue perseguido por los cazadores furtivos. 




Una manada de caballos Przewalski, entre los matorrales de la zona aledaña a Chernobyl. (Crédito: Tatyana Deryabina)



El caso de Chernóbil no es único en el mundo, existiendo otro gran "parque involuntario" en la frontera de las dos Coreas, donde se preserva actualmente una de las mejores muestras de bosque templado húmedo, que alberga especies tan emblemáticas y tan raras como el ciervo almizclero siberiano (Moschus moschiferus), la grulla cuelliblanca (Antigone vipio), la grulla de Manchuria (Grus japonensis), el oso negro asiático ( (Ursus thibetanus)), el buitre negro (Aegypius monachus) o el goral de cola larga (Naemorhedus caudatus). El futuro de dicha zona, que algunos quisieran transformar en un gran parque nacional tras la reunificación de la Península, no está claro. Es probable, lamentablemente, que sin la protección que le otorga el miedo a una guerra, ese pedacito de paraíso acabe despareciendo. 




Un grupo de grullas cuelliblancas en el condado de Cheorwon, provincia de Gangwon. Fotografía: Jeon Heon-kyun/EPA



Más cerca de nosotros, una simple valla de piedra separa las tierras sobrexplotadas y yermas del campo madrileño del pequeño pedazo de bosque mediterráneo que rodea El Pardo y el palacio de la Zarzuela. Una perfecta ilustración del efecto de la sobre-explotación a la que se vieron sometidas muchas zonas de nuestro país y del planeta. Durante milenios, hemos privilegiado un modelo de explotación extractivista, en el que la naturaleza era considerada como un simple recurso, sin preocuparnos demasiado por los efectos que tendría el interrumpir los grandes ciclos de la naturaleza. El resultado ha sido una degradación y un empobrecimiento de los suelos, de la flora y de la fauna que han dejado irreconocibles muchas regiones del planeta. 




De no ser por el estricto nivel de protección del que goza, es muy probable que el monte del Pardo presentaría hoy en día el mismo aspecto desolador que muchas áreas colindantes.



Sin embargo, tal como demuestran los ejemplos que hemos citado al comienzo, con un poco de buena voluntad y un cambio radical de actitud, ese tipo de situación se puede revertir en gran medida con tan solo restablecer los ciclos de la naturaleza que hemos interrumpido. Y como se ha podido ver en todas estas zonas, lo primero en restablecerse tras desaparecer el Hombre es la pirámide trófica. Sin la hecatombe provocada cada año por los cazadores, pronto vuelven a ocupar los distintos componentes de esa pirámide el lugar que les corresponde. Resulta muy llamativo, viendo lo que pasa en estos lugares, que en algunas regiones de España el lobo no sea capaz de recolonizar sus antiguos territorios a pesar de darse para ello todas las condiciones necesarias. Esto se debe, claramente, a la presión ejercida, legal o ilegalmente, por los cazadores. Quitémonos de una vez por todas de encima esa lacra y veremos entonces como vuelven a llenarse de vida nuestros ecosistemas.




La idea de respetar los grandes ciclos de la naturaleza y de integrar nuestros cultivos y nuestras actividades en la propia dinámica de la naturaleza no es nueva. Algunas prácticas agrícolas tradicionales como las que se llevan a cabo en las dehesas desde tiempos remotos poco tienen que envidiar a los sistemas agrícolas más modernos, surgidos a lo largo del siglo XX en respuesta a la agricultura intensiva, basada en el uso intensivo de fertilizantes y de pesticidas, que está llevando el mundo a una situación de no retorno difícilmente asumible.

Tal como vimos en un artículo anterior (Bosques ajardinados), los ingenieros forestales fueron los primeros en proponer modelos de explotación mucho más cercanos al funcionamiento de la propia naturaleza para hacer frente a los gravísimos desastres naturales que una desbocada desforestación habían provocado en el siglo XIX. La necesidad de poder contar con unos bosques que ofrezcan de forma permanente una serie de servicios ecosistémicos tan importantes como la protección de los suelos o la regulación del caudal de los ríos, además de los servicios más propios de un bosque (producción de madera, aprovechamiento de productos del bosque), fue lo que llevó los ingenieros forestales a ese cambio de modelo productivo.




Ante la evidencia de que la agricultura intensiva está llevando la Humanidad a un callejón sin salida, distintos pensadores  han propuesto a lo largo del siglo XX la adopción de sistemas agrícolas mucho más respetuosos con la naturaleza e inspirados en su propio funcionamiento. No voy a describir aquí esos distintos sistemas. Algunos, como la agricultua natural de Masanobu Fukuoka, la permacultura o, más recientemente, el Sistema Agroforestal (Agrofloresta) propuesto por Ernst Götsch han tenido más o menos éxito en algunos países.  Todos aplican una serie de principios básicos comunes que son los siguientes:

1) No se utilizan abonos ni fertilizantes químicos. La tierra se enriquece gracias al reciclaje in situ de la materia orgánica producida por las plantas que se cultivan o que crecen en el lugar o por el aportes exterior de MO (restos de podas, etc).

2) Se intenta mantener siempre una biodiversidad alta, como mejor garantía para evitar el desarrollo descontrolado de plagas, lo que evita tener luego que recurrir a insecticidas.

3) Se evita arar y se intenta mantener la estructura del suelo para que este mantenga su diversidad y su fertilidad

4) Se intenta evitar producir residuos que no puedan volver a ser incluidos en los grandes ciclos de la naturaleza. 

Seguramente me olvide algún que otro punto y cada sistema agrícola ha desarrollado su propia metodología e ideología. Lo que me interesa resaltar aquí, desde una total ignorancia del tema, es que estos tipos de enfoques son a largo plazo la única vía que tenemos par asegurar la ansiada sostenibilidad de nuestros cultivos y actividades. Es evidente que esto va mucho más allá de lo simplemente "agrícola" y tales ideas también aplican al resto de nuestras actividades productivas. Es realmente un cambio de vida lo que necesitamos para convertir este planeta en un lugar habitable para una población que consume mucho más que lo que el propio planeta puede ofrecer.
Hace unos días me sugirieron que escribiera algo acerca de una familia poco común que, sin embargo, aún tiene un superviviente en Europa: las Estiracáceas. La única especie de esta familia que sobrevivió en Europa es el estoraque (Styrax officinalis), un pequeño árbol originario de la parte oriental de la cuenca mediterránea muy conocido por producir una resina aromática que lleva el mismo nombre. La familia de las Styracaceae se distribuye por las zonas templadas cálidas y tropicales tanto del Nuevo Mundo como del Viejo Mundo. Está integrada por 11 géneros y unas 160 especies. El género Styrax es, con diferencia, el más importante de esta familia y el único que se mantuvo en Europa. Otros géneros, sin embargo, también estuvieron presentes en nuestro continente antes de que se desencadenaran las glaciaciones...




Flores de Halesia monticola, Real Jardín Botánico, Madrid



A pasar de tener un área disyunta, con especies tanto en el Nuevo Mundo como en el viejo mundo, la mayoría de los géneros de esta familia proviene del SE de Asia. Llama poderosamente la atención, sea dicho de paso, su práctica total ausencia del continente africano, que sugiere, junto a los resultados de los estudios filogenéticos llevados a cabo sobre esta familia (ver más abajo), que se trata de una familia cuyo origen probablemente se ha de buscar en Eurasia.




Mapa de distribución actual de las Styracaceae



Se trata de arbustos y de árboles que en algunos casos pueden alcanzar un tamaño relativamente importante. Una especie como Halesia carolina, por ejemplo, puede alcanzar una altura de hasta 34 m en las Great Smoky Mountains. A pesar de poder alcanzar porte arbóreo, empiezan a florecer a una edad temprana, teniendo aún porte arbustivo. Esto, unido a lo llamativo de su floración, han convertido algunas especies en apreciadas plantas ornamentales, aunque su uso sea más bien escaso en nuestro país. Los géneros descritos y actualmente reconocidos en el seno de esta familia son los siguientes:

 
Género Sp. Repartición Mioceno Plioceno Pleistoceno
Alniphyllum 3 SE Asia
Bruinsmia 2 SE Asia
Halesia 2 Nortemérica, China SI SI
Huodendron 3 SE de Asia
Melliodendron 1 China
Pamphilia 1 Perú
Parastyrax 2 SE Asia
Pterostyrax 2 SE Asia
Rehderodendron 5 SE Asia SI
Sinojackia 20 SE Asia
Styrax 130 América, Región Mediterránea, SE de Asia SI SI SI


Una de las razones que me ha llevado a tratar este grupo a nivel de familia es la por ahora fluctuante taxonomía de esta familia en la que salvo algunos géneros como Styrax, Huodendron y Sinojackia, otros géneros no aparecen tan claramente definidos a la luz de los estudios filogenéticos llevados a cabo (1). Es el caso del género Halesia, por ejemplo, que lejos de ser un claro ejemplo de género con un área típicamente disyunta, sería en realidad un género polifilético, estando más emparentadas las especies americanas con el género Pterostyrax y la asiática con el género Rehderodendron. Es pues muy probable que futuros estudios filogenéticos finalmente lleven a una reorganización a nivel genérico de esta familia.











Al tratarse de especies entomófilas, la presencia de esta familia en el registro fósil se circunscribe exclusivamente a aquellos yacimientos en los que se han podido preservar macrorestos como hojas y frutos. Disponemos pues de una imagen muy borrosa de cual pudo ser la importancia que desempeñaron estas especies en los ecosistemas terciarios del continente. Los datos sugieren la presencia de géneros como Styrax, Rehderodendron y Halesia tanto en el Mioceno como en el Plioceno. Como era de esperar, el dato más reciente corresponde al género <i>Styrax</i>, que logró alcanzar nuestros días en la parte oriental de la Cuenca Mediterránea.


StyracaceaeOrden: Ericales

Árboles o arbustos, generalmente con pelos estrellados o escamosos, raramente glabros. Hojas generalmente alternas, simples; sin estípulas o con estípulas muy diminutas. Inflorescencias terminales o axilares, racimos, panículas o cimas, raramente con flores solitarias o con varias flores en fascículos; bractéolas diminutas o ausentes. Flores hermafroditas, raramente polígamas dioicas, actinomorfas. Cáliz campanulado, obcónico o cupuliforme; tubo total o parcialmente soldado al ovario; dientes o lóbulos 4 o 5(o 6), a veces muy pequeños u obsoletos. Corola por lo general blanca, gamopétala; lóbulos (4 o)5(--7), ± soldados en la base, raramente libres, imbricados o valvados, raramente ligeramente induplicados. Estambres por lo general en número doble que el de los lóbulos, a veces igual, insertos en la base de la corola; filamentos en su mayor parte aplanados, basalmente parcial o completamente soldados en tubo; anteras introrsas, 2-loculares, lóculos paralelos dehiscentes por hendiduras longitudinales. Ovario súpero, medio ínfero o ínfero, 3--5-locular o apicalmente 1-locular y basalmente 3--5-locular; óvulos pocos o solitarios en cada lóculo, erectos, péndulos o anátropos, integumento 1 o 2, placentación axial o parietal. Estilo fino, linear o subulado; estigma truncado, capitado o 2--5-lobado. Fruto en baya, drupa o cápsula, exocarpo carnoso a seco. Semillas a veces aladas, a menudo con un hilo ancho; embrión recto o ligeramente curvado; endospermo copioso; cotiledones aplanados o subteretes.




En España, las Estiracáceas no dejan de ser especies relativamente raras, cultivadas esencialmente en jardines botánicos y en arboretos. Tras consultar distintos listados, tan solo he encontrado Styrax officinalis en el Jardín Botánico de Valencia y Halesia monticola en el Real Jardín Botánico de Madrid. Poca cosa, la verdad, para una familia tan interesante...



(1) Fritsch P.W. et al. (2001) / Phylogeny and Biogeography of the Styracaceae / Int. J. Plant Sci., Vol. 162(6 Suppl.), pp. 95–116





La excepcional situación que vivimos por culpa de la pandemia de coronavirus probablemente nos haya hecho olvidar ya otra excepcional situación vivida en las Islas Canarias a finales de febrero, justo antes de que el mundo que conocemos se "congelara". Me refiero aquí al histórico episodio de calima que sufrieron las islas afortunadas del 21 al 24 de febrero, que estuvo asociado a fuertes rachas de viento, que superaron los 100 km/h en buen parte de los municipios canarios, y a temperaturas excepcionalmente altas, batiéndose el récord de temperatura para el mes de febrero en el aeropuerto de Tenerife (31,9"C). Aunque muchas personas han querido ver en este episodio de calima una consecuencia del cambio climático, lo cierto es que fue el resultado de una situación meteorológica excepcional, al crearse sobre las Canarias un estrecho pasillo con fuertes corrientes atmosféricas entre una DANA situada en el SO del archipiélago y el potente anticiclón de las Azores.



Lo cierto es que tales episodios de calima son recurrentes en las islas Canarias aunque sí parece que desde hace unos años, su frecuencia e intensidad parecen haber aumentado sensiblemente, trayendo consigo una consecuencia inesperada que lleva muchos ornitólogos de toda España y de toda Europa a visitar las islas tras episodios como éste: la aparición de aves exóticas en las Islas. Este último episodio de calima ha sido, desde ese punto de vista, absolutamente excepcional, trayendo del continente una gran cantidad de aves, algunas de las cuales son muy raramente observadas en las Canarias.



Collalba desértica (). Khijadiya Bird Sanctuary, Jamnagar, Gujarat, India. / Fotografía: Dr. Raju Kasambe / Licencia: CC BY-SA 4.0



Podemos distinguir en estos episodios de calima dos tipos de aves, cuya observación depende mucho de la época del año en la que ocurren esos episodios. En primer lugar están las especies saharianas, que han sido literalmente barridas de sus lugares de residencia habituales y que han tenido la suerte de poder posar pie en las Islas Canarias (prefiero ni imaginar la cantidad de ellas que mueren en el mar agotadas por el esfuerzo de tener que mantener el vuelo en condiciones tan adversas). Especies como la collalba desértica (Oenanthe deserti), la curruca sahariana (Sylvia deserti), el vencejo moro (Apus affinis), la alondra ibis (Alaemon alaudipes) y el corredor sahariano (Cursorius cursor) pueden ocasionalmente observarse en las Canarias tras fuertes episodios de calima. Aunque la palma se la llevan especies como el calamoncillo africano (Porphyrio alleni) o el avetorillo plomizo (Ixobrychus sturmii), auténticas rarezas en las Islas, cuya aparición hace saltar chispas en los móviles de los ornitólogos cada vez que alguien las observa.



Avetorillo plomizo (Ixobrychus sturmii) en Fuerteventura / Fotografía: Daniel Kratzer



Según la época del año, también se pueden observar en las Islas Canarias especies migradoras que se han visto desviadas de su ruta de migración por los fuertes vientos, como pueden ser la curruca carrasqueña (Sylvia canstillans), el mosquitero musical (Phylloscopus trochilus), la collalba rubia (Oenanthe hispánica),la collalba gris (Oenanthe oenenthe), el alcaudón común (Lanius senator), la golondrina común (Hirundo rustica), la golondrina dáurica (Cecropis daurica) o el avión común (Delichon urbicum).

Este mecanismo de introducción de aves no suele llevar necesariamente a la instalación permanente de estas especies en el archipiélago canario. Estas aves, además de encontrarse en unos ecosistemas totalmente desconocidos para ellas, llegan a las islas en un estado de agotamiento que las convierten en muy vulnerables. Además, lo hacen de forma muy dispersa. Lo normal es que a las pocas semanas hayan desaparecido por completo, muertas en combate. Es pues realmente muy difícil que una de estas especies logre establecerse. Sin embargo, el avistamiento de una cantidad inusual de tales aves en el último episodio de calima podría, llegado el caso, propiciar su definitivo establecimiento en las Islas Canarias. Las futuras observaciones permitirán levantar esa duda. El caso es que en las últimas décadas, sí que han logrado algunas especies instalarse de forma espontánea en las Islas Canarias, provenientes de lugares a veces muy alejados. Se han convertido de esa manera en nidificantes habituales en las Islas Canarias especies como el tarro canelo (Tadorna ferruginea), la tórtola senegalesa (Streptopelia senegalensis) y el rabijunco etéreo (Phaethon aethereus).



Si la llegada de especies procedentes del continente es accidental y está ligada a episodios de calima excepcionales, no cabe decir lo mismo de las especies marinas y migradoras, cuya llegada se debe a una expansión de su área de distribución que es mucho más fácil de relacionar con el calentamiento global. Es el caso, por ejemplo, del rabijunco etéreo (Phaethon aethereus), ave de los mares tropicales que se ha asentado en las islas a partir de 1988 y cuyas poblaciones han aumentado sensiblemente a partir de mediados de los 2000 (2).



A esas llegadas accidentales o voluntarias, también cabe añadir la naturalización de un buen número de especies de aves introducidas por el hombre, cuyo éxito es difícil de relacionar directamente con el cambio climático, pero es evidente que el cambio climático favorece lógicamente cada vez más el establecimiento de especies de origen tropical y subtropical. En la lista de aves naturalizadas en las Islas Canarias, en todo caso, dominan claramente las especies de origen tropical y subtropical, la mayoría de ellas africanas (1):

Tarro Canelo Tadorna ferruginea T F Eurasia y el norte de África
Pintada Común: Numida meleagris T África Subsahariana
Perdiz Moruna Alectoris barbara H P G T C F L Norte de África
Perdiz Roja Alectoris rufa C Europa sudoccidental
Faisán Común Phasianus colchicus C Asia templada
Rabijunco Etéreo Phaethon aethereus H F L Mares tropicales
Ibis Sagrado Threskiornis aethiopicus T África y Asia
Paloma de Guinea Columba guinea T África subsahariana
Tórtola Rosigrís Streptopelia roseogrisea H P G T C F L África subsahariana
Tórtola Senegalesa Streptopelia senegalensis G T? C F L África, Medio Oriente, Asia Central y el subcontinente indio
Paloma de Guinea Columba guinea H P G T C F L África subsahariana
Cacatúa Ninfa Nymphicus hollandicus T Australia
Inseparable de Fischer Agapornis fischeri C Este de África
Inseparable de Cabeza Negra Agapornis personatus C Kenia y Tanzania
Loro Real Amazónico Amazona ochrocephala T Casi toda América
Periquito Común Melopsittacus undulatus T Australia
Cotorra Argentina Myiopsitta monachus P T C F Centro y sur de Sudamérica
Aratinga Ñanday Aratinga nenday T Sur de Sudamérica
Lorito Senegalés Poicephalus senegalus T África
Cotorra de Kramer Psittacula krameri T C F L África y el sur de Asia,
Bengalí Rojo Amandava amandava T Sur de Asia
Estrilda Común Estrilda astrild T C África Subsahariana
Estrilda Carinaranja Estrilda melpoda T África Occidental y Central
Azulito Carirrojo Uraeginthus bengalus F África Subsahariana
Verdecillo Serinus serinus C Europa, norte de África y oeste de Asia
Gorrión Passer domesticus C Cosmopolita
Obispo Rojo Euplectes orix T África al sur del Ecuador
Bulbul Orfeo Pycnonotus jocosus T Sur de Asia
Miná Común Acridotheres tristis P T C Asia
Estornino Purpúreo Lamprotornis purpureus T África
Ruiseñor del Japón Leiothrix lutea T Sur de Asia


H: El Hierro / P: La Palma / G: La Gomera / T: Tenerife / C: Gran Canaria: / F: Fuerteventura / L: Lanzarote



Por su capacidad de alcanzar territorios alejados en un tiempo muy breve, las aves son un buen y temprano marcador de los cambios que están ocurriendo en los ecosistemas. La llegada de especies nuevas a las Islas Canarias desde los mares tropicales o la vecina África pueden ser un claro aviso de que algo está cambiando en esta región. Aunque sea difícil relacionarlo directamente con el cambio climático, parece evidente que el cambio climático está modificando poco a poco el área de distribución de muchas especies y facilitando la supervivencia de muchas especies introducidas en un entorno en el que el hombre ha creado de forma artificial muchos nichos ecológicos nuevos. El incremento de episodios de calima extremos, por otra parte, podría favorecer la llegada masiva de aves desde el continente y sentar las bases de su definitivo establecimiento en las Islas.

En el próximo capítulo que dedicaremos a Canarias, trataremos de ver qué efectos está teniendo el cambio climático sobre la vegetación de las islas y si se observa, de la misma manera, la llegada de nuevas especies desde el continente. Agradezco desde aquí la ayuda de todos aquellos que comparten conmigo sus impresiones y observaciones. Su ayuda es fundamental. Cada pieza del puzzle es útil para tratar de entender los cambios que están ocurriendo y que a veces no somos capaces de ver aunque ocurran en nuestras mismísimas narices...



(1) Arechavaleta, M., S. Rodríguez, N. Zurita & A. García (coord.) 2010. Lista de especies silvestres de Canarias. Hongos, plantas y animales terrestres. 2009. Gobierno de Canarias. 579 pp.
(2) EL RABIJUNCO ETÉREO EN CANARIAS: SITUACIÓN Y TENDENCIA / Asociación GIC / https://asociaciongic.wordpress.com/proyectos/phaethon/el-rabijunco-etereo-en-canarias-situacion-y-tendencia/





Describíamos en el primer artículo de esta serie (Lo que el hielo se llevó [1]) las especies y géneros de árboles que más tiempo habían sobrevivido en la Península Ibérica, alcanzando el Pleistoceno Medio y Superior, así como aquellas especies que se pensaba haber sido introducidas pero que resultaron ser falsos arqueofitos. Hoy os invito a descubrir las especies que si bien lograron sobrevivir a los primeros ciclos glaciares del Cuaternario, no fueron capaces hace aproximadamente 800.000 años de sobrellevar la intensificación y el aumento de frecuencia de estos periodos glaciares y la progresiva aridificación de la región mediterránea.



El gráfico que os muestro aquí muestra la evolución de la "temperatura" tal como se puede deducir de las variaciones de los isótopos del oxígeno en los sedimentos bénticos del Océano Atlántico. Durante el Cuaternario Inferior, la frecuencia de los ciclos es alta, con ciclos de aproximadamente 41.000 años y unas diferencias de temperatura entre las épocas frías y las épocas cálidas menos acusadas que en el Pleistoceno Superior, cuando esos ciclos se alargan hasta durar aproximadadamente 100.000 años y ser mucho más marcadas las diferencias de temperatura (aproximadamente el doble). El momento en que cambia la ciclicidad de los periodos glaciares corresponde al límite entre Pleistoceno Inferior y Pleistoceno Medio y se caracteriza por la desaparición en Europa de muchas especies de zonas templadas cálidas, que ya no encontraban condiciones para sobreivir ni tan siquiera en sus tradicionales refugios del S de la Península.



Pleistoceno Inferior (2.500.000 - 781.000)

El cierre del estrecho que separaba Sudamérica de Norteamérica parece haber sido uno de los desencadenantes de las glaciaciones en el Hemisferio Norte, al modificar sensiblemente la circulación de las aguas marinas. El cierre de ese paso marca igualmente el inicio de un intercambio de faunas que consituye un muy buen marcador paleontológico del inicio (en el continente americano) de este período. El progresivo enfriamiento y aumento de la aridez durante ese periodo llevó a una desaparición más o menos escalonada de taxones que desaparecieron mucho antes en el Oeste de la Cuenca Mediterránea que en su parte oriental, en la que algunas especies aún sobreviven (tal como ya vimos en el primer artículo de esta serie). Les presentamos a continuación una serie de taxones arbóreos que aún estaban presentes en la Península Ibérica durante este lejano periodo del Quaternario que vio, hace aproximadamente 1,5 millones de años, instalarse los primeros hombres en la Península. Este periodo es el del Hombre de Orce y de los primeros pobladores de Atapuerca.



Aesculus

Hoy restringido a los bosques montanos de la Península de los Balcanes, el género Aesculus tuvo una amplia distribución por toda Europa antes de las glaciaciones que ha ido recuperando en gran parte gracias a su popularidad como árbol ornamental. En algunos países como Inglaterra, es tan común en la campiña que parece realmente un árbol autóctono y ese por ello considerado allá una especie naturalizada. En España es de destacar que su presencia en el Pleistoceno Inferior fue identificada gracias a la preservación de restos de madera en los sedimentos. Al tratarse de una especie entomófila, es excepcional su presencia en el registro palinológico y queda por ello muy infravalorada su presencia. / Ver también: Paleoautóctonas (7): Aesculus.






Cathaya

La distribución del género Cathaya en el Terciario y a principios del Cuaternario en Europa es un fiel reflejo de las condiciones ecológicas de la especie actual, que vive exclusivamente en relieves calcáreos en los que se beneficia de abundantes precipitaciones. Tales condiciones tan solo existían en las montañas del contorno del mediterráneo. Las bajas temperaturas y, sobre todo las progresiva aridificación de toda esta zona explica probablemente su desaparición. / Ver también: Paleoautóctonas (10): Cathaya






Elaeagnus

Cultivado desde antiguo en buena parte de EUropa, el "árbol del paraíso" es probablemente originario de las zonas secas a áridas de Asia Central y Suroccidental. Se ha naturalizado con bastante éxito en muchos lugares. Pertenece a un género con casi un centenar de especies en Asia Oriental. Fuera de Asia, tan solo una especie (E. triflora) se extiende al sur hasta el noreste de Australia y otra (E. commutata) es exclusiva de Norteamérica. Este género tuvo un área de distribución mucho más extensa, estando probablemente presentes varias especies en el continente europeo antes de desaparecer.






Engelhardia s.l.

Le ocurre al género Engelhardia algo muy parecido que al género Zelkova: a principios del Quaternario ya había desaparecido de buena parte de la PEnínsula Ibérica y tan solo estaba ya presente en Cataluña. Este género tropical es en efecto muy sensible al frío y bastante exigente en cuanto a precipitaciones. El progresivo enfriamiento y la aridificaci´ón del clima mediterrámeo lo condenaron muy pronto en la Península Ibérica, sobreviviendo más tiempo en Italia y en la región del Mar Caspio y del Cáucaso. / Ver también: Paleoautóctonas (27): Engelhardioideae






Eucommia

Presente hoy en día en zonas restringidas de China, el género Eucommia presenta muchos puntos en común con el género Ginkgo. Ambos géneros prácticamente han desaparecido del medio natural y deben mucho al interés que les ha portado el Hombre el haber sobrevivido hasta nuestros días. Tal como ocurrió con el género Ginkgo, tan solo llegó hasta nuestros días una única especie que estuvo presente en prácticamente todo el Hemisferio Norte a finales del Terciario. Los fósiles encontrados tanto del Plioceno como del Pleistoceno Inferior son prácticamente indiscernibles de la especie actual. Como característica interesante, cabe destacar que esta especie es el único árbol de las zonas templadas frías que produce látex. / Ver también: Paleoautóctonas (1): Eucommia






Keteleeria

El género Keteleeria es otro de los numerosos géneros de Gimnospermas que sobrevivieron en China y que casi todos tuvieron una distribución mucho más amplia antes de las glaciaciones. Las especies del género Keteleeria se caracterizan por sus conos, terminales, erectos, cuyas escamas son persistentes. Son algo más resistentes a la sequía que otros generos y son propios de valles cálidos y secos. En el caso de este género, el frío sí que parece haber sido el factor limitante en el continent europeo más que las precipitaciones.






Liquidambar

Aún presente en unos cuantos valles aluviales del S de Turquía y en la isla de Rodas, el liquidambar oriental tuvo una extensa área de distribución en Europa en el Terciario. A comienzos del Cuaternario, aún estaba presente en el NE de la Península Ibérica pero su área se fue contrayendo progresivamente, sobreviviendo en el Pleistoceno medio tan solo en el S de Italia, de Grecia y de Turquía, así como en la región del Cáucaso. Tal como demuestra el éxito de su cultivo en Aranjuez, esta especie está perfectamente adaptada al clima de nuestro país, incluso en la zonas de clima más continental.






Nyssa

El género Nyssa, cuyas especies son más bien propias de bosques y de zonas húmedas (bosques aluviales y de ribera) o inundadas parece que siguió mas o menos el mismo destino que el género Taxodium, con el que comparte hábitat en Norteamérica. Aún bastante extendido a principios del Cuaternario, acabó refugiándose en la región mediterránea en el Calabriense y tan solo parece haber sobrevivido en el Pleistoceno medio y superior en algunos refugios del S de la Península Itálica y de l Mar caspio. / Ver también: Paleoautóctonas (13): Nyssa






Parrotia

Originario del N de Irán, donde es una de las especies constitutivas de los bosques mixtos hircanos del Caspio que describíamos en un artículo anterior (Refugios glaciares (I): la costa sur del mar Caspio), el árbol del hierro fue durante buena parte del terciario y del Pleistoceno inferior un árbol típico de los bosques caducifolios del continente europeo. En el Pleistoceno inferior esta especie vio su área retringida al área mediterránea, sobreviviendo hasta fechas relativamente recientes (Ioniense) en el S de Italia y de Anatolia. / Ver también: Paleoautóctonas (5): Parrotia






Sequoia

La presencia del género Sequoia en el norte de la Península Ibérica en el Pleistoceno Inferior se ha podido poner de manifiesto gracias al hallazgo de maderas fósiles en la localidad cántabra de Carranceja. Su presencia en una región cuyo clima recuerda mucho el de la fachada oeste del continente americano no es pues de extrañar como no es de extrañar el éxito en esta misma región de un proyecto de repoblación como el del Monte Cabezón. En otros yacimientos, su presencia parece más bien estar ligada a la existencia de zonas húmedas en las que las condiciones climáticas no son tan determinantes.






Taxodium

La presencia del género Taxodium a principios del Cuaternario no debería resultar demasiado sorprendente, viendo la buena resistencia al frío que tiene hoy en día una especie como el ciprés de los pantanos. Los pantanos son, sin lugar a dudas, uno de los ecosistemas que más ha cambiado de fisionomía en el continente europeo, al quedar totalmente desprovistos de la relativamente rica cobertura arbórea que tenían a finales del Terciario. Hoy en día las dos especies de este género muestran los dos grandes tipos de ecosistemas en los que estuvo presente este género: pantanos a bajas altitudes y regularmente inundados por un lado (Taxodium distichum) y márgenes de ríos en tierras altas de clima más o menos continentalizado (Taxodoium mucronatum).






Tsuga

El género Tsuga tuvo una amplísima distribución por todo el continente europeo hasta prácticamente finalizar el Pleistoceno Medio y estuvo aparentemente reresentado por distintas especies. Sobrevivió algo más de tiempo en el S de Italia y de Turquía, la región del Cáucaso y del Mar Caspio. Fue, según apuntan los estudios palinológicos un árbol típico de los bosques de coníferas boreales así como de la media montaña, donde convivía con otras Pináceas como Cedrus y Cathaya, por ejemplo. Se trata de árboles resistentes al frío pero que no aguantan la sequía, razón esta última por la que finalmente desaparecieron del continente europeo. / Ver también: Paleoautóctonas (28): Tsuga






Zelkova

El género Zelkova tuvo a finales del Terciario (Mioceno y Plioceno) una amplia distribución por buena parte de Europa meridional. A comienzos del Cuaternario, su presencia se reduce en La Península a un par de yacimientos todos situados en Cataluña (Crespià y Lago de Bañolas). En la Península Itálica, en cambioi, desapareción tan solo a consecuencia de la última glaciación, logrando sobrevivir milagrosamente en Sicilia una pequeña población de una especie (Z: sicula) viviendo en condiciones extremas, con muchas dificultades para mantenerse y reproducirse. Algo similar ocurrió en Creta, donde Zelkova abelicea aún mantiene varios núcleos de población. / Ver también: Paleoautóctonas (3): Zelkova






Como se pueder ver, hasta el gran cambio intervenido en la frecuencia y la intensidad de los episodios glaciares hace aproximadamente 800.000 años, nuestra flora era bastante más rica que la actual. Muchos de esos géneros aún están presentes en nuestro continente, aunque ocupen hoy una área mucho más reducida. Muchas de ellas son consideradas especies en peligro y gozan teórícamente de algún grado de protección. Dar a estas especies una segunda oportunidad en regiones en las que estuvieron presentes antes de las glaciaciones permitiría pues en muchos casos asegurar su futuro de cara a los grandes cambios que amenazan hoy en día sus poblaciones y permitiría devolver a nuestros maltrechos bosques algo de la diversidad que tuvieron en un pasado no tan lejano. Como ya explicamos, estamos hablando de ecosistemas que los primeros pobladores de la Península conocieron y en los se desenvolvieron, conviviendo con una fauna en algunos momentos muy diferente de la actual.




Reconstrucción del paísaje de Orce / Mauricio Antón



En las próximas entregas de esta serie descubriremos las especies que estuvieron presentes en el Plioceno y el Mioceno y veremos cómo se irán incorporando a nuestra lista de especies un contingente cada vez más importante de especies subtropicales y tropicales. Eso sí, trataré de no esperar 4 años para completar esta serie que es más bien un pequeño resumen que otra cosa. Para quienes busquen algo más de información he añadido para cada género un enlace a los artículos de la serie "Paleoautóctonas", que iré actualizando poco a poco con la información que vaya recabando acerca de estas especies que bien se merecerían, en el contexto de cambio climático que vivimos, que les prestásemos una especial atención. El frío, sea dicho de paso, no es en muchos casos el factor que precipitó la desaparición de muchas especies, siendo más bien la aridificación del clima, la falta de rutas migratorias o de vectores para sus semillas, o la competencia ejercida por otras especies factores mucho más importantes. Llama mucho la atención, por ejemplo, que una especie como el Gingko, que desapareció en el Plioceno, tenga una resistencia al frío probablemente mayor que la de muchas especies autóctonas (-28ºC).

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SOBRE EL AUTOR

Geólogo de formación, nacido en Suiza pero establecido en España desde hace más de 20 años, trabajo actualmente en el sector de la informática (soporte). Eso no me ha impedido mantener vivo mi interés por los temas medioambientales, el cambio climático en particular, cuyas consecuencias intento anticipar buscando respuestas en ese pasado no tan lejano hacia el que parece que estamos empeñados en querer volver.

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